Capítulo 19 #2
Cuando se metió en la cama, Anthony decidió mantener las distancias y darle tiempo. Al final la conquistaría.
Anthony Shackleford le había pedido que se casara con él. Incluso ahora, George sentía ganas de estallar en una carcajada histérica al pensarlo.
¿En qué demonios estaba pensando aquel idiota?
Pero, aunque era evidente que su oferta nacía de un sentido del honor ridículo, a George se le aceleró el corazón al pensar que él estuviera dispuesto a hacer una tontería semejante. Por ella.
¿No se daba cuenta de que ella ya le pertenecía?
¿De que había sido suya casi desde el primer momento en que se conocieron?
No tenía que convertirla en una mujer honrada.
De hecho, George prefería que no lo hiciera.
La idea de que un montón de aristócratas estirados la hicieran pedazos la llenaba de horror.
Y, a decir verdad, jamás podría someterlo a él a semejante humillación.
George se incorporó de golpe en el colchón. Su risa anterior había sido sobre todo una reacción de incredulidad, pero ¿habría Anthony interpretado su risa como un rechazo total hacia él?
—Maldita sea —masculló George.
Después de lo que habían compartido, seguro que el idiota no pensaría que ella rechazaba cualquier clase de relación... Solo la parte del matrimonio.
Su actual compañero de cama levantó la cabeza con adormilado disgusto cuando ella hizo ademán de ponerse en pie.
—Lo siento, Nelson. Tengo que ir a arreglar esto. Mañana puede que sea demasiado tarde.
Arropó al perro con su manta y abrió la puerta con cuidado. Luego, antes de poder cambiar de idea, corrió descalza hacia el vestíbulo.
Al pie de la escalera se detuvo un instante.
¿Y si Anthony la rechazaba? Bueno, al menos sabría a qué atenerse.
Se mordió el labio y empezó a subir los escalones.
A mitad de camino estuvo a punto de echarse a reír otra vez.
Dios sabía por qué iba de puntillas. Solo estaban ellos dos en la maldita casa, si no contaba a Nelson.
Unos segundos después, estaba frente a la puerta de Anthony.
¿Debía llamar? Si entraba sin más, se arriesgaba a acabar otra vez de culo en el suelo.
George respiró hondo y golpeó la puerta.
El ruido sonó como un trueno en el silencio.
Hizo una mueca y retiró la mano. Probablemente había golpeado con demasiada fuerza.
De pronto, oyó una palabrota. Un instante después, la puerta se abrió de golpe.
—¿Qué demo...?
George retrocedió a toda prisa al ver que Anthony sostenía una espada de verdad.
—¿De dónde diablos ha sacado eso? —preguntó George con incredulidad.
Él no respondió. Solo la miró como si fuera un fantasma.
Ella le devolvió la mirada, y todo lo que había pensado decir se le borró de la mente al verlo vestido solo con la camisa de dormir.
Su camisa de dormir casi transparente. El corazón se le desbocó al comprender que quería arrancársela.
Lo deseaba más de lo que había deseado nada en toda su vida.
George tragó saliva y, de pronto, fue consciente de dos cosas. La primera, que su propia ropa era igual de trasparente. La segunda, que él la miraba con una expresión muy similar.
El estrépito de la espada al caer al suelo fue la única advertencia que recibió antes de que Anthony alargara el brazo y la atrajera hacia sí, con sus labios ya descendiendo sobre los de ella.
Mientras le saqueaba la boca con la suya, George sintió que las manos de él bajaban por su espalda y le subían la camisa hasta cerrarse por segunda vez sobre su trasero desnudo.
Con un gemido profundo, Anthony la ajustó contra su cuerpo y la frotó contra esa parte de él que la reclamaba.
George dejó escapar un quejido casi felino y permitió que Anthony la alzara sujetándola por la cintura; ella separó las piernas para rodearle las caderas y enredó sus dedos con urgencia en el pelo rizado de su nuca mientras él la llevaba hacia el dormitorio y cerraba la puerta tras ellos de una patada
Unos segundos después, la dejó caer sobre la cama.
George abrió los ojos y lo miró con asombro cuando Anthony se quitó la camisa de dormir.
Era lo más hermoso que había visto jamás.
Lo observó mientras él se inclinaba hacia delante, le cubría el monte de Venus con su gran mano y deslizaba un dedo en la humedad que ya la empapaba.
George gritó, se arqueó sobre la cama y Anthony usó la otra mano para rasgarle la camisa, dejando al descubierto sus pequeños pechos, con los pezones ya endurecidos por la espera.
Él apoyó una mano en el colchón para sostenerse, inclinó la cabeza y cerró la boca sobre uno de aquellos picos turgentes, mientras su pulgar trazaba círculos sin tregua en la entrada de su sexo y su dedo se hundía en ella una y otra vez.
A ciegas, George bajó la mano y rodeó con los dedos su miembro.
Lo oyó gemir cuando lo acarició con torpeza, siguiendo el mismo ritmo que marcaba el dedo de él, hasta que, de pronto, ella estalló y se precipitó por un abismo.
Era tanto placer que apenas podía contenerlo y se oyó gritar su nombre mientras la sensación le recorría cada nervio.
De pronto, Anthony retiró su dedo y George se retorció a modo de protesta.
Entonces lo sintió moverse sobre ella y su miembro escapó de su agarre.
George abrió los ojos de par en par y lo miró mientras él se acomodaba entre sus piernas.
—Si no es esto lo que quieres, dímelo ahora, amor —dijo Anthony con voz áspera—, o que Dios me ayude, porque no podré parar.
En respuesta, ella le rodeó la cintura con las piernas y tiró de él hacia sí, sintiendo la punta roma y ardiente de su virilidad en su húmeda abertura.
Con un gemido gutural, Anthony se hundió muy dentro de ella.
El dolor fue intenso pero breve. Por instinto, George cerró los ojos con fuerza y se arqueó hacia él, solo para notar que Anthony se detenía.
Ella abrió los ojos y contempló sus facciones, contraídas casi con agonía mientras él luchaba por mantenerse inmóvil para que George se acostumbrara a la sensación de tenerlo dentro.
Maravillada, alzó la mano y enterró los dedos en su pelo. Los ojos de Anthony ardían clavados en los suyos cuando dijo con la voz rota:
—Quiero ir despacio por ti, pero no sé si podré.
George le acarició la mejilla, áspera por la barba incipiente.
—Por favor —susurró, con una punzada de necesidad.
Poco a poco, sin apartar los ojos de los de ella, Anthony empezó a moverse.
El último rastro de dolor desapareció, barrido por la calidez de él.
Las sensaciones de antes volvieron de nuevo y, por instinto, George cerró las piernas alrededor de la espalda de Anthony, mientras ella se arqueaba para recibir sus embestidas.
El clímax llegó de repente, y ella gritó cuando aquella súbita oleada de placer la atravesó.
En cuanto Anthony la sintió contraerse alrededor de su miembro, perdió el control.
Buscó su boca en un beso casi salvaje, y George le respondió con la misma fuerza, enredando la lengua con la suya mientras acompañaba su urgencia y se aferraba a sus hombros.
Un instante después, sintió que el cuerpo entero de Anthony se sacudía al alcanzar su propia liberación.
Poco a poco, sus embestidas se hicieron más lentas hasta que al fin se detuvo y, con un suspiro ronco, descendió con suavidad sobre ella.
Permanecieron así unos minutos, ambos conscientes, sin saber explicar por qué, de una paz que hasta entonces había estado ausente de sus vidas. Al fin, Anthony levantó la cabeza y la miró.
Con una sonrisa casi imperceptible, George alzó la mano y le tocó la cara con languidez.
—¿Puedo ser tu amante ahora?