Capítulo 19
—Tiene embobado a un joven palurdo llamado Shackleford. Por lo que pude ver, el muy estúpido todavía cree que es un muchacho.
Linfield miró al detective privado con aire pensativo. Había oído antes el apellido Shackleford, pero, por más que lo intentaba, no lograba recordar dónde.
Eran casi las ocho de la tarde. Los dos hombres estaban sentados en un rincón de la misma posada donde se habían reunido con anterioridad.
Aquella misma tarde, Pettigrew había enviado recado para informar de que había localizado a su presa en una casa solariega no lejos de la carretera de Plymouth, cerca del pueblo de Little Bovey, aunque por desgracia no había podido hacerse con ella.
—Aquí es donde la cosa se complica —continuó Pettigrew—. Según parece, el joven para quien ella trabaja es cuñado del duque de Blackmore.
De eso le sonaba el apellido... Linfield soltó una maldición en voz baja.
—Debió de tropezarse con él al bajarse del maldito coche —masculló, resistiendo el impulso de golpear algo—. Sin duda le habrá contado al idiota una sarta de embustes. ¿La casa en la que están pertenece a Blackmore?
Pettigrew negó con la cabeza.
—Ya no. Según los lugareños, el duque se la regaló a su cuñado.
—El detective privado dio un buen trago de brandy antes de añadir—: A mí me pareció que solo estaban ellos dos en la casa.
Bueno, ellos y un chucho con malas pulgas.
Si los toman por sorpresa y consiguen callar al perro...
—Se encogió de hombros—. La casa está en mitad de la nada, así que no es probable que nadie oiga ningún alboroto, aunque Shackleford seguramente dará pelea...
—Hizo una pausa y examinó al hombre sombrío que tenía delante—.
¿De veras ella es tan importante como para arriesgarse a provocar la furia de un duque poderoso?
Antes de que Linfield pudiera responder, la puerta se abrió y apareció Henry Atkins con aspecto angustiado. Atkins nunca resultaba una visión agradable, pero, a la luz de las velas, su palidez tenía un tono enfermizo.
—¿Y bien? —ladró Linfield a modo de saludo.
Atkins se desplomó en una silla mientras los otros dos hombres lo observaban con desagrado.
En respuesta, se limitó a negar con la cabeza y se secó la frente sudorosa con un pañuelo, el cual le dejó una veta de mugre brillante.
No se atrevía a admitir que no solo no había conseguido ninguna información, sino que además había revelado mucho más de lo que había averiguado.
—Por el amor de Dios, ve a meter tu maldita cabeza en un barril de agua —escupió Linfield en un susurro encendido—. Das asco y hueles peor. Cuando estés medianamente presentable, reúnete con nosotros junto a la carretera de Plymouth no más tarde de la medianoche.
—Pero acabo de venir de allí, milord —resolló Atkins—. Tengo la garganta seca como la yesca. Necesito beber algo antes de que me muera de sed.
Linfield entornó los ojos.
—Lo único que vas a tragar será tu propia sangre a través de un tajo en la garganta —masculló—. A pesar de tu inutilidad, tenemos la ubicación de la muchacha. La quiero en nuestras manos antes del amanecer.
Era la primera vez que George se sentía completa y absolutamente feliz. Aunque, en realidad, había sido un día lleno de primeras veces. Era la primera vez que se sentía protegida y cuidada. La primera vez que alguien juraba que jamás permitiría que le hicieran daño.
Era la primera vez que disfrutaba de un baño.
Claro que aquello quizá tuviera algo que ver con que, en esa ocasión, Anthony había colocado la tina delante del fuego de la cocina y había calentado el agua para ella.
George nunca se imaginó lo maravilloso que podía resultarle sentirse limpia y sin pasar frío.
Él la había dejado a solas con mucho tacto mientras se bañaba, aunque ella podría haberle dicho que aquello era como cerrar la puerta del establo después de que se hubiera escapado el caballo.
Pero la intimidad fue deliciosa; de hecho, casi se echó a reír al pensar que estaba disfrutando del roce del agua sobre la piel.
Y luego, más tarde, cuando ya estaba seca y abrigada, él se sentó con ella y le mostró un alfabeto. Le hizo repasar las letras que había escrito en el papel. Para cuando terminaron, ya había caído el crepúsculo y George trazaba las formas a la luz de las velas.
Era la primera vez que alguien la consideraba lo bastante importante como para enseñarle algo.
La cena fue deliciosa. Rebañó con pan recién hecho y mantequilla de verdad el estofado de conejo de la señora Parsons. —George se preguntó de dónde salía aquel inagotable suministro de conejos.
—Re-rediez, voy a reventar —dijo después de dar cuenta de la segunda ración—. No voy a poder abrocharme los pantalones si sigo comiendo así.
—Quizá tengamos que pensar en comprarte un par de faldas —comentó Anthony con voz serena.
Georgiana lo miró, sorprendida.
—Creí que quería que siguiera siendo George de momento.
En respuesta, Anthony respiró hondo.
—Lo que ocurrió entre nosotros... —empezó a decir.
—No es nada de lo que valga la pena hablar —lo interrumpió George, con el rostro encendido.
—No debí tomarme las libertades que me tomé —insistió él—. Mi comportamiento fue imperdonable. La cuestión es...
—Lo perdono —replicó ella—. Ya está. Podemos olvidarlo.
—No quiero olvidarlo —gruñó Anthony, y vio que ella empezaba a fruncir el ceño. Maldita sea, todo estaba saliendo mal—. La cuestión es —repitió, con un gran esfuerzo por no apretar los dientes— que creo que deberías casarte conmigo.
George abrió la boca, pero no salió de ella ningún sonido. Se limitó a mirarlo. Entonces, de pronto, soltó una carcajada.
Anthony se puso rígido.
—No veo nada ni remotamente gracioso en mi propuesta —le espetó.
George se rio aún más, mientras él permanecía sentado, con el rostro pétreo, los brazos cruzados y a la espera de que se le pasara la diversión.
—¿Se ha vuelto loco? —logró decir ella al fin—. Los de su clase no se casan con las de mi clase.
—¿Y en qué somos tan distintos? —replicó Anthony con un bufido—. Soy el hijo de un vicario, George. Mi hermana es la que tiene un título pomposo.
—Y no es la única —contraatacó George—. ¿Piensa meterme entre todos esos aristócratas y llevarme de un lado a otro como si fuera un maldito cerdo de exhibición, solo para ver cómo me caigo de bruces?
—Tragó saliva. Su buen humor desapareció y fue sustituido por una repentina llamarada de ira—.
¿Sería usted tan cruel? —Sacudió la cabeza antes de añadir—: ¿Y todo porque casi se da conmigo un revolcón, creyendo que no tenía derecho a hacerlo?
—No es por eso... —Anthony calló de pronto.
Era exactamente por eso. O lo había sido cuando lo pensó por primera vez.
Pero ¿y ahora? Ella lo observaba, pálida y decidida, y Anthony comprendió de golpe cuánto había llegado ella a significar para él.
Quería estrecharla entre sus brazos y mandar al mundo entero al infierno.
Y luego quería amarla con las manos y con la boca hasta que cada centímetro de ella estuviera convencido de que no le pedía matrimonio por un sentimiento de culpa.
Antes de que él pudiera hablar, George empujó la silla hacia atrás y se puso en pie.
—Creo que ha bebido un brandy de más —comentó con tono práctico—. Así que le deseo buenas noches, y mañana por la mañana habremos dejado atrás esta tontería.
—Envié recado a Nicholas esta mañana, padre.
—Pero eso fue antes de que a Agnes se le echara encima un tipo infernal con instintos asesinos —protestó el reverendo—. Mírala. Solo es una sombra de lo que solía ser.
Grace dirigió una mirada de adecuada preocupación hacia su madrastra, aunque pensó que jamás había visto a la matrona con mejor aspecto.
Tenía el rostro encendido y los ojos le brillaban con una luz poco habitual.
Más revelador aún: no había rastro de sus sales ni de ninguna de sus repugnantes pociones.
—Ya te he dicho, Augustus, que estoy perfectamente —comentó Agnes con sequedad, en claro acuerdo con la valoración de la duquesa.
—No creo que Nicholas vaya a dudar de la gravedad de la situación —añadió Grace—. Incluso antes de que mi madrastra fuera tan... —Se calló, en busca de las palabras adecuadas.
—Cruelmente atacada —aportó Percy, servicial.
La duquesa asintió.
—En efecto. Incluso antes de eso, ya tenía el presentimiento de que todo este asunto acabaría poniéndose muy feo. Espero que Nicholas y Malcolm estén aquí mañana por la noche como muy tarde.
—¿Podemos permitirnos esperar tanto? —preguntó Percy.
La duquesa miró al coadjutor con sorpresa.
—Demasiados golpes en esa cabezota, en mi opinión —murmuró el reverendo.
—No creo que nos convenga actuar de forma precipitada —respondió Grace con firmeza—.
Debemos enviar recado a Anthony para informarlo de los últimos acontecimientos, desde luego, pero, más allá de eso, pienso que deberíamos esperar al regreso de Nicholas y Malcolm.
—Se volvió hacia Agnes y añadió—: No obstante, si le parece bien, creo que usted y padre deberían quedarse aquí hasta entonces.
Estaba claro que Agnes no había renunciado del todo al dramatismo, y el suspiro con el que asintió y aceptó tres galletas fue la viva imagen del martirio.
Anthony subió la escalera, cansado, y habría podido darse una bofetada a sí mismo.
Había llevado toda la maldita conversación como un jovencito sin experiencia.
Pero, de forma extraña, la risa de George había eliminado por fin el último vestigio de duda de que Georgiana Huxley era la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.
No le importaba un comino su origen. Que fuera la bastarda de algún caballero o que la hubieran robado al nacer.
Ella era, simplemente, George. Y su autocrítica, su falta de pretensiones, su alegría desenfrenada incluso ante las cosas más insignificantes lo atraían como una polilla a la luz.
A decir verdad, no podía imaginar su vida sin ella.