Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Me aseguro de estar preparado —jadeó Percy, mientras lanzaba pequeños golpes al aire con los puños. Capítulo cinco: El arte de la preparación instantánea .

Augustus Shackleford se preguntó si Percy habría recibido al fin un golpe de más en la cabeza, pegó de nuevo el ojo a la rendija y el corazón se le subió a la garganta al ver a Flossy de pie en el banco de fuera, mirando por la ventana.

«Rayos y centellas», dijo para sus adentros.

Por desgracia, la perrita lo vio en ese mismo instante y empezó a menear la cola con brío.

—Se acabaron las farsas —dijo Henry Atkins—. Usted sabe de quién estoy hablando, señora, así que no malgaste el aliento salvo para decirme dónde está el chico. La próxima mentira le costará un maldito dedo.

Al ver el entusiasmo de la perra, el reverendo soltó un gemido casi inaudible.

—Abajo, Flossy —susurró, agitando el brazo de arriba abajo.

Por desgracia, había olvidado por completo que esa era la señal que había acordado con Percy segundos antes para atacar.

El joven coadjutor saltó como un resorte. Con un grito salvaje —capítulo ocho: El grito de guerra de los nativos americanos — abrió la puerta de una patada y cargó contra Henry Atkins.

Durante unos segundos decisivos, los otros tres se quedaron clavados en el sitio, mirando a Percy con asombro. Luego, con una palabrota que rara vez empleaba, el reverendo salió de su estupor y corrió a su vez, blandiendo en alto el rodillo.

Quizá fuera la insólita visión de un individuo que se abalanzaba hacia él, chillando como una banshee y vestido solo con ropa interior, lo que hizo que Henry Atkins se quedara paralizado y permitiera al reverendo acercarse lo suficiente como para estamparle el rodillo en la cabeza con efectos que prometían ser devastadores.

El problema fue que el reverendo no vio la gaceta de sociedad de Agnes tirada junto al diván hasta que ya fue demasiado tarde.

Con un «¡uf!» poco aguerrido, las piernas de Augustus Shackleford se fueron cada una por su lado y el reverendo se deslizó por el suelo a una velocidad de vértigo para impactar sobre un boquiabierto Atkins, el cual cayó desplomado en el acto como un bolo.

En la confusión que siguió, el reverendo luchó por liberar el rodillo, que de algún modo se le había quedado atascado dentro de sus calzones.

Cuando por fin lo consiguió, lanzó un grito triunfal y levantó el brazo, preparado para darle al canalla un dolor de cabeza que no olvidaría jamás.

Por desgracia, detrás de él, Percy ejecutaba en ese preciso instante una compleja maniobra de boxeo —capítulo diez: Asestar un puñetazo frontal de primera —, la cual no resultó muy eficaz contra un utensilio de cocina de madera.

Unos segundos después, Henry Atkins se puso en pie a trompicones y huyó.

—Estoy perfectamente, Augustus. Por favor, deja de armar tanto alboroto.

El reverendo miró a su esposa con asombro. Él se había pasado los últimos cinco minutos hurgando en su ridículo con febril desesperación para encontrar las sales, solo para que ella las rechazara cuando por fin dio con ellas.

—Creo que me he roto el pulgar —se quejó Percy.

—Suerte tienes de no haberte abierto la mollera —masculló el reverendo Shackleford.

El reverendo sacudió la cabeza, se puso en pie y fue a abrir la ventana para dejar entrar a Flossy.

—Pero hemos hecho huir a ese sinvergüenza con el rabo entre las piernas, ¿verdad, señor? —continuó Percy, con una emoción poco habitual en la voz.

El reverendo lanzó a su coadjutor una mirada irritada.

—¿Desde cuándo te has convertido tú en el Gentleman Jack⁠ 1 de Blackmore?

Percy se puso colorado, pero no creyó que mencionar El arte ilustrado de la hombría fuera a aportar nada positivo a la situación.

—El viejo Atkins habrá corrido de vuelta junto al noble para el que trabaja, así que podemos suponer que no tardarán en enviar refuerzos.

—Yo no les he dicho nada —declaró Agnes, indignada.

El reverendo soltó una risita.

—Ese cobarde se llevó más de lo que esperaba al meterse contigo, querida. Aun así, apostaría a que sospecha que sabemos más de lo que decimos. Tenemos que avisar a Anthony cuanto antes—. Miró al coadjutor, que seguía sosteniéndose el pulgar—. ¿Debo prescindir de ti, muchacho?

—Desde luego que no, señor. En cuanto Lizzy me venda la mano, estaré listo para darles a esos canallas su merecido. Capítulo doce: Mantenerse firme .

El reverendo levantó las cejas y no pudo evitar preguntarse si al coadjutor se le habría metido algún bicho en el cerebro. Aun así, aquel nuevo y descarado Percy era una clara mejora respecto al antiguo cabeza hueca. Con un gesto de aprobación, el reverendo cogió a Flossy.

—Sugiero que acomodemos a Seth, nos pongamos algo de maldita ropa y vayamos a ver a Grace. Quiero saber si ha enviado recado a Nicholas. Me sentiré mucho más tranquilo cuando el duque esté aquí para poner en orden todo este condenado asunto.

1   Nota de la traductora: John «Gentleman» Jackson, célebre púgil inglés de finales del siglo XVIII y principios del XIX, muy asociado a la enseñanza del boxeo entre caballeros.