Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 18
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Capítulo 18

—Muy bien, Percy, no hay tiempo que perder. Si ese canalla intenta sonsacarle a Agnes dónde está George, le va a costar lo suyo, pero tenemos que darnos prisa antes de que se le ocurra empezar con las uñas.

Percy miró al reverendo, horrorizado.

—Seguro que no haría algo así... —balbuceó el coadjutor.

—No, no lo hará, porque se lo impediremos —declaró el reverendo con firmeza—. Volvió a mirar a través del arbusto—. No llegaremos hasta la ventana del salón sin que nos vean. Tendremos que entrar por el patio de las cuadras.

—¿Cómo sabe que Henry Atkins la tiene en el salón? —preguntó Percy.

—No podría moverla del diván sin alertar a todo el maldito Blackmore —respondió el reverendo con pragmatismo.

Bajó la vista hacia Flossy, que se rascaba detrás de la oreja con aire feliz—.

Tú tendrás que quedarte aquí, Floss —murmuró—.

Te ataré a este seto para que nadie te confunda con el desayuno.

—Se agachó para coger a la perrita antes de abrirse paso entre las ramas—.

Rayos y centellas, creo que una ortiga acaba de rozarme el trasero —dijo con una mueca—.

Vamos, Percy. Si yo puedo pasar por aquí, tú también.

Sobre todo, con tus pantorrillas de alambre.

Cinco minutos después, los dos hombres habían conseguido escabullirse hasta el patio.

Al doblar la esquina, Percy miró atrás y vio a Flossy sentada junto al arbusto, observándolos mientras movía la cola, esperanzada; luego el coadjutor se apresuró tras el reverendo, que estaba a punto de entrar en el establo.

—¡Demonios! —oyó murmurar al clérigo un par de segundos después.

—¿Qué ocurre? —siseó Percy, indeciso en la puerta—. ¿Es Agnes?

Un gemido repentino lo hizo entrar a toda prisa, justo a tiempo de ver al mozo de cuadra, Seth, llevarse la mano a la cabeza e intentar incorporarse.

—El muy bribón debe de haberle golpeado por detrás, a juzgar por el chichón de la nuca —masculló el reverendo Shackleford—. Tú quédate aquí con él, Percy, mientras yo voy a ver dónde tiene el canalla a Agnes.

Percy respiró hondo y se sorprendió a sí mismo al negar con la cabeza.

—No permitiré que entre ahí solo, señor.

El reverendo Shackleford miró al coadjutor sin decir palabra, con un nudo repentino en la garganta. Él y Percy habían pasado muchas cosas juntos a lo largo de los años, y el reverendo comprendió de pronto que el joven coadjutor era, en realidad, su único amigo.

A decir verdad, Augustus Shackleford quizá no se habría sentido tan sobrecogido por la emoción de haber sabido que el recién descubierto coraje de Percy se debía, con toda probabilidad, a que acababa de terminar de leer El arte ilustrado de la hombría .

Pero, como no lo sabía, se limitó a mascullar un ronco «gracias».

Luego, el reverendo volvió a empujar a Seth hacia la paja y ordenó al mozo de cuadra que se mantuviera tumbado.

—Entraremos por la cocina —añadió al ponerse en pie—. La señora Tomlinson y Maisie estarán en el pueblo.

Los dos hombres cruzaron de puntillas la puerta trasera y entraron en la cocina.

Una vez allí, el reverendo se apresuró de inmediato hacia la despensa.

Antes de que Percy tuviera ocasión de alegar que aquel no era momento para un tentempié, el reverendo reapareció de pronto sujetando el preciado rodillo de la señora Tomlinson.

Lo alzó con júbilo para que Percy lo inspeccionara y luego hizo un movimiento de prueba. Solo los reflejos fulminantes del coadjutor —capítulo cuatro: Evitar el enfrentamiento — impidieron que perdiera la punta de la nariz.

En la entrada al vestíbulo, el reverendo Shackleford abrió la puerta una rendija, pegó la cabeza al estrecho hueco y escuchó. Al principio no oyó nada, hasta que, de pronto, una voz gruñó:

—¿Dónde está George?

Cuando Anthony se ofreció a enseñarle a leer, George se debatió entre la euforia ante la posibilidad de comprender por fin aquellos garabatos que siempre le habían resultado indescifrables y la angustia de pasar tanto tiempo cerca de su patrón sin poder tocarlo ni admitir lo que de verdad sentía en su corazón.

«Creo que ya has dicho más que suficiente», declaró su voz interior con brusquedad.

El problema era que las palabras que le había dicho a Anthony no eran del todo ciertas. No eran toda la verdad. En resumen, George preferiría morir antes que dejarlo. Pero estar cerca de él sin poder volver a tocarlo jamás... No sabía si podría soportarlo.

George sabía que un día él se casaría, y con toda probabilidad lo haría pronto. Pero, hasta entonces, era suyo. ¿Cómo podía decirle que, hasta que llegara ese momento, quería algo más que un techo sobre la cabeza?

Quería compartir su cama.

Georgiana alzó la vista y lo observó de reojo.

La camisa se le pegaba al pecho y revelaba los músculos esculpidos.

Anthony no parecía darse cuenta de que la llevaba abierta casi hasta el ombligo y dejaba a la vista un rastro de vello castaño y rizado sobre los planos duros del torso.

Al verlo, algo se le contrajo en lo más profundo del cuerpo con una punzada de deseo, y tuvo que luchar contra el impulso de soltar la pala y pegarse a él para saborear de cerca cada centímetro firme de su cuerpo.

Con un pequeño gemido, le dio la espalda, solo para soltar un jadeo de sorpresa cuando un hombre apareció de pronto al doblar la esquina de la casa.

Nelson empezó de inmediato a ladrar como un poseso.

Corrió hacia el desconocido y luego retrocedió alarmado cuando lo tuvo demasiado cerca.

George miró a su patrón, que contemplaba al visitante con rostro impasible.

Anthony dejó la pala, se pasó la manga por la frente y se limpió las manos en los calzones.

—Quédate aquí —murmuró a George al pasar junto a ella en dirección al desconocido, que no se había movido.

—¿Puedo ayudarlo en algo? —preguntó con amabilidad al detenerse a unos dos metros de él.

El hombre inclinó apenas la cabeza.

—¿Estoy en lo cierto al pensar que es usted Anthony Shackleford?

Anthony asintió.

—No creo que nos conozcamos, señor. Tal vez pueda hacerme el favor de decirme su nombre y qué lo trae por aquí.

—Este es su joven peón, supongo.

El desconocido señaló a George con la cabeza y mostró una sonrisa untuosa, al parecer, sin darse cuenta de que no responder a las preguntas sobre su identidad y el motivo de su visita no solo era descortés, sino también amenazador.

La voz de Anthony se endureció.

—El muchacho no es asunto suyo —replicó—. Y, a menos que tenga una buena razón para estar en mi propiedad, le sugiero que siga su camino, señor.

George dio un paso atrás, incómoda, sin saber por qué, bajo aquella mirada penetrante.

Con el pulso acelerado, se encogió de hombros con estudiada despreocupación y cogió la pala.

Luego le dio la espalda al hombre de forma deliberada y volvió a cavar, aunque en todo momento sintió el pinchazo de sus ojos sobre ella.

Anthony dio un paso adelante y, al fin, la mirada del hombre regresó a él.

—Mis disculpas, señor Shackleford —dijo—. Busco a un muchacho pequeño y fuerte que me ayude a limpiar la chimenea, y el posadero del Green Man me ha hablado de su joven jornalero. —Volvió a sonreír y, a juicio de Anthony, enseñó demasiados dientes.

—Me temo que no puedo prescindir de él —respondió Anthony con frialdad—. Como puede ver, aquí hay mucho trabajo por hacer.

—Desde luego —admitió el desconocido, y observó el jardín invadido por la maleza.

Durante unos segundos se hizo un silencio tenso. Luego, para alivio de Anthony, el hombre inclinó la cabeza.

—Siento las molestias. Buenos días, señor Shackleford.

Dicho eso, giró sobre sus talones y empezó a desandar el camino. Tras un instante, Anthony lo siguió y observó cómo el desconocido montaba a caballo y se alejaba.

—¿Quién es ese? —preguntó George al acercarse para colocarse a su lado.

Anthony negó con la cabeza.

—No creo haberlo visto nunca —respondió, pensativo.

—¿Cree que tramaba algo malo? —continuó ella, incapaz de ocultar la ansiedad en su voz.

Anthony bajó la vista hacia ella, y sus ojos le recorrieron el rostro.

—Jamás permitiré que te hagan daño —murmuró. Sintió el irrefrenable impulso de pedirle que se casara con él, pero, antes de que pudiera dar aquel último e irrevocable paso, un ladrido repentino sonó a sus pies—. Creo que Nelson tiene hambre —dijo en cambio, con sequedad.

—Sé lo que es eso —susurró George—. Si le soy sincera, tengo las tripas pegadas al espinazo.

—El único George que conozco es el hijo de Albert —oyeron replicar a Agnes, con una acidez digna de elogio—. Ya se lo dije la última vez que me lo preguntó.

El reverendo Shackleford miró al coadjutor, alzó el rodillo con una mano, señaló hacia el salón con la otra e hizo un gesto para indicar que cruzarían el vestíbulo de puntillas. Percy tragó saliva y asintió.

—Y, de todos modos, ¿qué quiere del pobre muchacho? —dijo Agnes mientras ellos salían al vestíbulo—. Está claro que no es hijo suyo.

—Le dije que el que hace las malditas preguntas aquí soy yo.

Un fuerte bofetón precedió a un grito agudo. El reverendo se detuvo un instante y apretó los dientes antes de seguir adelante, con el rostro sombrío.

—No conozco a ningún otro George —dijo Agnes con voz temblorosa, pero decidida—. Y usar los puños no va a cambiar eso.

—Esa es mi chica —masculló el reverendo cuando por fin llegaron a la puerta del salón.

Aunque estaba cerrada, por suerte no habían echado el pestillo, así que pudo abrirla un poco. Con una mirada preocupada a Percy, el reverendo se inclinó hacia delante y pegó un ojo a la rendija.

Al principio no vio nada. Luego empujó la puerta un poco más y distinguió la ventana del salón, con el diván a un lado. Agnes estaba sentada en él y fulminaba con la mirada a su atacante.

—Muy bien, Percy. A mi señal, entraremos a la carga y cogeremos al canalla desprevenido.

El reverendo hizo un movimiento descendente con el rodillo, a modo de prueba. El coadjutor asintió y empezó a saltar de un pie al otro, para desconcierto de su superior.