Capítulo 17 #2
—Siempre cabe la posibilidad de que eso aumente la asistencia —replicó el reverendo, imperturbable—. Y, para ser justos, Percy, verte en calzones difícilmente inflamará la lujuria de la vieja señora Morton, mucho menos la de toda la parroquia.
—Ojalá estuviera aquí el duque... —masculló Percy—. Estoy seguro de que él sabría qué hacer.
El reverendo Shackleford suspiró.
—Pienso lo mismo, muchacho. Me sorprendería que Grace no le hubiera enviado ya una misiva. Pero, si no lo ha hecho, en cuanto nos aseguremos de que Agnes está a salvo, yo mismo le mandaré una maldita carta a Nicholas.
Los dos hombres guardaron silencio durante un rato. El único sonido era el de los ronquidos de Flossy, que dormía espatarrada en el asiento junto a Percy. Poco a poco, el paisaje se volvió familiar hasta que, al fin, tomaron la carretera de Blackmore.
Augustus Shackleford dio un golpe seco en el techo del carruaje y, cuando Thomas redujo obediente la marcha de los caballos, el reverendo se asomó por la ventanilla para indicarle que los dejara al pie del camino que llevaba a la vicaría.
Tan discreto como hasta entonces, Thomas se abstuvo de recordarle al reverendo que su atuendo no era apropiado para caminar unos pocos pasos, mucho menos unos noventa metros, y se limitó a asentir con estoicismo.
Nadie permanecía tantos años al servicio del duque de Blackmore sin comprender que su extensa familia política estaba compuesta, en su mayoría, por personas bastante tocadas de la cabeza.
Apenas quince minutos después, los dos hombres bajaban del carruaje.
—¡Informe a la duquesa de que debe esperar la visita de su madrastra en menos de una hora! —gritó Augustus Shackleford cuando el carruaje estaba a punto de marcharse—. Ah, y pídale que mande lavar nuestras sotanas.
Thomas le dedicó al reverendo una mirada inexpresiva antes de guiar los caballos hacia la finca del duque.
—Vamos, Percy, no te quedes ahí plantado. Coge a Flossy. No tiene sentido hacer el ridículo más de lo necesario.
El coadjutor abrió la boca, luego volvió a cerrarla con un suspiro y siguió al reverendo por el camino hacia la vicaría.
Justo al llegar al límite de la propiedad, el reverendo Shackleford se detuvo en seco y, acto seguido, arrastró a Percy detrás de un gran arbusto.
—¿Ha visto algo, señor? —susurró el coadjutor, presa del pánico.
El reverendo entornó los ojos.
—¿Qué hora es, Percy?
El coadjutor frunció el ceño y sacó su reloj de bolsillo.
—Van a dar y media, señor —murmuró—. ¿Por qué?
—¿Oyes ronquidos?
El coadjutor aguzó el oído unos segundos y luego negó con la cabeza.
—Yo tampoco —declaró el reverendo con un gemido.
Abrió un hueco entre las ramas del arbusto y miró hacia las ventanas del salón, apenas visibles desde donde ambos estaban agachados.
—No entiendo —murmuró Percy—. ¿Los ronquidos de quién?
—Los de Agnes —siseó Augustus Shackleford—.
Siempre duerme en su diván a esta hora de la tarde.
Más puntual que un reloj. —Se detuvo y volvió a escuchar—.
No me digas que has olvidado sus ronquidos.
Son como los graznidos de una oca. —Le apretó el hombro al hombrecillo—. Percy, no se oyen ronquidos.
El coadjutor frunció el ceño y asomó la cabeza por el hueco del arbusto.
—Quizá no esté cansada.
El reverendo negó con la cabeza.
—Tarta y té, y luego una cabezada. Podríamos estar en pleno Juicio Final y ella insistiría en echarse la siesta. —Apartó a Percy—. Algo va mal, sin duda —masculló—. Ese malnacido debe de haber llegado antes que nosotros.
—Si el muchacho que busca es un ladrón, no es el que estuvo aquí anoche —declaró el posadero del Green Man cuando Pettigrew terminó de hablar.
—¿Anoche había aquí un chico? —preguntó el detective privado con aire casual.
—Sí, vino con el nuevo dueño de Bovey Manor. El muchacho no dijo gran cosa, pero parecía bastante agradable. No tenía pinta de ratero.
—¿Bovey Manor, dice? —Pettigrew terminó su pinta y pidió otra—. No sabrá por casualidad cómo se llama el nuevo dueño, ¿verdad?
El posadero se encogió de hombros.
—No lo sé con seguridad. Antes, el lugar pertenecía al duque de Blackmore.
Al oír el nombre de Blackmore, Andrew Pettigrew dio un respingo. No conseguía imaginarse a la muchacha embaucando a un maldito duque.
—Shackleford —dijo un hombre que estaba en la barra—. Es hijo de un vicario. Ya sabe, ese santurrón de Blackmore, el que tiene tantas hijas. —El desconocido sacudió la cabeza y miró a Pettigrew con expectación—. Vaya jaleo han montado a lo largo de los años —añadió, servicial.
—¿Puedo invitarlo a una jarra de cerveza? —preguntó el detective privado, rendido ante lo inevitable.
El hombre sonrió y se tocó la gorra.
—Algo tendrían las muchachas, digo yo, visto que la mayor se casó con el duque de Blackmore —dijo después de dar un largo trago a su pinta—. Supongo que por eso Bovey Manor ha llegado a manos del hermano más joven.
—Oí que una de ellas acabó casada con un príncipe.
—Una sarta de patrañas —se burló el posadero.
—Y bien, ¿ese chico tenía nombre? —preguntó Andrew Pettigrew, al reconducir la conversación hacia su víctima.
—Sí, se llamaba George —dijo el desconocido—. Me parece que el muchacho ha estado haciendo algunos trabajos para el nuevo señor de la mansión.