Capítulo 17
—Envíe a nuestro jinete más rápido, Huntley, por favor. Quiero que esta misiva llegue a manos de mi esposo mañana por la mañana.
—Como desee, Su Excelencia.
El anciano mayordomo no mostró la menor curiosidad por el contenido del mensaje; se limitó a inclinarse y se retiró.
—Espero que tu padre siga con Jago —dijo Grace, inquieta—. Podríamos tardar días en encontrarlo si no está en Tredennick.
—¿A qué viene tanta ansiedad de repente, madre? —Jennifer frunció el ceño mientras cogía una naranja—. ¿Ha pasado algo desde esta mañana?
La duquesa negó con la cabeza.
—No sabría decirlo con exactitud, pero este asunto de Georgiana me tiene en vilo, y me sentiría mucho más tranquila si tu padre estuviera aquí...
—Hizo una pausa antes de añadir—: Esos hombres que la buscan...
Estoy segura de que al menos uno de ellos tiene relación con el conde de Ruteledge.
El hombre será un anciano, pero tiene una reputación espantosa.
Según Nicholas, carece por completo de conciencia, y sé que han tenido más de un enfrentamiento en la Cámara de los Lores.
—¿Y de veras cree que ese individuo odioso es quien busca a George?
—No lo sé —murmuró Grace—, pero estoy convencida de que el conde está metido de algún modo de este feo asunto.
Las voces continuaron, pero el reverendo Shackleford ya no escuchaba.
—Tenemos que volver a Blackmore antes que Atkins —siseó mientras se ponía en pie y cogía a Flossy.
Sin más demora, los dos hombres recorrieron de nuevo el callejón a toda prisa y, unos minutos después, salieron otra vez a Fore Street.
—Creo que ha llegado el momento de enviar recado al duque —jadeó Percy mientras corrían hacia el carruaje—. Si Agnes está en peligro...
No terminó la frase y, por una vez, el reverendo estuvo de acuerdo con él.
—Todo esto tiene demasiadas implicaciones, y nosotros no estamos preparados para afrontarlo.
Al doblar la esquina, Augustus Shackleford vio por fin el carruaje, gracias a Dios, justo donde lo habían dejado.
—También tenemos que avisar a Anthony —añadió el reverendo mientras se apresuraba hacia el coche—.
Hay que advertirle de que esa gente no tiene reparos en usar la violencia para conseguir lo que quiere.
—Estaba a punto de abrir la portezuela cuando se detuvo de pronto—.
Creo que será mejor que nos quitemos las sotanas, muchacho.
No imagino que a Nicholas le haga mucha gracia encontrar restos putrefactos adornando su tapicería.
Unos minutos después, estaban sentados dentro del carruaje en ropa interior, con las sotanas amontonadas en el suelo. Si a Thomas le sorprendió ver a los dos clérigos en paños menores, tuvo el buen juicio de no mencionarlo.
—A Blackmore tan rápido como puedas —exigió el reverendo.
—¿Cree que le harán daño a Agnes? —preguntó Percy, angustiado.
—No podemos descartar que lo intenten. Aunque, eso sí, dudo mucho que se hayan enfrentado jamás a alguien como mi esposa.
Cuando Andrew Pettigrew llegó a Little Bovey, empezaba a estar cansado. Era el tercer pueblo parecido que investigaba, pues razonaba que, si nadie en Blackmore había visto a la muchacha, no era imposible que esta se ocultara en alguna de las aldeas cercanas a la carretera principal de Plymouth.
Estaba casi seguro de que ella no había llegado a Plymouth y, aunque cabía la posibilidad de que alguien le estuviera dando cobijo en Blackmore, su instinto le decía que no se encontraba allí.
Y, con los años, había aprendido a hacer caso a su instinto.
Aun así, el camino hasta Little Bovey seguía casi impracticable después de la tormenta de la noche anterior, y tardó una hora más de lo previsto en convencer a su caballo de que se aventurara por el agua enfangada que inundaba el sendero.
Si Georgiana Huxley había estado en ese lugar antes de la tormenta, lo más probable era que siguiera allí.
Cuando al fin llegó a la pequeña plaza del pueblo, se detuvo un momento para examinar cuanto lo rodeaba.
El pueblo era bonito, sin duda, pero mucho más pequeño que Blackmore.
Dudaba que hubiera demasiados lugares donde la muchacha pudiera esconderse, sobre todo, si estaba muerta de hambre.
Si se encontraba allí, daría con ella con facilidad.
Y, como ya era bien entrada la tarde, decidió empezar por la posada.
A falta de más madera, Anthony decidió empezar a trabajar en la zona del huerto más cercana a la casa.
Al principio rechazó la ayuda de George con la excusa de que dentro aún quedaban muchas tareas sin terminar.
Por alguna razón, desde que había decidido hacer lo correcto, la idea de verla realizar un trabajo tan agotador le parecía del todo equivocada.
Como era de esperar, George no hizo el menor caso de su sugerencia de dedicarse a labores menos duras. Y, puesto que ella aún no estaba al corriente del inminente gesto heroico de él, le dijo con toda claridad que cerrara el pico.
—¿Qué clase de hierbas piensa plantar? —preguntó George cuando llevaban casi una hora trabajando en silencio.
Anthony se apoyó en la pala y frunció el ceño.
—No tengo ni idea —admitió al fin con una sonrisa—. ¿Tienes alguna experiencia con hierbas de cocina?
George soltó un resoplido nada elegante y se encogió de hombros.
—Conseguí una tintura de la vieja Bridy para dormir a los Grimm cuando me escapé. Ahora que lo pienso, tendría que haber usado un poco más y así habría mandado a esos bastardos a dormir para siempre. —Sacudió la cabeza—. Aunque no tengo ni idea de qué hierbas eran.
—Creo que Grace tiene un libro de botánica excelente —continuó Anthony, perdido de pronto en una ensoñación en la que Georgiana cuidaba con ternura del huerto—. ¿Te gustaría leerlo? Estoy seguro de que te lo prestará encantada.
George le lanzó una mirada irritada en la que también había mucho más que una sombra de vergüenza.
—¿Y cuándo cree usted que he tenido tiempo de aprender a leer?
Anthony la miró fijamente, y su fantasía se hizo añicos de golpe. Claro que ella no sabía leer, maldita sea. Qué imbécil era. Vio que a George se le encendía la cara de mortificación mientras se agachaba y empezaba a tirar con furia de un jaramago.
—Podría enseñarte, si quieres —dijo Anthony al fin en voz baja.
Ella levantó la vista, y él contuvo el aliento al ver la pura alegría de su rostro.
—¿Haría eso por mí? —susurró George.
—Sería un honor —sonrió Anthony—. Empezaremos esta noche, después de cenar.
Decir que Agnes se indignó al descubrir que su desleal marido se había escabullido para ir a Exeter sin ella era quedarse muy corto.
De hecho, si el reverendo hubiera regresado en cualquier momento antes del té de la tarde, la matrona habría sentido la tentación de pagarle a Mary para que añadiera una generosa dosis de sales de Epsom a su jarra de cerveza.
Tal y como estaban las cosas, una charla con Lizzy y una buena porción de tarta de chocolate ayudaron a calmar bastante su ira.
Tanto que, cuando Agnes volvió a quedarse a solas, las probabilidades de que el reverendo sobreviviera o no a la noche eran casi iguales.
Por desgracia, aunque ella aún no lo sabía, sus propias probabilidades de sobrevivir las dos horas siguientes dependían en gran medida del taimado de su esposo.
Después de que Lizzy se marchara, Agnes decidió echarse su siesta habitual.
Se acomodó en el diván y pasó diez agradables minutos imaginando diversas muertes prematuras para su amado antes de caer en un sueño ligero.
Menos de media hora después, la despertó de golpe una mano grande y de olor nauseabundo que se cerró sobre su boca.
—Grita y te rajo el maldito cuello —susurró una voz junto a su oído.
Agnes alzó la vista hacia las bastas facciones del hombre que la había abordado frente al Red Lion. Él sonrió y le lanzó una bocanada de aliento apestoso.
—Voy a hacerle unas preguntas, y usted va a responderme sin armar revuelo.
Agnes miró hacia la puerta.
—No hay nadie ahí para ayudarla, señora —añadió él—. Acabo de verlos marcharse hacia allí. —Inclinó la cabeza en dirección al pueblo—. Y el tipo del establo no va a molestarnos. —Levantó la mano con cautela de la boca de Agnes y le agarró el brazo.
—No lo habrá matado, ¿verdad? —susurró ella, con la voz llena de horror.
Atkins soltó una risita y negó con la cabeza.
—Quizá tenga un buen dolor de cabeza cuando despierte.
—¿Cómo me ha encontrado? —preguntó Agnes, con una indignación en gran parte fingida.
—Usted es muy conocida —dijo él con una risita burlona—.
Solo tuve que preguntar dónde vivía la zorra gorda y con cara de vinagre del sombrero azul.
—Se inclinó hacia su rostro hasta que Agnes solo pudo ver aquella cara fea y picada de viruelas—.
Ahora seré yo quien haga las preguntas. Contésteme con la verdad o le juro que la abriré la boca de oreja a oreja.
Agnes tragó saliva y contuvo el miedo. Volvió a mirar hacia la puerta. No había forma de llegar hasta ella a tiempo, ni siquiera si lograba soltarse de las garras de aquel miserable.
Él se sentó en el borde del diván, con una mano cerrada sobre el brazo de ella en un agarre que le dejaría moratones y la otra apuntándole al cuello con un cuchillo de aspecto siniestro.
—¿Dónde está George? —siseó.
—¿Cree que llegaremos a Blackmore antes que Henry Atkins? —preguntó Percy, con la voz atravesada por el miedo.
—Depende de si salió al mismo tiempo que nosotros —respondió el reverendo con brusquedad— y de si viaja en carruaje o a caballo.
—¿Vamos directos a la vicaría? —preguntó el coadjutor—. Parece probable que Atkins no sepa quién es Agnes en realidad.
El reverendo asintió.
—Eso espero, muchacho. Al canalla le llevará un rato averiguar quién es ella y dónde vive. Aun así, le diré a Thomas que nos deje al final del camino, por si está vigilando.
—Pero estamos en ropa interior —murmuró Percy, horrorizado—. La gente creerá que la vicaría es una guarida de iniquidad.