Anthony (Las Hermanas Shackleford 9)
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Capítulo 1
Anthony Shackleford conocía desde hacía mucho la palabra deber.
De hecho, desde el momento en que aprendió a caminar, se la habían metido en la cabeza todos los viernes entre las dos y las cuatro de la tarde, acompañada de té y del bizcocho de manzana de la señora Tomlinson.
A su madre le gustaba mucho el bizcocho de manzana.
La esencia de su obligación era la siguiente: no podía esperarse que el duque de Blackmore mantuviera a sus parientes políticos hasta la ancianidad, aunque Dios sabía que, si la madre de Anthony seguía tomando aquellas repugnantes pociones, era poco probable que llegara siquiera a la mitad de la vida, y mucho menos al ocaso.
Y pese a que todas sus hermanas habían contraído matrimonios extraordinariamente ventajosos, él, como único hijo varón, tenía el deber de procurar a sus padres una cómoda vejez.
Siendo sinceros, Anthony dudaba que su padre tuviera intención alguna de deslizarse con elegancia hacia una aburrida ancianidad, aunque la pérdida de Freddy, su fiel sabueso, tres años atrás, sin duda le había pasado factura.
Así que, en líneas generales, su deber siempre había parecido muy sencillo. Casarse con una heredera, preferiblemente con título.
Sencillo, hasta que Anthony llegó a Eton y aprendió cómo funcionaba el sistema de clases. En honor a la verdad, más que aprenderlo, se lo enseñaron por la fuerza. Al menos al principio. Por fortuna, su vínculo con el duque de Blackmore garantizó que no le rompieran nada, aparte del orgullo.
A medida que fue creciendo, también aprendió a defenderse, hasta que los matones decidieron que ya no merecía la pena molestarse con él.
Ayudaba que fuera un joven afable, siempre dispuesto a montar una juerga, y muy apreciado por los compañeros menos encorsetados por la tradición.
Con una maraña de pelo del color del cobre bruñido y unos ojos capaces de desflorar a una virgen con una sola mirada —según las numerosas criadas que peleaban con regularidad por limpiar su habitación—, no resultaría desacertado suponer que también gozaba de gran aprecio entre los miembros del sexo opuesto.
Había otra cosa que distinguía a Anthony de muchos de sus iguales, además de su afición a hacer trastadas, en su mayoría inofensivas: una inexplicable necesidad de defender y proteger.
Tal vez porque aquella palabra, «deber», se la habían grabado con tanta insistencia, era por completo incapaz de mantenerse al margen de los problemas y desgracias de cualquier hombre, mujer, niño o, en su defecto, animal con el que se cruzara.
Como era natural, en los años transcurridos desde que dejó Eton, semejante disposición había garantizado que rara vez le faltara compañía, ya fuera de dos o cuatro piernas.
Y ahora allí estaba, con veintiséis años, apoyado en la pared en el extremo del salón de baile de su cuñado, observando la primera remesa de jóvenes damas que se exhibían para su escrutinio.
Anthony estaba completamente seguro de que el dinero no era obstáculo para casi ninguna de las veinte debutantes parlanchinas que tenía delante.
Las clases mercantiles recién enriquecidas harían cualquier cosa, salvo asesinar, para emparentarse con el poderoso duque de Blackmore.
Por otro lado, en todo el salón no había más que un par de títulos.
Y aquellos estaban allí por un motivo muy parecido, aunque sus arcas no estaban a rebosar, precisamente.
Su ensimismamiento terminó de golpe con la llegada de Peter, el vizconde Holsworthy y futuro heredero del duque de Blackmore. A pesar de los cinco años que los separaban, también era el mejor amigo de Anthony.
—¿Alguna te ha llamado la atención? —preguntó el joven con una sonrisa.
Anthony puso los ojos en blanco e hizo una mueca.
—Dudo que ninguna pase de los diecisiete —murmuró—. Maldita sea, Pete, esto parece una feria de ganado.
Peter soltó una risa carente de compasión.
—Tal vez ahora comprendas por qué tía Prudence declaró que prefería que le sacaran las uñas de los pies con una cuchara, antes que participar en el mercado matrimonial. Y no fue la única.
—¿Cómo demonios voy a llevarme a una muchacha que ha vivido siempre protegida de todo, a los páramos de Dartmoor? —replicó Anthony—. Y, además, a una casa que probablemente solo sigue en pie por pura cabezonería.
—Está en los límites del páramo y es perfectamente habitable —se burló Peter—. Y, de todos modos, padre se ofreció a pagar las reparaciones, pero tú, como el cabezota ridículo que eres, insististe en hacerlas por tu cuenta.
Anthony suspiró.
—Que me regalara Bovey Manor y doce acres de excelente tierra de labranza ya fue más que generoso por su parte. No podía, en conciencia, pedirle más. —Anthony dirigió a Peter una sonrisa traviesa—. Y, además, no querría reducir aún más tu herencia. ¿Qué clase de amigo sería?
—Uno muy idiota —replicó Peter—. Podrías escoger a cualquiera de estas encantadoras damas y convertirte en un caballero rural, sin levantar un dedo salvo para dar instrucciones a tu administrador.
Anthony se estremeció.
—Dios Santo, eso suena espantoso. ¿Qué demonios haría durante todo el día?
—Tomar el té con los vecinos —sugirió Peter con una ceja alzada—.
Aprender a jugar al whist y, por supuesto, mantener contenta a tu amada, llevándola a la ciudad una vez al año para que se abastezca de fruslerías, mientras tú disfrutas de tu visita anual a White’s.
—Soltó un fingido suspiro—. Tal es el triste destino de un caballero de campo, cuya esposa nada en la abundancia.
Durante unos segundos, Anthony no respondió.
Contempló aquel mar de señoritas remilgadas.
Él no se encontraba en la envidiable posición de su mejor amigo.
Sobre Peter no pesaba presión alguna para encontrar esposa.
De hecho, todo el mundo esperaba que disfrutase de sus años de juventud, antes de encadenarse al matrimonio y, dado que el vizconde solo tenía veintiún años, disponía de tiempo de sobra.
Anthony no dudaba de que esa parte concreta de la educación de su amigo empezaría durante su próximo viaje de seis meses por Europa.
Deber. La palabra que había dado forma a su vida, por mucho que él se hubiera rebelado contra ella.
Cada una de sus hermanas había tenido la fortuna de casarse por amor.
Para él, sin embargo, no habría tal lujo.
Sacudió la cabeza. Dios sabía que había sido bendecido y no tenía derecho a lamentar su destino.
Los matrimonios por amor eran raros, y, si tenía suerte, encontraría una joven rica, de aspecto razonablemente agradable y con algo de ingenio.
Una esposa con la que pudiera convivir en relativa armonía y, lo más importante, que contara con la aprobación de su madre.
Dios lo ayudara si no acertaba en ese pequeño detalle. Rio para sus adentros.
Y dado que, en realidad, no iba con su carácter recrearse en la autocompasión, Anthony se apartó de la pared y fue a reclamar su primer baile.
Georgiana miró hacia la alcoba antes de trepar con cuidado por la ventana.
A horcajadas sobre el alféizar, dejó escapar un pequeño jadeo al oír un crujido.
Durante un espantoso instante, pensó que todo el marco estaba a punto de soltarse de sus anclajes.
Desde luego, no era algo imposible, pues sospechaba que aquella ventana podía ser anterior incluso a la casa, o más bien a la choza, de la que intentaba escapar.
Giró la cabeza hacia la oscura habitación.
Aún faltaban un par de horas para el amanecer, pero en el interior del cuarto reinaba una negrura casi absoluta, y ya no distinguía las cuatro formas dormidas, acurrucadas en los dos catres.
Permaneció inmóvil un segundo, con el corazón en la garganta, convencida de haber percibido movimiento, pero al cabo de un minuto se relajó.
No hubo ningún grito repentino, solo suaves ronquidos, casi acompasados.
Sonrió con aspereza. La pócima para dormir de la vieja Bridy había valido los dos peniques que Georgiana había distraído para comprarla. Respiró hondo y, con cautela, pasó la otra pierna por encima del alféizar, hasta quedar con ambos pies colgando en el vacío. Lo siguiente era la parte difícil.
La ventana estaba demasiado lejos del suelo como para saltar.
Cuando empezó a idear una forma de huir, había considerado subir, en vez de bajar directamente.
Al otro lado del tejado había un pequeño cobertizo adosado al que habría podido saltar sin demasiada dificultad y, desde allí, bajar al suelo.
Pero el techo de paja tenía más agujeros que sus pantalones, y sospechaba que terminaría cayendo a través de él para aterrizar justo entre los Grimm.
Y no habría pócima capaz de impedir que despertaran de aquello.
No es que el viejo Grimm hubiera puesto objeción alguna, estaba segura, pues aquel lascivo y viejo botarate era la razón por la que ella se encontraba en ese momento haciendo equilibrios en el alféizar de una ventana en plena noche.
Al final, había optado por bajar en línea recta, con suerte, a través del gran sicómoro, del que una conveniente rama quedaba apenas a un palmo de la ventana. Durante la planificación, aquella distancia le había parecido pequeña. En ese momento, la rama bien podría estar en la maldita luna.
George volvió a morderse el labio y lanzó otra temerosa mirada hacia la alcoba.
El estómago se le revolvió hasta el punto de creer que iba a vomitar.
Cerró los ojos con fuerza, obligando a aquel órgano rebelde a calmarse.
¿Cuándo había comido por última vez? No lo recordaba, pero ¿qué maldita importancia tenía eso?
No podía quedarse allí sentada toda la noche y, si el viejo Grimm la atrapaba, probablemente no volvería a comer jamás.