Capítulo 1 #2
Con el corazón desbocado, se agarró a la parte superior de la ventana y subió con cuidado un pie al alféizar.
Después, empleando todas sus fuerzas, se inclinó hacia delante hasta apoyar el otro pie para quedarse en cuclillas.
La rama estaba desesperadamente cerca. Aferrada a la ventana con una mano, estiró la otra hacia la rama que se mecía.
No servía de nada; no podía alcanzarla. George maldijo para sus adentros a quienesquiera que fuesen sus verdaderos padres por no haberle legado más que su baja estatura. Iba a tener que saltar.
El reverendo Shackleford estaba sentado en un pequeño banco situado en un apartado rincón del jardín de la vicaría, con Flossy en las rodillas.
Pese al relativo calor de aquel día de julio, la perrita hacía todo lo posible por meterse debajo de su sotana.
Al final, con un impaciente suspiro, el reverendo levantó el borde de la prenda y el animal se deslizó por debajo con rapidez.
¿Qué gusto tenían los perros pequeños por los espacios aún más pequeños?
El reverendo miró la sencilla lápida, en la que solo figuraba un nombre: Freddy.
¿No debería haber dejado de sentir, después de tres años, aquel impulso de derramar unas lágrimas tan poco viriles, cada vez que pensaba en el sabueso?
Sobre todo, teniendo en cuenta que Freddy probablemente se lo estaba pasando en grande, retozando con el Todopoderoso.
Más que oír, sintió a Flossy soltar un satisfecho suspiro al acurrucarse contra su calor.
A decir verdad, era una perrita deliciosa, más pegada a él de lo que Freddy jamás había estado.
Pero el reverendo sabía que ella también echaba de menos al sabueso.
Cuando ella llegó por primera vez a la vicaría, después de los tejemanejes de la coronación del rey, era recelosa y asustadiza.
Entonces fue la sombra de Freddy, incluso compartía el cesto de dormir del viejo sabueso, hasta que una mañana temprano, Freddy ladró y gimoteó tanto que el reverendo tuvo que levantarse de la cama para ver qué demonios ocurría, y encontró a su fiel compañero rígido y frío.
Freddy había muerto en su cama, con más años encima de los que ningún perro tenía derecho a vivir. Pero eso no lo hacía más fácil. Ni para él ni para Flossy. Con otro suspiro, el reverendo Shackleford se puso en pie con cuidado y depositó con suavidad a la indignada perrita en el suelo.
—Vamos, muchacha, creo que es hora de tomar un poco del bizcocho de limón de la señora Tomlinson.
Dio una suave palmadita a la lápida de Freddy, se volvió y emprendió el camino de regreso hacia la cocina, preguntándose cuándo volvería Anthony de Londres.
Después de pasarse años intentando desesperadamente casar a sus hijas, Augustus Shackleford descubrió con sorpresa que, cuando Prudence por fin se marchó, la casa se le antojaba demasiado silenciosa para su gusto.
Por supuesto, tenía a Agnes para poder conversar, pero su esposa rara vez hablaba de algo que no fueran sus pócimas o el no tan inminente matrimonio de su hijo.
El reverendo le había dicho varias veces que dejara al muchacho en paz.
Tanto si Anthony hacía un buen matrimonio como si no, seguían teniendo ocho hijas con esposos ricos.
Era poco probable que alguno de los dos acabara en el asilo para pobres.
Por desgracia, no había forma de discutir con Agnes, una vez que se le metía algo entre ceja y ceja.
No era de extrañar que Anthony limitara sus visitas.
Aun así, esa noche Percy y Lizzy iban a cenar y, como el reverendo sabía cuánto le gustaba al coadjutor el pudin de pan y mantequilla de la señora Tomlinson, le había pedido a esta que preparara uno especialmente grande.
Al abrir la puerta de la cocina, el reverendo sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
El pudin de pan y mantequilla era la comida favorita de Freddy.
Al final, George no solo consiguió escapar de una pieza, sino que logró alejarse sin alertar a su supuesta familia de acogida.
Pero de eso hacía ya horas, y el estómago empezaba a rugirle con fuerza.
Tenía que encontrar algo de comer. Con una mueca, fue abriéndose paso por las sucias callejuelas de la ciudad de Exeter.
Por fortuna, no atrajo ninguna atención indeseada, pues iba vestida de muchacho.
Y llevaba así desde que alcanzaba a recordar.
No tenía ni idea de si era porque los Grimm no le veían sentido a comprar tela nueva, cuando servía la de segunda mano, o si pretendían ocultar que era una chica.
Aunque eso no detenía las manos largas del viejo, y cada vez le había resultado más difícil evitar quedarse a solas con aquel cabrón.
Grimm no era el verdadero apellido de la familia.
Lo había sacado de un cuento que oyó en una de sus escasas visitas a la escuela dominical.
En realidad, se llamaban Henry y Martha Atkins.
Tenían dos hijos gemelos, John y Frank, ambos a punto de cumplir doce años.
Por fortuna, aún no habían pasado de la fase de acoso, así que lo peor que George había recibido de ellos era una paliza.
Pero sabía que aquello cambiaría pronto.
En cuanto le bajó la regla y empezaron a crecerle los pechos, el viejo Grimm comenzó a mostrar interés en ella. Solo era cuestión de tiempo que sus hijos siguieran el mismo camino.
George se quedó en la boca de un callejón con vistas a la plaza del mercado.
Tendría que ser condenadamente rápida si no quería meterse en problemas.
Necesitaba alejarse de Exeter tanto como pudiera, pero, si no comía pronto, probablemente no duraría ni una semana.
Se deslizó hacia un puesto de frutas y verduras, solo para recibir un golpe en la cabeza que la mandó de rodillas al suelo.
—Si pensabas servirte tú solo, inténtalo de nuevo, muchacho —masculló una voz cruel junto a su oído.
Con la cabeza zumbándole, George luchó por contener las ganas de vomitar por segunda vez en apenas dos horas y se puso en pie, temblorosa.
«Menuda libertad», pensó, casi histérica.
Al menos, con los Grimm tenía el estómago lleno.
La mayoría de la gente habría dicho que aquello bien valía un rápido revolcón.
Pero solo de imaginar las manos del gordo, mugriento y desdentado Henry Atkins le provocaba un terror tan agudo que le cortaba la respiración, al punto de creer que se ahogaba. Prefería morirse.
Con una mueca, se tocó el lado de la cabeza donde había impactado el puño del vendedor.
Nadie le prestaba la menor atención. Al fin y al cabo, abofetear a muchachos harapientos formaba parte de la rutina diaria.
Entonces, de pronto, George dio un respingo al notar una mano en el hombro.
Por instinto, retrocedió para abrirse camino por si tenía que huir.
—Por favor, no salgas corriendo —suplicó una voz suave.
George miró, desconcertada, a la elegante dama que tenía delante.
—¿Tienes hambre? —le preguntó la mujer.
Georgiana entornó los ojos. Había oído hablar de supuestos benefactores que resultaban ser lobos con piel de cordero.
Reclutaban pilluelos en las calles con la promesa de una comida caliente y una cama.
Dio otro paso atrás, pero se detuvo cuando la mujer empezó a rebuscar en su ridículo.
¿Tendría tiempo de arrebatárselo y escapar?
George la observó, presa de una agónica indecisión.
Si la atrapaban, acabaría como mínimo en la cárcel del condado de Devon. Más probablemente, en la horca.
Antes de que pudiera decidirse, la dama sacó de pronto algo del bolso y extendió la mano hacia ella. Durante un segundo, George creyó estar viendo un espejismo. En la palma de la mujer había tres guineas.
Era más dinero del que George había visto en toda su vida. Maravillada, miró alternativamente las monedas y el rostro de la dama.
—Tómalas —dijo esta.
Su voz seguía siendo baja, pero el gesto de la mujer se volvió nervioso, y empezó a examinar con inquietud la zona que las rodeaba.
—¿Es dinero sucio? —susurró George con aspereza, mirando las guineas como si estas pudieran desaparecer en cuanto apartara los ojos de ellas.
Más que verla, sintió que la dama negaba con la cabeza. Como ella seguía sin moverse, la mujer chasqueó la lengua, frustrada, le agarró la mano y le volcó las monedas en la suya, antes de que George tuviera ocasión de apartarla.
Al cerrar la mano por puro reflejo, Georgiana empezó al fin a darle las gracias con un balbuceo, solo para encontrarse con la espalda de aquella extraña mujer, que se alejaba a toda prisa.
Devuelta de golpe al mundo real, desde lo que sin duda había sido un cuento de hadas, Georgiana miró alrededor, consciente de pronto de que sostenía tres guineas enteras en la mano.
Cualquiera podría haber visto la transacción y quizá, en ese mismo momento, estuviera pensando en clavarle un cuchillo en la garganta en algún sucio callejón.
Georgiana tragó saliva, con el corazón golpeándole en el pecho como si estuviera a punto de saltar desde un precipicio, se metió las monedas en el bolsillo, y echó a correr.