Capítulo 2
Percy Noon contempló la enorme bandeja de pudin de pan y mantequilla con un suspiro resignado.
En todos los años que llevaba en Blackmore, jamás había conseguido convencer al reverendo de que detestaba aquel postre en particular.
Pero o bien su superior no podía concebir que a alguien no le gustara el pudin de pan y mantequilla, o, sencillamente, nunca le había escuchado. Quizá, un poco de ambas cosas.
Miró a Lizzy, que se mordía el labio para contener una risa poco decorosa mientras esta observaba cómo el reverendo llenaba hasta el borde el cuenco de su marido.
—Ahí lo tienes, muchacho —declaró Augustus Shackleford—. Cuando acabes con eso, aún hay más. —Acto seguido, le entregó el cuenco a Lizzy para que se lo pasara a Percy.
—Toma, cariño, al ataque —murmuró ella al dejar aquella montaña de pudin delante de su esposo. —Al ver la cara biliosa de Percy, Lizzy tuvo que contener una risita antes de darle la gran jarra de natillas.
El coadjutor suspiró, vertió una generosa cantidad por encima y cogió la cuchara a regañadientes. Después del primer bocado, un leve gemido junto a su silla llamó su atención. Flossy estaba sentada a su lado, mirándolo con adoración mientras meneaba su pequeña cola. Percy le sonrió.
—No te preocupes, muchacha, te va a tocar una buena parte —murmuró. Tomó otra cucharada minúscula y se volvió hacia el reverendo, que comía su ración con entusiasmo—. ¿Ha tenido noticias de Anthony, señor?
Con la boca llena, el reverendo Shackleford negó con la cabeza.
—Nicholas organizó un baile para él —intervino Agnes, entusiasmada, aprovechando la pausa—. ¿Os lo imagináis? Un duque dando un baile expresamente para mi hijo.
—Rayos y centellas, Agnes, como de costumbre estás diciendo puras tonterías —replicó el reverendo—. No era para Anthony. Peter por fin ha terminado en Eton y va a ocupar su lugar en sociedad.
Su esposa resopló, indignada.
—Bueno, estoy segura de que Grace, al menos, se habrá asegurado de que hubiera muchas jóvenes ricas entre las que Anthony pudiera elegir. —Agnes se calló y frunció el ceño, al asaltarla una idea repentina—. Espero que hayan hecho las debidas averiguaciones sobre las dotes de las candidatas.
El reverendo sacudió la cabeza con cansancio.
—Lo más probable es que las muchachas hayan tenido que rellenar un formulario solo para recibir la maldita invitación —declaró con sequedad, alzando los ojos al cielo.
—Ah, bueno, eso me tranquiliza —respondió Agnes, sin captar en absoluto la ironía de su marido. Hundió la cuchara en el pudin y la levantó hacia la boca antes de añadir—: ¿Creéis que Nicholas nos permitiría echarles un vistazo?
—Me ha parecido que la señorita Davenport estaba prendada de ti —declaró Grace cuando subieron al carruaje después de su última parada nocturna.
Anthony suspiró.
—Si os hiciera caso a ti y a Peter, acabaría por creer que todas las mujeres, sin distinción de edad, están prendadas de mí.
Su hermana frunció los labios, mientras Peter soltaba una risita.
—Es cierto que eres un tipo muy guapo —dijo el vizconde con una sonrisa—. Aunque, y te ruego que no te lo tomes como algo personal, no logro imaginar de dónde has sacado tu atractivo.
—Creo recordar que Augustus era bastante apuesto en su juventud —comentó Nicholas, dirigiendo a su hijo una mirada reprobadora—. Se le consideraba un buen partido.
Grace y Anthony miraron al duque con incredulidad.
—Es verdad —protestó Nicholas—. Lo sé de buena tinta. —Se encogió de hombros y sonrió a su esposa—. Recuerdo cuando llegó a Blackmore. Mi hermano y yo tendríamos unos ocho años, creo. Las mujeres solteras del pueblo estaban fuera de sí por la expectación.
Esta vez, Peter compartió con Anthony y Grace la misma expresión de absoluto escepticismo.
—Tenéis que recordar que su predecesor debía de tener al menos ochenta y cinco años cuando se retiró —añadió Nicholas— y, teniendo en cuenta que el pobre hombre había sido el vicario de Blackmore durante, como mínimo, sesenta de esos años, tal vez podáis entender el entusiasmo de las feligresas.
—El duque hizo una pausa, perdido por un instante en sus recuerdos.
Era tan raro que hablase de su infancia, que los demás ocupantes del carruaje contuvieron el aliento, esperando a ver si continuaba.
Al cabo, él se volvió hacia Grace—. Recuerdo a tu madre —murmuró con suavidad—.
Tenía el pelo exactamente del mismo color que el tuyo.
—Se inclinó y colocó un rizo rebelde detrás de la oreja de su esposa.
—No sabía que la hubieras conocido por aquel entonces —respondió Grace con la misma suavidad.
A veces, aún le costaba creer cuánto había cambiado su esposo, desde aquel hombre amargo y taciturno con el que se había casado. Pero incluso ahora, tantos años después, a él seguía resultándole difícil hablar de su juventud.
—Oh, en realidad nunca llegué a conocerla —respondió Nicholas—. Mi padre no me permitía confraternizar con la chusma del pueblo, y él tampoco lo hacía.
—Entonces, ahora debe de estar revolviéndose en su tumba —replicó Grace con acidez.
—Eso espero de corazón —contestó el duque. Después volvió a mirar a Anthony y cambió de tema con firmeza—. ¿Y el perro? —dijo con un leve gesto hacia el pescante delantero del carruaje. Solo la inflexión de su voz indicaba que era una pregunta.
—No podía dejarlo allí —se defendió Anthony—. El pobre estaba muerto de hambre. Probablemente no habría sobrevivido a la noche.
—No estoy muy convencido de que el posadero hubiera compartido tus sentimientos de haberte sorprendido cortando la cuerda —respondió Nicholas con brusquedad—.
Y Thomas debe de estar eufórico por viajar con un chucho de tres patas que huele peor que una letrina. ¿Qué piensas hacer exactamente con él?
—Bueno, lo primero será bañarlo, por supuesto —respondió Anthony con un encogimiento de hombros—, y luego lo adiestraré. —Se produjo un silencio incómodo antes de que añadiera, en tono lastimero—: El sabueso me recuerda a Freddy.
—Si la memoria no me falla, Freddy tenía las cuatro patas intactas —replicó Peter.
—Estoy segura de que padre estará encantado —dijo Grace con una mueca, sacudiendo la cabeza.
—Y, si no, Flossy sin duda lo estará —añadió Peter—. Tengo entendido que no hay nada que le guste más al sexo débil que un héroe herido. ¿Verdad, padre?
Georgiana se relajó por fin cuando el coche traqueteó a través de las puertas de Exeter y salió al camino abierto en dirección a Plymouth.
Jamás había estado más allá de los límites de la muralla, al menos, no que ella recordara.
Había crecido mirándola y preguntándose qué habría al otro lado, sobre todo, cuando daba de comer a los cerdos.
Se quedaba contemplando el muro y soñaba despierta que, tras él, se extendía un reino mágico donde sus verdaderos padres la buscaban.
La fantasía nunca duraba mucho y solía terminar con la vara del viejo Grimm azotándole las piernas.
Y, por lo que ella sabía, podía haber nacido a menos de un kilómetro de aquel rincón olvidado de Dios al que los Grimm llamaban hogar. Pero, de algún modo, no lo creía así.
Una vez, al derramar la leche por todo el suelo, Martha le gritó:
«¡No vales ni la maldita miseria que nos pagan! Malditos Uxley...».
Y aunque en aquel momento no reaccionó, George supo que ese era su nombre. Georgiana Uxley.
Dedujo que Georgiana tenía que ser su verdadero nombre. No había posibilidad alguna de que la pareja de mente estrecha que la había criado hubiera elegido un nombre tan extravagante. Y, desde que ella tenía uso de razón, la habían vestido como un chico y la habían llamado George.
Ahora, después de usar parte de su nueva fortuna para lavarse y comprar una práctica chaqueta, de segunda mano, pero razonablemente limpia, una camisa, unos pantalones en condiciones e incluso zapatos, George se permitió por fin creer que era libre.
Y como estaba dispuesta a defender aquella libertad con su propia vida, también se procuró un pequeño cuchillo afilado, que escondió en el fondo de una bolsa junto con un poco de pan y queso.
Había cosido el resto de su inesperado patrimonio en la venda que le sujetaba los pechos.
Las duras monedas le rozaban un poco, pero era una sensación agradable.
Le recordaba que no estaba del todo en la indigencia.
Que tenía opciones. Y la primera había sido alejarse de sus padres adoptivos tanto como pudiera.
No tenía un destino concreto en mente, aunque imaginaba que tendría más posibilidades de encontrar trabajo si se dirigía a otra ciudad, y la más cercana a Exeter era Plymouth.
Había oído muchas historias sobre aquel bullicioso puerto, así que pensó que podría haber peores alternativas.
En cualquier caso, aunque los Grimm salieran a buscarla, era poco probable que la encontraran en una ciudad tan grande.
Aunque no creía que se molestaran en hacerlo.
El balanceo del carruaje la sumió en una ligera somnolencia.
Con la esperanza de ahorrar dinero, había escogido un asiento en la parte superior del coche.
No hacía frío, sobre todo, porque iba apretujada justo en medio.
Puesta a elegir entre una mujer flacucha de gesto agrio y un corpulento caballero que olía a naftalina, George dejó que la cabeza se le venciera hacia el caballero, razonando que él tendría más probabilidades de impedir que se cayera.
El tufo a naftalina se le metió en la nariz, y supuso que el abrigo que llevaba puesto el hombre no salía de su armario muy a menudo.
Mientras se dejaba arrastrar por el sueño, Georgiana se preguntó cómo sería tener un armario propio.
O algún sitio donde colgar la ropa. No había tenido nada suyo hasta entonces...