Todas las mañanas, a las nueve en punto, dos desconocidos comparten mesa en la misma cafetería de Ginebra.
Él pide un doble espresso sin azúcar y nunca se sienta más de veinte minutos.
Ella pide un té que no termina nunca y deja, sin saberlo él, un rastro de carboncillo en cada servilleta.
Ninguno de los dos imagina que el otro es la persona más buscada de Europa.
Daniel Wren restaura antigüedades por el día. Por la noche es
El Relojero
, el ladrón de arte más metódico del continente, el que nunca deja una huella —solo un engranaje en miniatura, tallado a mano, en el lugar exacto de la pieza que se ha llevado.
Élise Moreau restaura tapices por el día. Por la noche es
La Musa
, la ladrona que nadie ha visto entrar ni salir, la que firma cada golpe con un boceto de anémona a carboncillo.
Llevan meses compitiendo sin saberlo: dos leyendas del mismo oficio, cada una convencida de perseguir a un rival al que jamás ha visto la cara. Lo único que no habían previsto es enamorarse del desconocido de la mesa de al lado.
Cuando la verdad sale a la luz, ya es tarde para dar marcha atrás: no solo el uno del otro, sino de una organización criminal transnacional que lleva meses vigilándolos a ambos, dispuesta a todo con tal de arrebatarles lo que han robado durante años.
Con el FBI y la Interpol cerrando el cerco por un lado, y una amenaza mucho más letal respirándoles en la nuca por el otro, Daniel y Élise van a tener que decidir si pueden confiar el uno en el otro con algo más que sus secretos: con sus vidas.
La firma del ladrón
es una novela de suspense romántico internacional sobre dos rivales que se convierten en cómplices, un amor construido sobre mentiras necesarias, y el precio real de dejar de fingir ser otra persona.






