Capítulo 28 #2
—Hice cuentas, agente Vasko. Es lo único que sé hacer bien.
—Katya se encogió de hombros, con la misma frialdad calculada con la que probablemente había firmado cientos de órdenes de transferencia a lo largo de los años—.
Con Pavel condenado, mi lealtad ya no vale nada en el mercado.
Con mi cooperación, todavía puedo comprarme algo parecido a un futuro.
Es la última operación financiera racional que me queda disponible. Nada más.
Con la información de Katya, y con la documentación reunida durante meses por el propio equipo de Daniel a través de Gibraltar, Panamá y Belice, Interpol consiguió, en un plazo de setenta y dos horas que Astier calificó, con un alivio visible, como el más rápido de toda su carrera, órdenes judiciales de congelación sobre la totalidad de las cuentas identificadas en las tres jurisdicciones, un proceso que en circunstancias normales habría requerido meses de trámites diplomáticos y que, gracias a la combinación exacta de evidencia física, testimonial y financiera reunida por ambos bandos de la improbable alianza, se completó en días.
Del capital total congelado, una fracción que ni Elena ni Astier llegaron nunca a cuestionar en voz alta —una cantidad calculada por Ollie con la misma precisión con la que calculaba cualquier otra cosa, suficiente para cubrir la recuperación médica de Callum y el coste de desaparecer bajo identidades completamente nuevas para los cinco, sin extenderse a nada que el dinero no pudiera de verdad devolverles— desapareció, en las horas de confusión que precedieron a la congelación oficial, de una de las cuentas panameñas menos vigiladas, redirigida a través de una cadena de transferencias que ni el propio Ollie, con toda su habilidad, habría podido rastrear de vuelta hasta su origen si hubiera querido.
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Cinco días después, con Callum ya trasladado, bajo un nombre nuevo y una historia médica cuidadosamente construida, a una clínica de rehabilitación en Suiza donde iba a pasar los siguientes meses reaprendiendo a usar un brazo que nunca volvería a responderle como antes, el resto del equipo se reunió una última vez en el chalet de las colinas sobre Ginebra.
Alguien había dejado las ventanas abiertas toda la tarde, y el aire olía todavía a la lluvia reciente sobre el lago.
El mapa de Europa seguía clavado a la pared, cubierto ya de anotaciones que pertenecían, definitivamente, al pasado.
—Se acabó. —Ollie lo dijo en voz alta, como si necesitara escuchar las palabras pronunciadas para terminar de creérselas—.
Nikitin detenido. Katya cooperando. Las cuentas congeladas.
Once años de carrera, Daniel, y nunca pensé que terminaríamos así, con la policía de medio continente agradeciéndonos en vez de persiguiéndonos.
—Todavía nos persiguen, Ollie. —Élise, sentada junto a Daniel con la cabeza apoyada en su hombro, no perdía la cautela que la había mantenido con vida durante quince años de carrera—.
Elena nos ha dado una ventana, no una amnistía.
En algún momento, cuando el polvo se asiente y alguien empiece a hacer las preguntas correctas sobre dos restauradores itinerantes que aparecen en cada uno de los lugares donde el imperio de Nikitin se desmoronó, esa ventana se va a cerrar.
—Lo sé. —Daniel le apretó la mano con una calma que sorprendió a Élise, ya acostumbrada a la templanza de Daniel en los peores momentos—. Y por primera vez en mi vida, no me da tanto miedo como debería. Porque esta vez, cuando llegue el momento de desaparecer, no voy a desaparecer solo.
Noor, acurrucada contra Ollie en el sofá con una manta que se negaba a soltar desde que había vuelto, todavía procesando semanas de cautiverio que le iban a llevar mucho más que unos días asimilar, levantó la vista hacia ambos con una sonrisa cansada pero genuina.
—Entonces brindemos por eso. Por lo que se acaba, y por lo que todavía no sabemos cómo va a empezar.
Ollie sirvió cuatro copas del único vino decente que quedaba en el chalet, y los cuatro brindaron en silencio, sin necesidad de más palabras, conscientes todos de que la noche marcaba el final de algo que había definido sus vidas durante años y el principio, todavía informe, de algo que ninguno de ellos sabía todavía cómo nombrar.
Marcus Deel llamó a Elena esa misma noche, con una mezcla de incredulidad y de un respeto reticente que ella no le había escuchado nunca antes en la voz.
—Me dijiste que necesitabas seis semanas para conseguir un nombre real.
Me has entregado, en su lugar, la caída completa de una red criminal transnacional con ramificaciones en cuatro continentes, en poco más de un mes.
—Hizo una pausa, del tipo que Elena reconocía como la antesala de una pregunta incómoda—.
También me han llegado rumores, Elena, de procedimientos considerablemente menos ortodoxos de lo habitual durante ese mismo mes.
Vas a tener que explicarme, en detalle, exactamente cómo has conseguido todo esto, cuando estés lista para hacerlo.
—Estaré lista, Marcus. —Elena, agotada pero satisfecha como no lo había estado en nueve meses, se permitió, por fin, un momento de descanso genuino—.
Pero primero déjame dormir doce horas seguidas, y déjame asegurarme de que todo el mundo que ha pagado un precio demasiado alto esta noche tiene, al menos, la oportunidad de curarse antes de que empiece el papeleo.
—Tómate el tiempo que necesites. —Deel, por primera vez en la conversación, sonó genuinamente cálido—. Has hecho, Elena, el mejor trabajo de toda tu carrera. El comité de presupuesto puede esperar una semana más antes de que les cuentes cómo lo has conseguido.
Colgó el teléfono y se quedó un momento a solas, en la habitación de hotel de Praga que llevaba días usando como base de operaciones improvisada, mirando la fotografía de su abuelo que seguía llevando consigo a cada expediente, con los bordes ya casi desgastados por completo por seis décadas de manoseo y ahora, además, por nueve meses enteros de un caso que la había cambiado más de lo que estaba dispuesta a admitir todavía en voz alta.
Pensó en Yevhen Vasko, de pie frente a aquella vitrina de Kýiv que ya nunca volvería a ver completa.
Por primera vez en nueve años de carrera, sintió que la distancia entre la promesa que se había hecho a sí misma de niña, escuchando historias de catálogos perdidos, y el trabajo real que hacía cada día, se había cerrado por completo, sin ninguna grieta que la separara ya de la persona que siempre había querido ser.