Capítulo 28
La ambulancia privada que Elena había conseguido movilizar los llevó, no a un hospital público donde cualquier herida de bala habría desencadenado automáticamente un informe policial, sino a una clínica discreta a las afueras de Praga que Astier conocía por razones que prefirió no detallar.
Allí, un cirujano acostumbrado a la discreción absoluta extrajo la bala del hombro de Callum durante una operación de noventa minutos que Daniel, Élise, Ollie y Noor pasaron enteros en la sala de espera, sin que ninguno de los cuatro consiguiera sentarse más de un par de minutos seguidos.
—Va a sobrevivir. —El cirujano, un hombre de sesenta y tantos años con manos todavía firmes a pesar de la edad, salió de quirófano con el informe que todos llevaban dos horas esperando, aunque su expresión no era la que Daniel había estado deseando escuchar—.
Pero la bala dañó parte del plexo braquial antes de alojarse cerca de la escápula.
Va a recuperar movilidad, con fisioterapia intensiva durante meses, pero no toda.
El brazo izquierdo probablemente no vuelva a tener la fuerza ni la precisión que tenía antes de esta noche.
Lo siento. He hecho todo lo que la medicina permite, pero hay daños que no se revierten por completo, por bien que se opere.
Daniel se quedó en silencio un largo momento; la noticia se le asentó en el pecho con más peso del que había anticipado, a pesar de haber sabido, desde el instante mismo en que había visto caer a Callum, que aquella noche iba a cobrarse un precio real, no simbólico.
—¿Puedo verlo?
—Está sedado, pero puede sentarse a su lado. Va a necesitar, cuando despierte, saber que alguien estaba ahí.
Se sentó junto a la cama durante casi una hora, observando la respiración lenta y regular de un hombre que le había salvado la vida a costa de la suya propia funcionalidad, pensando en once años de trabajos compartidos, en la rabia que había sentido apenas unos días atrás en aquella habitación de hotel en París, en lo poco que aquella rabia, comparada con lo que Callum acababa de sacrificar, parecía importar ya.
—No tenías que hacer esto —le dijo, en voz baja, aunque sabía que Callum, todavía sedado, no podía escucharlo—. Ya te había dicho que ibas a tener que ganarte el derecho a seguir con nosotros. No sabía que ibas a intentar ganártelo entero, de una sola vez, con tu propio cuerpo.
En la sala de espera, Noor se había quedado dormida finalmente, agotada tanto por semanas de cautiverio como por la tensión de la noche, con la cabeza apoyada en el hombro de Ollie, que no se había movido ni un centímetro en dos horas por miedo a despertarla.
Élise, sentada frente a ambos, los observaba con una mezcla de alivio profundo y un cansancio que le pesaba en cada hueso del cuerpo.
Cuando Daniel salió por fin de la habitación de Callum, se levantó y lo recibió con un abrazo que decía, sin ninguna palabra necesaria, todo lo que ambos habían estado demasiado ocupados sobreviviendo como para expresar durante las últimas horas.
—Va a quedarse con secuelas. —Daniel lo dijo contra su pelo, con la voz todavía tomada por la emoción—. El brazo, probablemente para siempre.
—Está vivo, Daniel. —Élise se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos—.
Está vivo, Noor está a salvo, y Nikitin está detenido.
Hace una semana, no nos habríamos atrevido a soñar con que las tres cosas fueran ciertas a la vez esta noche.
Vamos a lamentar el precio, todo lo que haga falta, pero no dejemos que nos impida ver también lo que hemos conseguido.
Noor se despertó una hora después, todavía desorientada por el cansancio acumulado, y lo primero que hizo, al recuperar plenamente la conciencia de dónde estaba, fue buscar la mano de Ollie sin decir nada; ninguno de los dos sintió, en ese momento, ninguna vergüenza en mostrar delante del resto esa necesidad de contacto.
—Pensé que no volvería a veros. —Lo dijo, por fin, con la voz todavía ronca—. Los primeros días, sí. Confiaba en que vendríais. Pero después de la segunda semana, empecé a prepararme para la posibilidad de que esto no tuviera un final feliz.
—Nunca dejamos de venir a buscarte. —Ollie le apretó la mano con firmeza, sin admitir ninguna duda—. Ni un solo día, Noor. Ni una sola hora.
• • •
Mientras tanto, en el polígono industrial, la operación coordinada por Astier y ejecutada por la policía checa había desatado, durante las horas siguientes al rescate, el tipo de caos organizado que solo una intervención planeada con meses de antelación y ejecutada, finalmente, con horas de improvisación conseguía producir: tres hombres detenidos dentro del propio almacén, servidores completos incautados antes de que nadie tuviera oportunidad de destruir la evidencia digital, y, en el patio trasero del edificio, un vehículo detenido en el último control de carretera antes de la autopista, con dos ocupantes que se identificaron, tras una verificación biométrica urgente solicitada directamente por Elena desde Lyon, como Pavel Nikitin y Katya Sokolova.
Elena llegó al lugar tres horas después, en un vuelo que había conseguido, sin autorización previa de nadie en Washington, gracias a un favor personal de un piloto de la Interpol que le debía, según le explicó por el camino sin dar más detalles, «algo mucho más grande que un vuelo de emergencia», y se plantó frente a la celda temporal donde la policía checa mantenía retenido a Nikitin, mirándolo, por primera vez en su vida, cara a cara, después de nueve meses enteros de perseguir su sombra a través de fotografías granuladas y estructuras societarias imposibles de descifrar.
Nikitin, con las manos esposadas, mantenía una calma que ni siquiera aquella circunstancia lograba perturbar; la observó con una curiosidad fría, casi profesional.
—Agente Vasko, supongo. He oído hablar de usted, aunque nunca esperaba conocerla en persona en estas circunstancias.
—Pavel Nikitin. —Elena pronunció el nombre completo como quien, por fin, se permite el peso de una victoria demasiado tiempo esperada—.
Va usted a pasar el resto de su vida explicando, ante tribunales de al menos cuatro países distintos, exactamente cuántas vidas ha destruido para construir el imperio que acaba de perder esta noche.
—Once años, agente Vasko. La mayoría no dura tanto.
—Nikitin se encogió de hombros, con una indiferencia que resultaba, en sí misma, casi más inquietante que cualquier resistencia—.
Dígame, ¿los dos ladrones a los que llevaba meses persiguiendo la ayudaron a encontrarme?
Sospechaba que terminarían siendo más peligrosos trabajando juntos que separados.
Debería haberles hecho una oferta mejor, hace meses, en vez de amenazarlos.
—No hable de ellos. —Elena se giró hacia la salida, sin darle la satisfacción de una respuesta más elaborada—. No merece ni siquiera pronunciar sus nombres.
—Una última cosa, agente Vasko, ya que se marcha.
—La voz de Nikitin la detuvo en el umbral; su calma, precisamente por lo inalterada que permanecía incluso en aquellas circunstancias, resultaba profundamente perturbadora—.
Su abuelo. El del museo de Kýiv. Sospecho que esta noche significa algo distinto para usted que para cualquier otro agente que hubiera podido ocupar su puesto.
Dígame, ¿ha valido la pena, después de todo, perseguirme durante nueve meses por un hombre que murió hace años y que nunca supo nada de mí?
Elena se detuvo, con la mano ya sobre el marco de la puerta, sintiendo la provocación calculada en cada palabra, el último intento de un hombre acostumbrado a controlar cualquier conversación de encontrar, incluso derrotado, algún resquicio de poder sobre ella.
—Mi abuelo no necesitó nunca saber nada de usted.
—Se giró, por fin, con una serenidad que le costó cada gramo de disciplina que había acumulado en nueve años de carrera—.
Lo que él hizo importó de todos modos, señor Nikitin, con o sin su conocimiento.
Y esta noche no ha sido por él. Ha sido por Noor Haddad.
Por Callum Straker. Por toda la gente cuyo nombre usted ni siquiera se molestó en aprender antes de decidir que su vida valía menos que su beneficio. Buenas noches.
• • •
Katya Sokolova, interrogada por separado, resultó ser considerablemente más colaboradora de lo que nadie había anticipado, negociando, a través de un abogado convocado con urgencia, una reducción de condena a cambio de entregar, con la precisión burocrática solo alcanzable para alguien con su formación en ingeniería financiera, la totalidad de la estructura documental que sostenía toda la red de Nikitin: cada sociedad pantalla, cada cuenta bancaria, cada testaferro, cada transferencia de los últimos cinco años, suficiente evidencia para desmantelar no solo la operación europea sino ramificaciones que ni siquiera Elena había sospechado hasta entonces, extendidas hasta Asia Central y el sudeste asiático.
—Nunca disfruté con la parte violenta del negocio.
—Se lo dijo a Elena, durante una de las sesiones de interrogatorio, con una franqueza sin ninguna búsqueda de simpatía, solo con la precisión clínica de quien está acostumbrada a explicar hechos sin adornarlos—.
Prefería los números. Pero Pavel siempre insistió en que el miedo era la herramienta más eficiente disponible, y durante quince años, tenía razón. Hasta esta noche.
—¿Por qué colaborar ahora, después de tantos años de lealtad? —le preguntó Elena, genuinamente curiosa, en una pausa entre dos sesiones formales de interrogatorio.