Capítulo 27 #2
Noor, todavía con las muñecas marcadas por semanas de ataduras, se arrodilló de inmediato junto a Callum, presionando la herida con una tira de tela arrancada de su propia manga con una calma clínica que sorprendió a todos, incluso en medio del caos del momento.
—La bala ha entrado por el hombro, no por el pecho.
—Lo dijo con la voz firme de quien necesita, en ese instante, ser útil de la única manera que tiene disponible, la misma precisión metódica que había aplicado, semanas atrás, a cualquier sistema digital que necesitara desmontar bajo presión—.
Duele muchísimo, pero no debería ser mortal si conseguimos controlar la hemorragia a tiempo y salimos de aquí antes de que pierda demasiada sangre.
Aguanta, Callum. Después de lo que acabas de hacer por nosotros, no te vas a morir en el suelo de este sitio.
—No tenía pensado hacerlo. —Callum consiguió, incluso entonces, una mueca que quería ser sonrisa, con el sudor frío ya perlándole la frente—. Tengo demasiadas cosas que compensar todavía.
—¡Callum! —Daniel se arrodilló junto a él de inmediato, con las manos ya presionando la herida, buscando desesperadamente controlar una hemorragia que no parecía tener ninguna intención de ceder—. Aguanta. Aguanta, maldita sea, no te atrevas a hacer esto ahora.
—Te dije... —Callum consiguió esbozar algo parecido a una sonrisa, a pesar del dolor evidente que le atravesaba cada palabra—. Te dije que me lo iba a ganar, Daniel. Minuto a minuto. Esto cuenta, ¿verdad? Esto tiene que contar para algo.
—Cuenta. —La voz de Daniel se quebró, con una emoción que no se había permitido sentir así desde la noche del hotel en París—. Cuenta muchísimo, Callum. Ahora aguanta, porque no pienso dejar que te mueras aquí, no después de esto.
—Once años, Daniel. —Callum cerró los ojos un momento, luchando contra el dolor y contra el peso creciente del cansancio—. Once años juntos, y esta es la primera vez que de verdad he pagado algo por ti, en vez de al revés.
—Cállate y ahorra fuerzas. Ya me lo dirás cuando estemos fuera de aquí, con un médico de verdad delante y no en el suelo de un almacén en mitad de la nada.
• • •
El disparo había sido lo bastante alto como para alertar al resto del edificio, y la ventana de sigilo que habían planeado se cerró de golpe, sustituida por la urgencia cruda de una situación que ya no admitía ninguna clase de discreción.
—¡Astier, ahora! —Élise, con el teléfono ya pegado al oído, gritaba las coordenadas exactas mientras Ollie ayudaba a Daniel a levantar a Callum, herido pero consciente, cargándolo entre los dos hacia la salida más cercana—.
Tenemos confirmación de actividad criminal, tenemos un herido, y tenemos a la mujer secuestrada rescatada con vida. ¡Envíe a su equipo ahora mismo!
Desde algún punto más profundo del almacén, una voz de mujer, dura y fría, dio una orden en un idioma que ninguno de ellos entendió bien, seguida del sonido inconfundible de más hombres moviéndose, de más pasos apresurados convergiendo hacia el origen del disparo, y Daniel, cargando parte del peso de Callum sobre su propio hombro, supo, con una certeza gélida, que los próximos minutos iban a decidir si todos ellos salían de aquel almacén con vida, o si la campaña entera terminaba, esa misma noche, en el mismo lugar donde había empezado, meses atrás, la obsesión de Pavel Nikitin por dos ladrones a los que nunca debió intentar convertir en su propiedad.
Noor, todavía débil pero moviéndose con una determinación que ninguna semana de cautiverio había conseguido quebrar, se adelantó hacia la sala de servidores que habían atravesado al entrar, tirando de un cable con más fuerza de la que parecía corresponder a su complexión menuda.
—Puedo ganarnos tiempo. —Ya tenía las manos sobre un panel de control que reconocía, evidentemente, de sus días forzados trabajando para sus captores—.
Si corto la alimentación general del edificio, las luces se apagan y las puertas automáticas del pasillo principal se bloquean durante al menos noventa segundos mientras el sistema de emergencia reinicia.
Es tiempo suficiente para llegar a la salida trasera antes de que puedan organizarse.
—Hazlo. —Ollie, cargando parte del equipo mientras ayudaba a sostener a Callum del otro lado, no dudó ni un segundo en confiar en su criterio, con el mismo instinto que llevaba meses reconociendo en ella una competencia igual a la suya propia—. Confío en ti, Noor. Siempre lo he hecho.
Las luces del almacén se apagaron de golpe, sumiendo el pasillo en una oscuridad casi total interrumpida solo por las luces de emergencia parpadeantes en las esquinas, y en medio de esa confusión calculada, los cinco avanzaron hacia la salida trasera, con Daniel y Ollie sosteniendo a Callum entre ambos, su respiración cada vez más entrecortada pero todavía consciente, todavía aferrado, con una tozudez que ninguno de ellos esperaba menos de él, a mantenerse despierto por su propia voluntad.
Salieron al aire frío de la noche justo cuando las primeras luces azules de los vehículos policiales checos empezaban a converger, en la distancia, sobre el polígono industrial entero, con las sirenas todavía apagadas por orden expresa de Astier para no alertar prematuramente a nadie que pudiera seguir dentro del edificio, y Élise, sosteniendo el teléfono con una mano mientras con la otra ayudaba a mantener la presión sobre la herida de Callum, gritó las últimas coordenadas exactas que el equipo de intervención necesitaba para completar el cerco.
Detrás de ellos, mientras se alejaban hacia el punto de encuentro acordado con la ambulancia privada que Elena había conseguido movilizar sin preguntas incómodas, el almacén número siete de la calle Pod Chodovem quedó envuelto en un caos de luces, gritos en idiomas distintos y el zumbido creciente de más sirenas aproximándose, y ninguno de ellos, exhaustos, heridos y aferrados los unos a los otros con la fuerza de quien acaba de sobrevivir a algo que podría no haber sobrevivido, se detuvo a mirar atrás para saber si Katya Sokolova, o el propio Pavel Nikitin, habían quedado atrapados dentro del cerco que se cerraba, por fin, sobre el imperio que había costado tanto desmontar.