Capítulo 27
El polígono industrial a las afueras de Praga, el mismo que Elena llevaba meses señalando en sus propios mapas como posible base operativa de Nikitin sin haber conseguido nunca reducirlo a un edificio concreto, se convirtió, en las cuarenta y ocho horas siguientes a la llamada de Belice, en el centro absoluto de todos los recursos que el equipo, ya completamente reunido en Ginebra, era capaz de reunir.
—Tres almacenes candidatos, según la estructura societaria de Kestrel Maritime Holdings.
—Ollie, con los ojos enrojecidos por días enteros sin dormir bien, proyectaba sobre la pared del chalet una imagen de satélite de la zona, con tres edificios marcados en rojo—.
Pero solo uno de ellos coincide, además, con el patrón de tráfico de red que rastreé hasta la firma de Noor: el almacén número siete, en la calle Pod Chodovem, con un apartamento sobre la nave que aparece registrado a nombre de una sociedad checa vinculada, en última instancia, a la misma cadena que hemos estado siguiendo desde Belleville.
—Es el mismo lugar que describí en mi capítulo de Dresde.
—Elena, conectada por videollamada desde Lyon, con Astier visible al fondo de la sala revisando sus propios archivos, asintió con una certeza que llevaba meses esperando poder confirmar—.
Un apartamento sobre un almacén en un polígono industrial a las afueras de Praga.
Nikitin ha usado esa base, según nuestras estimaciones, desde hace al menos tres años.
Es, con toda probabilidad, el corazón real de toda su operación, no solo un punto de paso.
—Entonces es ahí donde está Noor. —Daniel lo dijo sin admitir discusión, mirando el mapa proyectado con la misma intensidad con la que había estudiado, meses atrás, los planos de cualquier objetivo de valor incalculable—. Y es ahí donde vamos a entrar.
—No pueden entrar solos. —La voz de Astier, desde el fondo de la sala en Lyon, sonó con una autoridad que ninguno de ellos había escuchado directamente hasta entonces—.
He conseguido, con considerable dificultad y una cantidad de favores personales que voy a tardar años en devolver, autorización para desplegar un equipo de la policía checa en la zona, en coordinación con Interpol, listo para intervenir en cuanto tengamos confirmación de actividad criminal activa en el interior.
Pero necesito esa confirmación primero, agente Vasko.
No puedo enviar a mis hombres a un asalto a ciegas basado en la palabra de dos fugitivos y un análisis de tráfico de red, por sólido que sea.
—Entonces se la conseguimos nosotros. —Daniel intercambió una mirada con Élise, con Ollie, y finalmente con Callum, que llevaba dos días desde Belice sin apenas hablar, cargando con un peso que todos reconocían, aunque ninguno había vuelto a mencionarlo en voz alta—.
Entramos primero, discretos, confirmamos que Noor está dentro y que la actividad criminal es real, y damos la señal para que su equipo entre detrás de nosotros.
Es exactamente el tipo de trabajo que llevo quince años haciendo, capitán.
Solo que esta vez, por primera vez, no vamos a robar nada.
Vamos a devolver algo a quien nunca debió perderlo.
• • •
Llegaron a Praga esa misma noche, y pasaron el día siguiente entero en vigilancia discreta desde un piso alquilado con vistas parciales al almacén número siete, documentando patrones de entrada y salida con la misma metodología meticulosa que Callum había aplicado, semanas atrás, a Belleville: dos guardias rotando cada ocho horas, un vehículo que entraba y salía dos veces al día con suministros, y, a última hora de la tarde, la llegada de un coche negro del que descendió, con la misma elegancia funcional que habían observado en Belice, Katya Sokolova.
—Está aquí. —La voz de Élise, observando a través de unos prismáticos desde la ventana del piso franco, sonó tensa—. Lo cual significa que Nikitin probablemente también está, o va a estar pronto.
—Entonces esta noche. —Daniel se apartó de la ventana, con la decisión ya tomada—. No podemos esperar a que la situación cambie más a nuestro favor. Cada hora que Noor pasa ahí dentro es una hora que no podemos permitirnos perder.
El plan de entrada, perfeccionado durante las últimas horas de luz, dependía de la misma precisión quirúrgica que había definido cada golpe anterior de sus respectivas carreras: Ollie, desde el exterior, desactivaría el sistema de vigilancia del almacén el tiempo justo para permitir la entrada sin activar ninguna alarma; Callum, con su formación en extracción y su experiencia en el ejército, lideraría el acceso físico a través de un punto ciego identificado en el perímetro trasero del edificio; Daniel y Élise se encargarían de localizar y extraer a Noor una vez dentro, mientras mantenían, en todo momento, una línea abierta con Astier para dar la señal de intervención en cuanto confirmaran actividad criminal verificable.
Antes de moverse, se quedaron un momento los cuatro agazapados tras un contenedor de carga oxidado, a cien metros del perímetro del almacén, con el aliento condensándose en el aire frío de la noche checa y el corazón de todos latiendo con la misma mezcla exacta de miedo y determinación que precedía, siempre, a cualquier operación de verdadero riesgo.
—Última comprobación. —Daniel repasó, en voz baja, la secuencia acordada, con los ojos fijos en el reloj digital de su muñeca—.
Ollie, cámaras y alarma en sesenta segundos desde mi señal.
Callum, punto ciego del perímetro trasero, entras primero, aseguras el pasillo.
Élise, conmigo, directos a localizar a Noor.
Nadie dispara salvo que no quede ninguna otra opción.
Esto sigue siendo, ante todo, un rescate, no una venganza.
—Entendido. —Callum comprobó, una última vez, el arma que Delgado les había ayudado a conseguir en Belice y que habían transportado, con considerable dificultad, hasta Europa a través de una cadena de contactos que ninguno de ellos quería detallar demasiado—.
Y Daniel. Pase lo que pase esta noche, gracias por dejarme estar aquí.
Por dejarme intentar arreglar esto de verdad, en vez de solo con palabras.
—Hablamos después. —Daniel le puso una mano en el hombro, un gesto breve pero cargado de un significado que ninguno de los dos necesitaba explicar—. Ahora, concentración total. Vamos.
Ollie desactivó el sistema de vigilancia exterior con la misma precisión silenciosa con la que había desmontado, meses atrás, la infraestructura digital de Nikitin desde la distancia segura de un ordenador, esta vez con las manos heladas y el pulso acelerado por la proximidad física del peligro, y en cuanto la luz roja de la cámara más cercana parpadeó y se apagó, los cuatro cruzaron, agachados y en silencio, el tramo de terreno abierto que los separaba del perímetro trasero del edificio.
Entraron poco después de la medianoche, con el frío centroeuropeo calándoles los huesos incluso a través de la ropa térmica, moviéndose entre las sombras del perímetro con una sincronización silenciosa; once años de trabajo compartido entre Daniel, Ollie y Callum hacían que incluso aquello, en las peores circunstancias, pareciera casi natural.
• • •
El interior del almacén, una vez dentro, reveló una operación considerablemente más sofisticada de lo que ninguno de ellos había anticipado: no solo espacio de almacenamiento, sino una sala de servidores completa, con hileras de equipos parpadeando en la penumbra, y, al fondo, una serie de habitaciones improvisadas tras un tabique de pladur que no formaba parte de la estructura original del edificio.
Encontraron a Noor en la tercera habitación, sentada frente a un ordenador con las muñecas atadas de forma laxa a la silla, más delgada de lo que Ollie recordaba pero con la misma mirada alerta e inquebrantable que la definía, y el reencuentro, breve y silencioso por necesidad, contuvo más emoción de la que ninguno de los dos consiguió expresar con palabras en el poco tiempo del que disponían.
—Sabía que vendríais. —Noor, con la voz ronca de semanas sin usarla con normalidad, se aferró un momento a la mano de Ollie antes de que la urgencia de la situación los obligara a moverse de nuevo—.
Tenéis que salir de aquí ahora. Katya está en el edificio, y también dos hombres más armados que no había visto antes.
Algo está pasando esta noche, algo grande.
Los he oído hablar de un envío, de cerrar la operación europea completa antes de que termine la semana.
Fue en ese momento exacto, mientras Daniel cortaba las ataduras de Noor con la navaja que llevaba siempre consigo, cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe, y un hombre armado, alertado por algún sensor que Ollie no había conseguido desactivar por completo, apareció en el umbral con el arma ya levantada.
Todo ocurrió en los siguientes tres segundos a una velocidad que ninguno de ellos, después, consiguió reconstruir con precisión: el disparo, el grito de Élise, y Callum, que había entrado justo detrás de Daniel para cubrir la retaguardia, lanzándose hacia delante con la misma decisión instintiva con la que se había lanzado, años atrás, sobre una carga explosiva mal colocada durante una operación militar que nunca hablaba de ella con nadie.
Se interpuso entre la bala y el cuerpo de Daniel, que en ese instante estaba de espaldas, todavía inclinado sobre Noor.
Callum cayó contra la pared con un grito ahogado de dolor que le salió del pecho antes de que consiguiera contenerlo, la sangre ya extendiéndose oscura sobre la tela de su chaqueta a la altura del hombro y el costado.
Ollie, con una reacción refleja entrenada por años de trabajo junto a él, neutralizó al guardia de un golpe seco que lo dejó inconsciente en el suelo antes de que consiguiera disparar una segunda vez.