Capítulo 26 #2
El problema surgió, no con Daniel ni con Élise, sino con Callum, apostado en un café frente al banco con el equipo de comunicación oculto y la vista fija en la entrada principal, cuando uno de los dos hombres que habían acompañado a Katya Sokolova hasta el interior del edificio salió, minutos después, a fumar un cigarrillo en la acera, y su mirada, recorriendo la calle con el mismo hábito profesional de vigilancia que Callum reconocía en sí mismo, se detuvo, durante un segundo de más, sobre su propia figura.
Una certeza fría le recorrió a Callum la espalda entera: aquel hombre lo había reconocido, no como Callum Straker, cuyo nombre real probablemente no significaba nada para la organización de Nikitin, sino como el mismo hombre que había sido fotografiado, semanas atrás, apostado frente a Kestrel Logistics Consulting en Wharf Road, un patrón que un vigilante entrenado no habría olvidado fácilmente.
—Daniel. —Su voz, en el auricular, sonó con una urgencia que no había mostrado en semanas—. Creo que me han reconocido. Uno de los hombres de Katya, fuera del banco. Me está mirando de un modo que no me gusta nada.
—Sal de ahí. Ahora. —La respuesta de Daniel fue inmediata, sin ninguna vacilación—. Nosotros salimos por la puerta de empleados en dos minutos. Nos vemos en el punto de encuentro secundario, no en el hotel. Repito, no en el hotel.
Callum se levantó, dejando dinero sobre la mesa sin esperar el cambio, y caminó, sin correr, en dirección contraria a la que el hombre del cigarrillo podría anticipar, con el corazón latiéndole con una fuerza que no sentía desde sus días de servicio activo, consciente, con una claridad helada, de que si aquel hombre lo había reconocido de verdad, la organización entera de Nikitin sabía ya, o lo sabría en cuestión de horas, que su gente en Belice había sido comprometida por el mismo equipo que llevaban meses intentando localizar.
Se reunieron los tres, cuarenta minutos después, en un punto de encuentro a las afueras de la ciudad, con la documentación necesaria ya fotografiada y asegurada, pero con una sombra nueva y mucho más peligrosa cerniéndose sobre toda la operación: si Callum había sido identificado, ya no había manera de mantener el elemento sorpresa que había sostenido cada fase anterior de la campaña, y Nikitin, al enterarse, iba a saber exactamente contra quién estaba luchando, y probablemente —aunque ninguno de los tres se atrevió a decirlo en voz alta durante el trayecto de vuelta hacia el punto seguro— iba a decidir que la vida de Noor Haddad ya no valía la pena mantenerla como moneda de cambio.
Llamaron al contacto de Elena esa misma tarde, un hombre robusto de acento tejano llamado Frank Delgado que los recogió en una furgoneta sin distintivos y los condujo, sin hacer demasiadas preguntas, hasta una propiedad discreta a las afueras de la ciudad, con vistas al manglar, donde pasaron la noche vigilando por turnos, sin que ninguno de los tres consiguiera dormir más de una hora seguida.
—Si de verdad me ha reconocido, tenemos un problema de días, no de semanas.
—Callum, sentado junto a la ventana con el arma que Delgado les había proporcionado apoyada sobre las rodillas, repasaba mentalmente, una y otra vez, cada segundo del encuentro frente al banco, buscando algún detalle que le confirmara si su miedo era fundado o si, simplemente, la paranoia acumulada de semanas le estaba jugando una mala pasada—.
Y si tengo razón, cada hora que pasamos sin actuar es una hora que le da a Nikitin tiempo para decidir que ya no le sirve de nada mantener viva a Noor.
—Entonces no le damos esa hora. —Daniel, de pie junto a la puerta, con el teléfono ya en la mano marcando el número de Elena—.
Tenemos la documentación de Gibraltar, Panamá y Belice.
Tenemos un nombre real, Katya Sokolova, confirmado con una fotografía tomada hoy mismo dentro de ese banco.
Es hora de dejar de perseguir pruebas y empezar a usarlas.
Elena respondió al segundo tono, con la voz tensa de quien lleva horas esperando esa misma llamada.
—Cuéntenme qué ha pasado. Todo, sin omitir nada, por pequeño que parezca.
Daniel se lo contó, con la precisión metódica de siempre, y cuando terminó, el silencio al otro lado de la línea se extendió lo suficiente como para que los tres, apiñados alrededor del teléfono, contuvieran la respiración a la vez.
—Entonces ha llegado el momento. —Por fin, la voz de Elena sonó con una determinación fría, nunca antes escuchada en ella—.
Vuelvan a Europa lo antes posible. Los tres.
Vamos a dejar de jugar a la paciencia, porque acabamos de perder el lujo de tenerla.
Es hora de ir a por Nikitin directamente, antes de que decida ir él primero a por Noor.
—¿Tiene ya la ubicación exacta que Ollie estaba rastreando? —preguntó Élise, con la voz tensa de esperanza y de miedo a partes iguales.
—Todavía no la ubicación exacta, pero sí lo suficiente para reducir el área de búsqueda a tres almacenes concretos dentro de la región que Ollie identificó, todos ellos vinculados, de un modo u otro, a Kestrel Maritime Holdings.
—Elena hizo una pausa breve, con el peso de la decisión que estaba a punto de anunciar audible incluso a través del teléfono—.
Voy a mover ficha con lo que tengo, aunque signifique adelantar mi plazo con Washington varias semanas.
No pienso esperar a tener certeza absoluta mientras el margen de maniobra se nos sigue estrechando cada hora que pasa.
Frank Delgado, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, observó a los tres despedirse de la llamada con una mezcla de determinación y de miedo apenas contenido, y les sirvió, sin decir nada, tres tazas de café tan fuerte que ninguno de ellos necesitó ya ningún otro estímulo para mantenerse despiertos durante lo que quedaba de noche.
—Vuelo a primera hora —dijo Daniel, cuando por fin colgó el teléfono y se dejó caer en la única silla libre de la habitación, con el agotamiento de la operación y la adrenalina de la llamada mezclándose en algo que no era ni cansancio puro ni urgencia pura—.
Ginebra primero, para reunir a todo el equipo en un mismo sitio por primera vez en semanas.
Y después, donde sea que esos tres almacenes nos lleven.
—Entonces durmamos las tres horas que podamos. —Élise se acercó, apoyando la cabeza contra su hombro con un gesto que ninguno de los dos necesitaba ya explicar delante de nadie—. Porque sospecho que van a ser las últimas horas tranquilas que tengamos en bastante tiempo.
Callum, todavía junto a la ventana, con el arma prestada ahora descargada y guardada, se quedó mirando la oscuridad del manglar exterior, pensando, no por primera vez esa noche, que la redención que tanto necesitaba ganarse estaba, por fin, empezando a tomar la forma concreta de una dirección, un plazo, y una oportunidad real de hacer algo que valiera, de verdad, el precio que ya habían pagado todos por su debilidad.