Capítulo 26
Belize City no se parecía a nada de lo que habían enfrentado hasta entonces: ni la discreción británica de Gibraltar, ni la eficiencia corporativa de Panamá, sino una ciudad portuaria de calor pegajoso y edificios bajos donde el dinero más opaco del hemisferio occidental se movía, en su mayor parte, a través de un puñado de bancos privados que operaban bajo un secreto bancario tan hermético que ni siquiera los propios reguladores del país tenían acceso completo a lo que ocurría dentro de sus paredes.
—Meridian Trust Bank of Belize. —Daniel leyó el nombre en el informe que Ollie les había hecho llegar, dos días antes, desde Panamá, con la estructura completa de la cadena societaria finalmente reconstruida—.
El destino final de casi todo el dinero que hemos estado rastreando.
Según los documentos, mantiene al menos tres cuentas vinculadas a Silverline Capital Group, cuyo saldo combinado Ollie estima, de manera conservadora, en varias decenas de millones de euros.
—Y según Elena, la seguridad física del banco es considerablemente más estricta que la de Gibraltar.
—Callum, sentado junto a la ventana del hotel con vistas al puerto, repasaba las notas que la propia Elena les había hecho llegar a través de un canal cifrado—.
Verificación biométrica para cualquier transacción por encima de cierto umbral, cámaras conectadas a un sistema de vigilancia privado que no depende de la red eléctrica pública, y guardias armados con formación específica, no simples vigilantes de banco convencional.
—Entonces no vamos a intentar sacar el dinero directamente de aquí.
—Élise, sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, con el dolor de las costillas ya casi completamente desaparecido, trazaba el plan con la misma precisión analítica que había definido cada operación anterior—.
Vamos a hacer lo que hicimos en Gibraltar: entrar, conseguir la documentación y las credenciales de acceso que necesitamos, y ejecutar la transferencia real desde un sistema que controlemos nosotros, en un momento y un lugar que elijamos nosotros, no ellos.
El plan que fueron perfeccionando durante las siguientes cuarenta y ocho horas dependía de una identidad más audaz que cualquiera de las anteriores: Daniel y Élise se harían pasar por auditores externos de cumplimiento normativo, contratados supuestamente por la propia matriz suiza de Devereux su expresión, al hacerlo, era considerablemente más cordial que la que había mostrado al principio.
—Todo en orden, según parece. Discúlpenme la precaución, pero en este negocio uno no puede permitirse ser descuidado.
—Al contrario, señor Coy. Su precaución es, precisamente, la razón por la que Devereux & Cie confía en esta institución para gestionar los intereses de sus clientes más sensibles. —Élise sonrió, con la calidez calculada que había desarmado a tantos otros custodios antes que a él.
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Fue en la sala de archivos, dos horas después, revisando documentación bajo la supervisión distraída de un empleado junior asignado por Coy, cuando Daniel sintió, por primera vez desde que habían entrado al edificio, la certeza física de que algo había cambiado en el ambiente del banco: un aumento sutil en la actividad del vestíbulo, visible incluso desde la sala de archivos a través de un panel de cristal esmerilado, y un grupo de tres personas que acababan de entrar, escoltadas directamente hasta la oficina del director general del banco, sin pasar por ninguno de los controles habituales a los que Daniel y Élise sí habían sido sometidos.
—Élise. —La voz de Daniel, apenas un susurro, llevaba una tensión nueva—. Mira hacia la oficina del director general. Con discreción.
Élise levantó la vista, con el cuidado entrenado de quien sabe cómo observar algo sin que parezca que está observando, y sintió que se le helaba la sangre en las venas al reconocer, entre las tres personas recién llegadas, a una mujer de treinta y pocos años, vestida con una elegancia funcional que no dejaba lugar a dudas sobre su nivel de autoridad, cuya fotografía —obtenida meses atrás por Elena a través de un contacto en una base de datos de Europol, tras el hallazgo del nombre completo en Gibraltar— habían memorizado ambos con la misma disciplina con la que memorizaban cualquier objetivo.
Katya Sokolova estaba, en ese preciso momento, a menos de treinta metros de distancia, en el mismo edificio, probablemente por la misma razón exacta que los había llevado a ellos: supervisar, en persona, la fase final y más sensible de toda la operación financiera de Nikitin.
—No podemos salir por el vestíbulo principal.
—Daniel habló con la calma forzada de quien ha entrenado toda su vida para no dejar que el pánico le nuble el juicio, incluso en el peor momento posible—.
Si nos ve, aunque sea de refilón, el patrón de comportamiento que lleva meses comparando entre El Relojero y La Musa hace el resto del trabajo por ella.
—Terminemos lo que vinimos a hacer, y salgamos por donde entramos los empleados, no los clientes.
—Élise ya estaba recogiendo, con manos que se negaban a temblar a pesar de todo, los últimos documentos que necesitaban fotografiar—.
Rápido, Daniel. Cada minuto que pasamos aquí dentro es un minuto más de riesgo de que decida pasar por esta sala en vez de quedarse en el despacho del director.
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