Capítulo 25 #2
Había funcionado, parcialmente: le concedían ahora bloques de sueño más regulares, y con ellos, momentos de lucidez que aprovechaba para memorizar cada detalle nuevo del entorno, cada fragmento de conversación entre sus captores que conseguía escuchar a través de paredes finas, cada pista sobre la estructura más amplia de la organización que la retenía.
Había oído, dos noches atrás, un nombre pronunciado con el respeto temeroso reservado para alguien con autoridad real: Nikitin.
Y había oído, la noche anterior, una referencia a una fecha, pronunciada en un idioma que apenas dominaba pero que reconocía lo suficiente como para captar el sentido general: algo importante iba a pasar pronto, algo que sus captores esperaban con una mezcla de ansiedad y anticipación difícil de interpretar.
Lo archivó, de todos modos, con la misma precisión metódica de siempre, para cuando llegara el momento de usarlo.
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Esa misma noche, en la habitación del hotel, mientras Callum montaba guardia junto a la ventana sin bajar nunca del todo la vigilancia, Ollie procesó los archivos copiados con la misma metodología obsesiva que aplicaba a cualquier análisis digital, cruzando cada documento con los que ya tenían de Belleville y de Gibraltar, hasta que, pasada la medianoche, algo en los metadatos de un archivo de registro de acceso a servidores compartidos lo detuvo en seco.
Reconoció la firma antes de entender bien lo que estaba viendo: un patrón de comentarios técnicos aparentemente rutinarios, incrustados en el código de un script de mantenimiento, que a cualquier otra persona le habrían pasado completamente desapercibidos, pero que a Ollie, que llevaba años reconociendo el estilo exacto de escritura de código de Noor con la misma familiaridad con la que reconocería su letra manuscrita, le resultaron instantáneamente, dolorosamente, inconfundibles.
«Estoy viva. Estoy trabajando. Buscadme en la telemetría de red.»
—Callum. —La voz de Ollie salió quebrada, con una mezcla de esperanza y de un pánico distinto, más esperanzador, que no había sentido en semanas—.
Es ella. Es Noor. Está viva, y ha dejado un mensaje, escondido en el código de un sistema conectado, de algún modo, con la misma infraestructura que usa esta gente.
Antes de llegar a ese descubrimiento, sin embargo, Ollie había pasado la primera hora de la noche reconstruyendo, con la misma paciencia meticulosa que aplicaba a cualquier sistema ajeno, la arquitectura completa de las cuatro sociedades panameñas: Meridian Assets Holdings, propietaria a su vez de Blue Horizon Trading Corp, que a su vez controlaba, a través de un acuerdo fiduciario firmado dieciocho meses atrás, tanto Coastal Ventures International como Silverline Capital Group, en una estructura de matrioska societaria diseñada, con una elegancia perversa que Ollie no pudo evitar admirar profesionalmente incluso mientras la desmontaba, para que ningún regulador ni ningún investigador consiguiera nunca, sin acceso a los cuatro niveles a la vez, ver la imagen completa.
En el nivel más profundo de esa estructura, protegido por tres capas de directores nominales que cambiaban cada seis meses siguiendo un patrón rotatorio entre un grupo reducido de testaferros profesionales contratados específicamente para ese propósito, encontró la conexión que llevaban semanas buscando sin saberlo con exactitud: Silverline Capital Group figuraba como accionista mayoritario de una empresa de logística registrada en Chipre, con el nombre «Kestrel Maritime Holdings», una variación casi idéntica del nombre que Callum había fotografiado semanas atrás en Hackney, y que a su vez aparecía como titular de tres almacenes industriales en distintos puntos de Europa del Este, uno de ellos situado, según la dirección registrada, a menos de treinta kilómetros de la ciudad que Ollie estaba a punto de identificar como la región probable donde se encontraba Noor.
—Kestrel. —Ollie lo dijo en voz alta, para sí mismo, mientras las piezas terminaban de encajar—.
La misma gente, la misma red, desde Londres hasta Panamá, hasta un almacén en algún sitio de Europa del Este.
No es una organización con departamentos separados.
Es una sola máquina, con Nikitin como único punto de control en la cúspide.
Se pasó las tres horas siguientes, sin dormir, sin que Callum consiguiera convencerlo de descansar ni un momento, rastreando cada conexión de red asociada con ese archivo hasta reducir la ubicación probable a una región concreta: un radio de cincuenta kilómetros alrededor de una ciudad industrial en el este de Europa, con una concentración de tráfico de red que coincidía, según el análisis de patrones horarios que Ollie fue construyendo con manos que no dejaban de temblar de pura adrenalina, con los mismos horarios operativos que llevaban meses asociando con Pavel Nikitin.
—Tenemos una región. —Llamó a Daniel a las cuatro de la madrugada, sin importarle la hora, con la voz todavía temblando de una emoción que apenas conseguía contener—. No tenemos la dirección exacta todavía, pero tenemos una región, Daniel. Está viva. Noor está viva, y sabe que vamos a buscarla.
Al otro lado de la línea, en el chalet de las colinas sobre Ginebra, Daniel se incorporó de golpe en la cama, despertando a Élise con el movimiento brusco, y por primera vez en semanas, la esperanza que ambos habían estado racionando cuidadosamente, sin atreverse a sentirla plenamente por miedo a que doliera demasiado si resultaba infundada, se permitió, por fin, crecer sin ninguna reserva.
—Una región. —Élise repitió las palabras de Daniel, todavía medio dormida pero ya completamente despierta por dentro, incorporándose junto a él con el cuidado que sus costillas, casi curadas por completo, ya apenas exigían—. ¿Ollie tiene un almacén concreto, o solo la región?
—Solo la región, todavía. Pero es más de lo que teníamos ayer, y mañana probablemente sea más de lo que tenemos hoy.
—Daniel colgó, se pasó una mano por la cara, intentando ordenar la avalancha de emociones que la llamada acababa de desencadenar, y se giró hacia Élise, con una determinación nueva instalándosele en el pecho—.
Vamos a llamar a Elena en cuanto amanezca.
Si cruzamos la región de Ollie con cualquier informe de Interpol sobre movimientos de Nikitin en Europa del Este, deberíamos poder acotar el almacén concreto en cuestión de días, no de semanas.
—Días que Noor sigue teniendo que sobrevivir sola, rodeada de esa gente.
—Élise se quedó mirando la oscuridad de la habitación un momento, con la mandíbula tensa—.
Pero es la primera vez en semanas que tenemos algo real que perseguir, en vez de esperar sentados a que alguien más mueva ficha. Prefiero mil veces esto.
—Yo también. —Daniel la atrajo hacia sí, con un gesto que era, a la vez, consuelo y necesidad propia de contacto humano después de una llamada que le había revuelto por dentro algo que llevaba semanas conteniendo—.
Vamos a traerla de vuelta, Élise. Ahora sé, con una certeza que no tenía ayer, que vamos a conseguirlo.
Se quedaron despiertos hasta que el cielo empezó a clarear sobre las colinas de Cologny, sin dormir ya ninguno de los dos, trazando mentalmente cada paso siguiente, conscientes ambos de que el rescate de Noor y el asalto final a Belice acababan de convertirse, de la noche a la mañana, en la misma carrera contrarreloj, y de que ya no quedaba margen para errores, ni para el lujo de la paciencia que había definido cada uno de sus trabajos anteriores.