La firma del ladrón Capítulo 25
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Capítulo 25

Ciudad de Panamá recibió a Ollie y a Callum con un calor húmedo que se pegaba a la ropa desde el primer minuto fuera del aeropuerto, un contraste brutal con el aire seco y frío de los Alpes suizos que habían dejado atrás apenas doce horas antes, y con el tipo de horizonte urbano —rascacielos de cristal apretados junto a construcciones coloniales que se resistían a desaparecer por completo— que a Ollie, en cualquier otra circunstancia, le habría parecido fascinante en vez de simplemente uno más de los muchos obstáculos que había que superar antes de poder respirar tranquilo otra vez.

—Valdivia Franco & Asociados. —Callum leyó el nombre en la placa dorada del vestíbulo del edificio, un rascacielos de oficinas en el corazón del distrito financiero de la ciudad, con la misma expresión de concentración profesional que había aplicado, semanas atrás, a la vigilancia de Wharf Road—.

El despacho que gestiona, según los registros públicos que hemos podido cruzar, al menos cuatro de las sociedades pantalla que aparecían en la documentación de Belleville.

—Y probablemente muchas más que no aparecían en esa documentación.

—Ollie ajustó, por última vez, la corbata de un traje que le resultaba considerablemente más incómodo que cualquier equipo de intrusión digital al que estuviera acostumbrado, repasando mentalmente la identidad que iba a sostener durante las próximas horas: Marcus Whitfield, consultor de cumplimiento normativo contratado por un banco europeo sin nombre para realizar una auditoría rutinaria de diligencia debida sobre varios clientes corporativos—.

Recuerda, Callum: tu trabajo es quedarte en el vestíbulo, vigilar quién entra y quién sale, y avisarme al primer indicio de que algo no encaja.

No entres bajo ninguna circunstancia, salvo que yo te lo pida explícitamente.

—Entendido. Vigilar y esperar. Se me da bien, después de tres días enteros haciendo eso mismo en Hackney.

Ollie subió hasta la decimoséptima planta, donde una recepcionista impecablemente vestida lo condujo, tras una breve verificación telefónica con la identidad falsa que Ollie había construido con el mismo cuidado meticuloso que aplicaba a cualquier operación digital, hasta una sala de reuniones con vistas panorámicas a la bahía, donde un socio junior del despacho, un hombre de treinta y pocos años llamado Rodrigo Valdivia —sobrino, según habían confirmado los registros públicos, del fundador del despacho—, lo recibió con la cordialidad profesional de quien está acostumbrado a tratar con clientes internacionales exigentes.

—Señor Whitfield. Nos comentaron que necesitaba revisar cierta documentación corporativa de rutina. —Valdivia se sentó frente a él, con una tableta electrónica ya encendida—. ¿Podría indicarme las sociedades específicas que le interesan?

Ollie recitó, de memoria, los cuatro nombres que llevaban semanas apareciendo, una y otra vez, en cada documento que habían conseguido reunir: Meridian Assets Holdings, Blue Horizon Trading Corp, Coastal Ventures International, y Silverline Capital Group, cada uno registrado en fechas distintas a lo largo de los últimos tres años, cada uno con directores nominales que cambiaban con una frecuencia que ningún negocio legítimo habría necesitado nunca.

—Documentación de rutina, por supuesto. —Valdivia introdujo los nombres en su tableta, con una fluidez profesional que no dejaba entrever ninguna sospecha—.

Aunque debo advertirle que nuestra política de confidencialidad con clientes es extremadamente estricta.

Podré mostrarle la estructura formal de propiedad, tal y como consta en el registro público, pero cualquier detalle sobre beneficiarios finales reales requeriría una autorización judicial que, imagino, su banco preferiría evitar solicitar formalmente.

—Por supuesto. —Ollie sonrió, con la calma calculada de quien ha anticipado esa misma respuesta—.

Entiendo perfectamente la delicadeza de la situación.

De hecho, mi banco preferiría, si es posible, revisar la documentación en sus propios sistemas, en presencia de alguien de su despacho, para evitar cualquier necesidad de solicitudes formales que pudieran resultar... incómodas para ambas partes.

Fue, en esencia, la apertura exacta que Ollie necesitaba: acceso físico, aunque supervisado, a una terminal conectada con los sistemas internos del despacho, desde donde, mientras Valdivia atendía una llamada telefónica que Ollie había anticipado —programada, minutos antes, por Noor semanas atrás cuando todavía formaba parte activa del equipo, mediante un script automatizado que Ollie había reactivado esa misma mañana desde su propio teléfono, una llamada falsa suficientemente convincente como para mantener a Valdivia distraído durante los cuatro minutos exactos que Ollie necesitaba—, insertó un pequeño dispositivo USB en el puerto disponible de la terminal, copiando, en cuestión de segundos, una porción sustancial de los archivos internos relacionados con las cuatro sociedades.

• • •

El problema surgió doce minutos después de que Ollie hubiera terminado, cuando ya estaba de vuelta en el vestíbulo del edificio, despidiéndose de Valdivia con la cordialidad profesional apropiada, y un hombre que hasta entonces había permanecido sentado en una de las butacas de espera, aparentemente absorto en su propio teléfono, se levantó y caminó directamente hacia la recepción.

Callum, observándolo desde su propio puesto discreto junto a la entrada, reconoció de inmediato el porte: la misma categoría de hombres que había estudiado semanas atrás en Wharf Road.

—Ollie. —La voz de Callum sonó apenas un susurro en el auricular oculto que ambos llevaban—. Tenemos compañía. Hombre, complexión fuerte, entrando ahora mismo, preguntando en recepción por Valdivia. No sé si es rutina o si es por nosotros, pero no me gusta cómo se mueve.

Ollie, todavía en el ascensor bajando hacia el vestíbulo, sintió que el pulso se le aceleraba de golpe, con la información recién copiada todavía ardiendo, literalmente, en el bolsillo de su chaqueta.

—Mantén la distancia. No hagas contacto visual. Voy a intentar salir por la puerta lateral en vez de por el vestíbulo principal.

El ascensor se detuvo en la planta baja, y a través del cristal de las puertas, Ollie pudo ver al hombre —corpulento, con un ligero acento que incluso a esa distancia reconoció, por el ritmo de las palabras más que por el contenido, como perteneciente al mismo tipo de formación militar postsoviética que definía, según todos los informes reunidos hasta ahora, al equipo de Nikitin— hablando con la recepcionista, señalando —un gesto que a Ollie le heló la sangre— hacia la sala de reuniones donde él mismo había estado apenas minutos antes.

Salió del ascensor con la cabeza baja, uniéndose al flujo de empleados que salían a almorzar, y consiguió llegar hasta la puerta lateral del edificio, la misma que había identificado, con precaución rutinaria, durante el reconocimiento previo del día anterior, sin que el hombre corpulento, todavía enfrascado en su conversación con la recepcionista, hubiera notado su salida.

—Estoy fuera. —Ollie caminó rápido, sin correr, hacia el punto de encuentro acordado dos calles más allá, con el corazón todavía latiéndole con una fuerza que tardó varios minutos en calmarse—. Callum, sal ahora, por la principal, con calma. No des motivos para que nadie te preste atención.

Se reunieron quince minutos después, en un café ruidoso lo bastante alejado del edificio como para permitirse, por fin, respirar con normalidad, y Callum, todavía con la adrenalina visible en cada gesto, no pudo evitar una risa breve, nerviosa, de puro alivio.

—Por un pelo, Ollie. Por un maldito pelo.

—Lo sé. —Ollie sacó el dispositivo USB del bolsillo, sosteniéndolo con el mismo cuidado reverencial con el que Daniel sostenía cualquier objeto de valor incalculable—.

Pero valió la pena el riesgo. Tengo la estructura completa de las cuatro sociedades, con nombres de directores nominales, fechas de constitución, y, si tengo suerte, suficientes metadatos como para reconstruir quién controla realmente la cadena.

• • •

Noor no sabía si su mensaje había llegado a algún sitio, ni cuándo, ni si alguna vez lo sabría con certeza, pero había seguido repitiendo el mismo gesto, cada vez que la sentaban frente a un ordenador nuevo, con la misma disciplina metódica con la que había aprendido, años atrás, que la paciencia era la única ventaja real que un hacker tenía sobre cualquier sistema que pretendiera resistirse.

La habían trasladado dos veces desde la primera semana de cautiverio, siempre de noche, siempre con los ojos vendados durante el trayecto, pero había aprendido a extraer información incluso de esos traslados: el tiempo exacto de cada viaje, el tipo de superficie bajo las ruedas del vehículo, el olor industrial que se colaba, cada vez con más intensidad, a medida que se acercaban al que sospechaba era su destino final.

—Necesito descansos regulares para trabajar con precisión.

—Se lo había dicho, con una firmeza calculada, al hombre que la vigilaba con más frecuencia, el de acento más suave, el que parecía, de los dos, marginalmente más susceptible a algo parecido a la negociación—.

Si me mantenéis despierta veinte horas seguidas, mi trabajo empeora.

Y sospecho que a vuestro jefe no le interesa un trabajo mediocre.