La firma del ladrón Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Dentro de la sala de conservación, junto al retablo real —una pieza auténtica, cuidadosamente elegida por Daniel semanas atrás precisamente para que la tapadera resistiera cualquier inspección física—, encontraron una caja de documentos que Whitcombe, con la confianza ya plenamente comprada, no dudó en abrir ante ellos: órdenes de transferencia firmadas, correspondencia comercial encriptada solo parcialmente, y, en el fondo, una carpeta con el membrete de Devereux & Cie que contenía lo que Elena Vasko llevaba meses necesitando sin saberlo: tres órdenes de transferencia hacia estructuras panameñas, cada una firmada con una rúbrica idéntica a la que habían fotografiado en Belleville, y bajo cada firma, mecanografiado con la precisión burocrática de cualquier documento financiero legítimo, un nombre completo: Katya Sokolova.

—Fotografía cada página. —La voz de Élise sonó apenas un susurro, aunque el corazón le latía con más intensidad de la que sentía desde la operación de Belleville—. Cada una, por ambos lados, Daniel. Esto es exactamente lo que necesitamos.

Whitcombe, ocupado revisando su propio teléfono con la satisfacción tranquila de alguien que acaba de asegurarse un futuro considerablemente más cómodo, no advirtió el ritmo con el que Daniel fotografiaba cada documento, ni la precisión con la que Élise memorizaba, sin necesidad de tocar nada, la disposición exacta de cada carpeta para devolverla a su lugar original sin dejar el más mínimo indicio de que había sido movida.

Élise, mientras fotografiaba la última página, no pudo evitar que la mirada se le desviara un instante hacia Whitcombe, absorto en su teléfono, ajeno por completo a la magnitud de lo que estaba a punto de perder por un sobre de dinero y la promesa vacía de una relación bancaria que nunca llegaría a existir.

Pensó, con una punzada incómoda que no esperaba sentir en mitad de una operación, en Callum, en la misma mezcla de necesidad y debilidad que había convertido a un hombre honesto en la grieta por la que había entrado el desastre.

Se preguntó, brevemente, cuánto tardaría Whitcombe en descubrir que había vendido veinte años de lealtad institucional a cambio de un futuro que jamás iba a llegar.

No era su problema resolverlo, se recordó a sí misma, apartando el pensamiento con la misma disciplina que aplicaba a cualquier duda moral que amenazara con ralentizarla en mitad de un trabajo.

Pero tampoco consiguió dejar de sentirlo por completo.

—Un momento. —Whitcombe levantó la vista de golpe, con el teléfono todavía en la mano, y por un instante el corazón de Daniel se detuvo por completo—.

El señor Ffoulkes quiere confirmación de que hemos terminado.

Está preguntando si necesitan algo más antes de que cierre el registro de acceso de hoy.

—Nada más, gracias. —Daniel cerró la carpeta con un movimiento fluido, devolviéndola a su posición exacta en la caja, mientras Élise, con la misma velocidad calculada, guardaba el teléfono en el bolsillo—.

Nuestro informe de conservación quedará listo en un par de días.

Le agradecemos mucho su ayuda, señor Whitcombe. De verdad.

Whitcombe sonrió, ajeno todavía a la tormenta que se avecinaba sobre su carrera en cuanto alguien, tarde o temprano, revisara los registros de acceso de esa tarde con el escrutinio que Daniel sospechaba que Elena Vasko podía llegar a desencadenar, y los acompañó de vuelta hasta el vestíbulo con la misma cortesía profesional con la que los había recibido dos horas antes.

• • •

Salieron del banco dos horas después de haber entrado, con el retablo debidamente inspeccionado, un informe de conservación falso pero convincente entregado a Ffoulkes como prueba del trabajo realizado, y la promesa, formulada con la sonrisa profesional de siempre, de que volverían pronto a formalizar la nueva relación bancaria que nunca iban a formalizar en absoluto.

—Katya Sokolova. —Daniel repitió el nombre en voz baja, ya en el coche de alquiler, camino al aeropuerto, con la adrenalina de la operación todavía corriéndole por las venas—.

Tenemos un nombre real, Élise. Un nombre real, con firma documentada, vinculado directamente a las transferencias hacia Panamá.

—Y una dirección de correspondencia comercial en uno de los documentos, aunque parcialmente encriptada.

—Élise revisaba, en su propio teléfono, las fotografías recién tomadas, con la mente ya trabajando en la siguiente fase—.

Suficiente, espero, para que Elena empiece a tirar del hilo por su lado mientras Ollie hace lo mismo desde Panamá.

Llamó a Elena esa misma tarde, desde un teléfono desechable comprado esa mañana específicamente para la ocasión.

La satisfacción contenida en la voz de la agente al otro lado de la línea, cuando escuchó el nombre completo de Katya Sokolova por primera vez, dejó claro, sin que ninguno de los dos necesitara ya cuestionarlo, que la alianza improbable formada en un almacén abandonado a las afueras de Ginebra empezaba, por fin, a dar los frutos que todos, de maneras distintas, llevaban meses necesitando desesperadamente.

—Katya Sokolova. —Elena repitió el nombre como quien saborea, después de nueve meses de sombras y teorías, la primera certeza sólida de todo el caso—.

Voy a tener resultados de nuestras bases de datos en menos de una hora, señor Wren.

Si esta mujer tiene antecedentes en algún sistema europeo, aunque sea bajo un nombre ligeramente distinto, la vamos a encontrar.

Y a través de ella, vamos a encontrar a Nikitin.

—Hay algo más que debería saber. —Daniel dudó un instante, consciente de que lo que estaba a punto de decir podía complicar, considerablemente, la posición profesional de Elena—.

El custodio que nos dio acceso a la documentación va a tener un problema serio en cuanto alguien revise los registros de acceso de hoy.

Aceptó dinero de nosotros. No es culpable de nada más que de necesitar ese dinero desesperadamente, y de confiar en la gente equivocada en el peor momento posible.

—Entiendo. —Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el tipo de silencio que Daniel ya reconocía como el de Elena sopesando una decisión ética a toda velocidad—.

No puedo protegerlo de las consecuencias internas del banco, señor Wren, eso escapa a mi jurisdicción.

Pero puedo asegurarme de que ningún cargo penal adicional recaiga sobre él por esto, si es que llega a ese punto.

No es el objetivo de esta investigación, y no tengo ningún interés en arruinar la vida de un hombre que, según parece, ya está bastante hundido por sus propios medios.

—Se lo agradezco. —Daniel sintió, al decirlo, un alivio genuino que no esperaba sentir por un desconocido al que apenas había manipulado durante dos horas—.

Entonces vamos por buen camino. —Se permitió, por primera vez en días, algo parecido a un optimismo cauto, mirando por la ventanilla del coche hacia el Peñón que se alejaba tras ellos—.

Ahora solo falta que Panamá nos dé el resto de la cadena antes de que se nos acabe el tiempo que le queda a Noor.

—Ollie sale mañana por la mañana, según lo acordado.

—Elena hizo una pausa antes de continuar, con la voz recuperando la seriedad profesional que la definía—.

Y señor Wren, una cosa más: cada nombre real que consigamos es un paso menos que le queda a Nikitin antes de que el suelo que pisa deje de ser tan sólido como él cree que es.

Vamos bien. No lo olvide, en los días que quedan por delante.