La firma del ladrón Capítulo 24
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Capítulo 24

Habían llegado a Gibraltar la noche anterior, en un vuelo comercial sin ninguna relación aparente con ninguno de sus movimientos previos, y habían pasado las últimas horas antes de dormir repasando, en la habitación de un hotel de tres estrellas elegido precisamente por su absoluta falta de distinción, cada detalle de las identidades que iban a sostener durante la operación.

Julian Ashworth, restaurador especializado en retablos flamencos, formado en el Courtauld Institute de Londres, tenía un historial profesional que Ollie había construido, semanas atrás, insertando referencias falsas pero verificables en tres bases de datos distintas.

Camille Renard, su socia francesa, especializada en dorados y policromía, había practicado un acento del Loira que ya le salía sin ningún esfuerzo consciente.

—¿Nervioso? —le había preguntado Élise, esa noche, sentada en el borde de la cama mientras Daniel repasaba, por tercera vez, los documentos falsificados extendidos sobre la colcha.

—Siempre lo estoy, antes de un trabajo. —Daniel había levantado la vista con una sonrisa cansada, incapaz de disimular la tensión acumulada de las últimas semanas—.

Pero esta vez es distinto. Antes, si algo salía mal, la única consecuencia era que no conseguíamos la pieza.

Ahora, si algo sale mal, es Noor quien paga el precio.

—Entonces no dejemos que salga mal. —Élise le había cogido la mano, con la misma firmeza tranquila que la definía incluso en los peores momentos—.

Vamos a entrar, vamos a conseguir lo que necesitamos, y vamos a salir antes de que nadie tenga motivo real para sospechar de nosotros.

Como hemos hecho cientos de veces antes, Daniel.

Esto no es distinto en la ejecución. Solo lo es en lo que hay en juego.

Habían dormido poco esa noche, enredados el uno en el otro con la misma necesidad silenciosa de cercanía que llevaba semanas definiendo cada momento robado entre operaciones, y a las nueve de la mañana, vestidos con la discreta elegancia profesional que su tapadera exigía, cruzaron a pie las pocas calles que separaban el hotel del banco, con el sol ya calentando la piedra caliza de Main Street y el Peñón recortado, imponente, contra un cielo completamente despejado.

El Trafalgar & Calpe Private Bank ocupaba un edificio de piedra caliza de tres plantas en Main Street.

Su fachada era tan deliberadamente discreta que resultaba, precisamente por su discreción, más ostentosa que cualquier edificio de cristal y acero: sin ningún cartel visible más allá de una placa de bronce del tamaño de una mano, sin escaparate, con una puerta de madera maciza que solo se abría desde dentro tras la verificación de una cámara oculta en el dintel.

Era el tipo de banco que existía específicamente para clientes que preferían que su dinero fuera tan invisible como su propia presencia en la lista de clientes.

Daniel y Élise llegaron un martes por la mañana, bajo los nombres de Julian Ashworth y Camille Renard, restauradores especializados contratados —según la documentación que el falsificador de Marsella había entregado, impecable, dos días antes de lo prometido— por un cliente privado del banco cuyo nombre no figuraba en ningún documento visible, para evaluar el estado de conservación de un retablo flamenco del siglo XVI depositado, junto con otras piezas de valor, en la cámara acorazada del edificio.

—Señor Ashworth, señorita Renard. —El hombre que los recibió en el vestíbulo tenía el porte cuidadosamente neutro de quien lleva años entrenado para no reaccionar visiblemente ante ninguna suma de dinero, por escandalosa que resulte, con un acento británico pulido por generaciones de educación privada—.

Soy Reginald Ffoulkes, director de gestión de patrimonio.

Antes de acceder a la cámara, necesito verificar algunos detalles de su encargo.

Es un procedimiento estándar, espero que lo comprendan.

—Por supuesto. —Daniel sonrió, con la calma profesional de alguien que había hecho ese mismo tipo de verificación cientos de veces, en cientos de instituciones distintas, sin que ninguna hubiera detectado jamás nada fuera de lugar—.

La discreción de sus procedimientos es, precisamente, la razón por la que nuestro cliente confía en esta institución.

Ffoulkes los condujo a una sala de reuniones en la segunda planta, con vistas parciales al Peñón recortado contra un cielo de un azul intenso poco habitual incluso para Gibraltar.

Durante los cuarenta minutos siguientes revisó, con una minuciosidad extrema, cada detalle de la documentación falsificada: el historial profesional de ambos restauradores, las credenciales del supuesto cliente, y el propósito exacto de la visita.

—Su cliente, si no me equivoco, mantiene su patrimonio a través de un trust administrado por Devereux & Cie en Ginebra.

—Ffoulkes lo dijo con la neutralidad estudiada de quien menciona un dato rutinario, pero Élise, entrenada durante años en detectar el peso exacto de cada palabra en una conversación de alto riesgo, captó de inmediato la prueba deliberada oculta en la frase.

—Así es. —Respondió ella, sin ninguna vacilación perceptible, con el francés ligeramente acentuado de Camille Renard sustituyendo, con una fluidez que llevaba meses perfeccionando, su propio acento natural—.

El señor Devereux personalmente supervisa la colección de nuestro cliente.

Puede usted verificarlo con su despacho, si lo considera necesario, aunque le advierto que valoran extraordinariamente la discreción de sus operaciones, tanto como ustedes mismos.

Ffoulkes asintió, apuntando algo en una libreta con una pluma que probablemente costaba más que el alquiler mensual del piso de Daniel en Bermondsey, y por un momento que se estiró más de lo cómodo, ninguno de los dos supo si la verificación acababa de superar la prueba o si Ffoulkes, con toda la cortesía británica de la que era capaz, estaba a punto de negarles el acceso.

—Muy bien. —Cerró la libreta con una sonrisa profesional, hermética, sin revelar absolutamente nada—.

Voy a necesitar, no obstante, que uno de nuestros custodios autorizados los acompañe durante todo el proceso de inspección.

Es un requisito de seguridad para cualquier acceso a la cámara, sin excepciones, independientemente de la reputación del cliente.

• • •

El custodio autorizado resultó ser un hombre de mediana edad llamado Terrence Whitcombe, empleado de veinte años de antigüedad en el banco cuya lealtad institucional, según habían averiguado Ollie y Callum en los días previos, se sostenía, en parte considerable, sobre una hipoteca que llevaba dos años de retraso y una discreta afición al juego que sus superiores desconocían por completo.

—Señor Whitcombe. —Daniel esperó a que Ffoulkes se hubiera alejado lo suficiente por el pasillo antes de bajar la voz, con el tono exacto de complicidad calculada que había ensayado durante el vuelo—.

Antes de bajar a la cámara, hay un asunto delicado que preferiría discutir con usted en privado.

Nuestro cliente está considerando trasladar una parte significativa de su relación bancaria a esta institución, específicamente a través de la persona que gestione directamente su cuenta.

Ha oído hablar muy bien de su discreción y su eficiencia.

Whitcombe se detuvo, con el interés genuino de quien lleva meses esperando ese tipo de oportunidad sin atreverse a buscarla activamente.

—Continúe.

—Nada que decidir hoy. —Élise se unió a la conversación, con la misma sonrisa cálida y calculada que había usado meses atrás para desarmar a Aldous Crane en Cecil Court—.

Solo queríamos que supiera que, si esta visita resulta satisfactoria, es probable que volvamos, y que la próxima vez la conversación incluya cifras considerablemente más generosas que las que su salario actual le permite imaginar.

Un pequeño gesto de buena fe, mientras tanto.

Deslizó, sobre la mesa, un sobre con una cantidad que Ollie había calculado, con precisión quirúrgica, como suficiente para comprar cooperación sin resultar tan escandalosa como para despertar sospechas de soborno evidente, y observó, con la misma atención minuciosa que aplicaba a cualquier objetivo, cómo la codicia y la necesidad se abrían paso, visiblemente, a través de la fachada profesional de Terrence Whitcombe.

• • •

La cámara acorazada, dos pisos por debajo del nivel de la calle, contenía hileras de cajas de depósito de distintos tamaños, iluminadas por una luz blanca y clínica que no dejaba ninguna sombra donde esconder nada, y Whitcombe los condujo hasta una sección específica, marcada con un código alfanumérico que coincidía, según habían confirmado Ollie y Callum días antes cruzando registros públicos parciales, con la numeración asignada a los clientes gestionados por Devereux & Cie.

—El retablo está aquí, en la sala de conservación climatizada, no en las cajas de depósito estándar.

—Whitcombe los condujo hacia una puerta reforzada al fondo de la cámara—.

Pero imagino que también querrán revisar la documentación asociada, ya que van a gestionar la relación completa a partir de ahora.

—Exactamente. —Daniel mantuvo la voz neutra, aunque el pulso se le había acelerado, imperceptiblemente, ante la facilidad con la que Whitcombe, sin saberlo, les estaba abriendo la puerta a mucho más de lo que habían venido buscando oficialmente.