La firma del ladrón Capítulo 1
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La firma del ladrón

La firma del ladrón

Por Amador Luengo

© inepub.com

Capítulo 1

El Rhône, a las siete y cuarto de la mañana, tenía el color exacto del acero recién pulido, y Daniel Wren llevaba tres semanas comprobando que ese detalle no cambiaba nunca, ni con lluvia ni con sol, siempre que el sol se dignara aparecer antes de las nueve en abril.

Cruzó el Pont de la Machine con las manos hundidas en los bolsillos de una gabardina que había pagado en efectivo en una tienda de segunda mano de Zúrich, no porque no pudiera permitirse otra nueva, sino porque una gabardina nueva llama la atención donde una gabardina gastada se vuelve parte del decorado.

Contó, sin proponérselo, los remaches del pretil metálico —dieciocho por tramo, siempre dieciocho, alguien los había instalado con una precisión que a él le devolvía una calma que no sabía nombrar de otra manera— y giró hacia la Vieille Ville, donde los adoquines de la Place du Bourg-de-Four empezaban a brillar con la humedad de la noche, todavía sin secar, todavía resbaladizos en las juntas donde la piedra llevaba tres siglos hundiéndose un milímetro por década.

Le Petit Miroir abría a las siete. Daniel llegaba a las siete y cinco, nunca antes, porque llegar antes que el propio local abriera lo habría convertido en alguien que espera, y esperar en la puerta de un sitio era una manera muy eficaz de que la gente empezara a fijarse en uno.

Empujó la puerta de cristal esmerilado —el marco de madera oscura, un roble centenario que crujía siempre en la misma bisagra, la de arriba, la que nadie había engrasado en meses— y el campanillo sonó dos veces, nunca una, porque el resorte estaba flojo y el segundo repique llegaba con un cuarto de segundo de retraso, como un eco que se hubiera cansado de esperar su turno.

Se sentó en la mesa del rincón, junto a la ventana que daba a la fuente, no porque la vista le importara demasiado, sino porque desde allí veía la puerta, la barra, y el reflejo distorsionado de la calle en el espejo veneciano que le daba nombre al local —un espejo auténtico, de mercurio y no de aluminio, con las motas oscuras del envejecimiento repartidas de un modo que a cualquier restaurador de antigüedades, cobertura o no, le habría dolido en el estómago—.

Pidió, sin que hiciera falta pedirlo ya, un doble espresso sin azúcar, y Marguerite, la camarera de sesenta y tantos años que llevaba el delantal atado siempre con el mismo nudo torcido hacia la izquierda, se lo trajo sin preguntar y sin sonreír más de lo estrictamente necesario, que era la cantidad exacta de atención que él prefería recibir de cualquier persona que no fuera ella.

Sacó del bolsillo interior un cuaderno de tapas de cuero envejecido, no un teléfono, porque un teléfono deja rastro y un cuaderno solo deja lo que uno decide escribir en él, y anotó, en una taquigrafía propia que ni Ollie había conseguido descifrar por completo, tres palabras sobre el hombre que acababa de sentarse dos mesas más allá: reloj caro, zapatos baratos, manos limpias.

Un hombre que fingía ser rico para alguien y fingía ser pobre para otro alguien, y a Daniel le traía sin cuidado para quién fingía qué, salvo que ese tipo de detalles eran el único ejercicio que mantenía su cabeza afilada las mañanas en que no había ningún trabajo real que planear.

Su padre solía decir que un hombre que dejaba de observar el mundo se merecía que el mundo dejara de avisarle antes de golpearlo, y era la única frase de su padre que Daniel repetía en voz alta, aunque solo fuera dentro de su propia cabeza.

Siguió mirando al hombre del reloj caro mientras este pedía un café con la mano izquierda apoyada, con demasiada firmeza, sobre el borde de la mesa, y Daniel completó, sin esfuerzo, el resto del retrato: un empleado de banca privada, seguramente, de los que gestionan el dinero de otros hombres mucho más ricos que él y terminan por adoptar, con los años, los gustos de sus clientes sin llegar nunca a adoptar sus cuentas corrientes.

Era un hombre que llevaba ese reloj —una réplica cara, casi perfecta, pero réplica al fin, a juzgar por el modo en que el segundero se movía con un tictac perceptible en lugar del barrido continuo de la maquinaria suiza auténtica— como quien lleva un uniforme que todavía no se ha ganado.

No era un juicio moral. Daniel no perdía el tiempo juzgando a la gente por fingir ser lo que no era; llevaba quince años haciendo lo mismo, solo que con apuestas considerablemente más altas.

Bebió un sorbo del espresso, todavía demasiado caliente, y dejó que el calor le quemara un poco la lengua a propósito, un hábito pequeño que había adoptado en algún momento de su formación militar y que nunca había conseguido quitarse: el dolor pequeño y controlado como recordatorio de que el cuerpo seguía ahí, seguía siendo suyo, seguía obedeciendo.

Fuera, en la plaza, un grupo de turistas japoneses fotografiaba la fuente con la misma reverencia con la que otros fotografiaban catedrales, y un cartero cruzaba la plaza en bicicleta con la bolsa de reparto medio vacía, señal de que ya llevaba dos tercios de su ruta matutina completados.

Todo en aquella plaza obedecía un patrón, y Daniel llevaba tres semanas siendo capaz de predecir cada uno de esos patrones con precisión de reloj suizo, salvo uno solo: la hora exacta a la que Élise Favreau decidiría cruzar la puerta de cristal esmerilado cada mañana, un dato que se resistía, tercamente, a dejarse catalogar.

Élise Favreau llegó a las siete y veintidós, tarde según su propio reloj interno y puntual según cualquier reloj razonable, con el pelo todavía húmedo de la ducha y recogido de cualquier manera con un lápiz de carboncillo que llevaba clavado en el moño como quien lleva un arma que nadie reconocería como tal.

Llevaba las manos manchadas, la derecha más que la izquierda, un gris oscuro metido en los pliegues de los nudillos, que se resistía al jabón de la pensión, y una carpeta de dibujo bajo el brazo que pesaba más de lo que aparentaba porque dentro, entre los bocetos de verdad, guardaba tres fotografías de una sala concreta de un palacete concreto que todavía no había decidido si iba a visitar de noche.

—Llegas tarde —dijo él, sin levantar la vista del cuaderno, en un francés que a ella le sonaba deliberadamente demasiado correcto para ser natural, el francés de alguien que lo había aprendido en un aula y lo había pulido después con años de práctica hasta borrar el acento pero no la cadencia.

—Llego cuando llego —contestó Élise, dejándose caer en la silla frente a él sin que nadie la hubiera invitado a sentarse allí, aunque llevaban semanas sentándose así, cada uno en su silla, como si el mueble tuviera dueño—. Y usted, monsieur Wren, lleva tres semanas fingiendo que no me espera.

—No la espero. Vengo a desayunar.

—Vengo, singular. Ha dicho «vengo», no «venimos». Es un alivio saber que al menos no se ha inventado compañía para parecer menos solo.

Daniel levantó por fin la vista, y lo que vio —lo que veía cada mañana y cada mañana fingía ver por primera vez, porque fingir asombro es un músculo que hay que ejercitar igual que cualquier otro— fue una mujer que se sentaba como si la silla debiera sentirse afortunada, con la barbilla un poco alta y los ojos ya puestos en él con esa media sonrisa que no llegaba a comprometerse, la sonrisa de alguien que ha decidido de antemano no dar más de lo estrictamente necesario.

Tenía una mancha de carboncillo justo debajo del pómulo derecho, pequeña, en forma de coma, y a Daniel le habría gustado decirle que se la limpiara, y en cambio no dijo nada, porque señalar una imperfección de una mujer así era regalarle una ventaja que no pensaba regalarle todavía.

—Tiene carboncillo en la cara —dijo, finalmente, porque el silencio empezaba a parecerle más peligroso que la frase.

—Lo sé. Lo dejo ahí a propósito. Es más barato que el maquillaje y funciona mejor con los hombres que se creen observadores.

—¿Y funciona conmigo?

—Todavía no lo sé. Lleva usted tres semanas mirándome como si estuviera catalogando una pieza de museo y no ha dicho una sola palabra que no sea sobre el tiempo, el café o mi supuesta impuntualidad.

Marguerite le trajo el té sin que Élise lo pidiera —Earl Grey, con la bergamota justa para que el aroma llegara antes que el sabor— y un cruasán que Élise sabía que no iba a terminar, porque terminar un cruasán entero delante de un hombre que la miraba de ese modo le parecía una rendición innecesaria a las siete y media de la mañana.

Lo partió por la mitad con los dedos manchados, sin usar el plato, y dejó la mitad más grande intacta sobre la servilleta, gesto pequeño y calculado que Daniel registró sin comentarlo, porque él también sabía reconocer a alguien que medía cada movimiento antes de hacerlo, y reconocer eso en otra persona era, para él, mucho más interesante que cualquier belleza convencional.

—¿Qué es lo que restaura, exactamente, monsieur Wren? Lleva usted tres semanas sin decírmelo con precisión.

—Objetos. Cosas viejas que alguien decidió que merecían seguir existiendo.

—Eso no es una respuesta, es una evasión con estructura de respuesta.

—Y usted, mademoiselle Favreau, ¿qué restaura?

—Tapices. Hilos que alguien tejió hace tres siglos y que ahora se deshacen si los mira uno con demasiada fuerza.

—Se llevó la taza a los labios, y por encima del borde, sus ojos no se apartaron de los de él ni un segundo—.

Es un trabajo de paciencia. Uno aprende a esperar a que el hilo suelte su propio secreto antes de tirar de él. Tirar demasiado pronto lo rompe todo.

—Suena a metáfora.

—Todo suena a metáfora a las siete y media de la mañana, si uno no ha dormido bien.

—¿No ha dormido bien?