La firma del ladrón Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—No especialmente. —Bajó la voz, no por discreción, sino porque bajar la voz obligaba al otro a inclinarse un poco hacia delante, y ella quería comprobar si Daniel se inclinaría—.

Tuve un sueño extraño. Alguien entraba en una casa que no era suya, tocaba cosas que no debía tocar, y salía sin que nadie se enterara de que había estado allí.

Al despertarme no sabía si el sueño me daba miedo o me daba envidia.

Daniel no se inclinó. Se echó, en cambio, hacia atrás, un centímetro, quizá dos, el gesto exacto de un hombre que ha detectado un anzuelo y decide admirar la mosca antes de decidir si va a morderla.

—Envidia, seguramente. Todo el mundo quiere entrar en algún sitio sin ser visto. La mayoría solo lo confiesa en sueños.

—¿Usted también sueña esas cosas?

—Yo sueño con inventarios. Es la maldición de mi oficio: catalogo hasta dormido.

—Qué aburrido.

—Terriblemente. Por eso vengo aquí cada mañana. Usted es la parte interesante del día.

Fue la primera vez, en tres semanas, que uno de los dos decía algo que no podía disfrazarse del todo de cortesía vacía, y el silencio que siguió tuvo una textura distinta a los silencios anteriores, más denso, con un peso concreto que ambos notaron y que ninguno de los dos se atrevió a nombrar.

Élise bajó la vista hacia el cruasán a medio comer, giró la muñeca un cuarto de vuelta para que la manga de la chaqueta le tapara el reloj —un gesto reflejo, el mismo que hacía siempre que alguien se acercaba más de lo previsto al horario que llevaba grabado en la cabeza—.

A las ocho y cuarto tenía que estar en un tren que la sacaría de Ginebra durante quince días, y no pensaba decírselo a un desconocido, por interesante que resultara ese desconocido a las siete y media de la mañana.

—Me marcho unos días —dijo, en cambio, con la voz un poco más neutra de lo que había sonado un minuto antes—. Trabajo. Un tapiz en muy mal estado que nadie más quiere tocar.

—¿Adónde?

—A ningún sitio interesante. —Se levantó, recogió la carpeta, dejó sobre la mesa unas monedas que cubrían de sobra el té y el cruasán a medio terminar—. ¿Seguirá usted aquí cuando vuelva, monsieur Wren, o también se marcha a catalogar inventarios aburridos a algún sitio sin interés?

—Seguiré aquí. Alguien tiene que vigilar que Marguerite no cambie el nudo del delantal.

Ella sonrió, esta vez sin la reserva de las semanas anteriores, una sonrisa completa que le cambió la cara entera durante los dos segundos que tardó en darse la vuelta, y salió por la puerta de cristal esmerilado dejando que el campanillo sonara sus dos golpes desiguales.

Daniel se quedó mirando el hueco que había dejado la silla, y solo entonces, con ella ya fuera de la vista, permitió que la expresión de su cara cambiara del todo, algo parecido a la sorpresa de un hombre que ha tendido una trampa a otro y ha terminado, sin darse cuenta, atrapado él mismo en el mecanismo.

Terminó el café, dejó el importe exacto sobre el platillo —nunca propina, la propina era una transacción que dejaba memoria, y él prefería no dejar memoria en ningún sitio salvo, por alguna razón que todavía no quería examinar de cerca, en aquella mesa concreta de aquel café concreto—, y salió a la plaza, donde la fuente seguía sonando con el mismo murmullo de siempre y el sol, por fin, empezaba a asomar entre los tejados de pizarra de la Vieille Ville.

A dos calles de allí, Élise Favreau caminaba hacia la estación con la carpeta bajo el brazo y una sensación incómoda instalada justo debajo del esternón, la misma que sentía siempre antes de un trabajo importante, solo que esta vez no sabía si la causaba el tapiz que no existía, el palacete que sí existía, o la cara de un inglés que fingía restaurar antigüedades y que la miraba como si llevara un catálogo entero solo para ella.

Se llevó la mano a la mejilla, encontró la mancha de carboncillo todavía allí, y por primera vez en años sintió el impulso absurdo de limpiársela antes de que alguien más la viera, un impulso que no tenía ningún sentido profesional y que por eso mismo la inquietó más que cualquier alarma que hubiera tenido que desactivar jamás.

Londres la esperaba, y con Londres esperaba un trabajo que nada tenía que ver con tapices, aunque Élise, mientras subía al tren, no era Londres lo primero que veía al cerrar los ojos, sino un par de ojos grises que catalogaban el mundo entero salvo, aparentemente, a ella misma.

En el vagón, junto a la ventanilla, sacó su propio cuaderno —más pequeño que el de Daniel, de tapas verdes en vez de marrones, aunque ninguno de los dos sabría nunca lo parecido que era el hábito del otro— y dibujó, sin pensarlo demasiado, un boceto rápido de una mano sosteniendo una taza de café, los dedos largos, un reloj de pulsera sencillo, sin marca visible, en la muñeca.

No dibujó la cara. No hacía falta. Llevaba tres semanas memorizando esa cara con un detalle que ninguna otra persona, en los últimos seis años de trabajo, había merecido de su parte, y una vocecita interior, la misma que la había mantenido con vida y libre durante casi una década de trabajos cada vez más arriesgados, le repetía con la insistencia de una alarma de baja intensidad que aquello era el tipo de distracción que precedía a los errores.

Cerró el cuaderno antes de terminar el dibujo, guardó el carboncillo, y se obligó a repasar mentalmente, en cambio, los planos del Hôtel de Vallombreuse que llevaba semanas memorizando, aunque la mano, apoyada sobre la carpeta cerrada, tardó varios minutos más de lo habitual en dejar de sentir el impulso de terminar aquel boceto.

Daniel, por su parte, no cogió ningún tren esa mañana.

Volvió a su piso de la Rue des Granges, revisó por tercera vez los planos de una casa de Belgravia que llevaba dos meses estudiando con la paciencia de un hombre que sabe que la prisa es la que rellena las cárceles, y solo cuando ya tenía la maleta a medio hacer se permitió, durante exactamente cuatro segundos, pensar en una mancha de carboncillo con forma de coma, antes de cerrar esa puerta de la cabeza con la misma disciplina con la que cerraba todas las demás.