La firma del ladrón Capítulo 2
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Capítulo 2

El piso franco de Daniel en Londres no estaba en Bermondsey, donde vivía de verdad bajo el nombre que el registro civil le había dado al nacer, sino en un edificio anónimo de Vauxhall con vistas al río y un portero automático que llevaba averiado, a propósito, desde hacía cuatro años, porque un portero automático averiado es una excusa perfecta para que nadie pregunte quién ha entrado ni cuándo.

Ollie Vance ya estaba allí cuando Daniel llegó, sentado en el suelo con la espalda contra el radiador frío y tres portátiles abiertos en abanico sobre la mesa baja, cada uno conectado a una red distinta, cada uno con una VPN distinta, porque Ollie sostenía —con razón, según la experiencia acumulada de once años trabajando juntos— que mezclar el tráfico de dos investigaciones en la misma máquina era la manera más rápida que existía de acabar compartiendo celda con gente mucho menos simpática que Callum.

—¿Cuántas de esas veintitrés nos importan de verdad?

—Seis. Las de la propia finca, más dos de la casa vecina que enfocan hacia la entrada de servicio por pura mala suerte geométrica.

—Ollie giró uno de los portátiles hacia Daniel, mostrando un plano tridimensional generado a partir de fotografías públicas, planos catastrales y, según él mismo reconocía con una mezcla de orgullo y vergüenza, media docena de fotos que una empresa de reformas había colgado sin querer en un foro de decoración hacía tres años, con metadatos de geolocalización intactos—.

Lord Ashworth-Pryce tiene buen gusto para el arte y ninguno para la ciberseguridad de su empresa de reformas.

Callum Straker entró sin llamar, como hacía siempre, con el abrigo todavía puesto y un vaso de café para llevar en cada mano, uno de los cuales dejó delante de Daniel sin decir nada, gesto de cortesía tan automático en él como su silencio de los primeros diez minutos de cualquier reunión.

Era más alto que los otros dos, con los hombros de alguien que había pasado media vida cargando equipo de demolición y la cara de alguien que llevaba media vida tratando de que nadie notara el cansancio detrás de los ojos.

Se sentó en el único sillón de la habitación, el que crujía, y esperó a que Ollie terminara antes de hablar, porque interrumpir a Ollie en mitad de un dato era, según su propia experiencia, una manera segura de perder ese dato para siempre en algún rincón de la memoria selectiva del hacker.

—¿Café con o sin el chorrito de whisky que sueles añadirte cuando llevas despierto más de veinte horas? —le preguntó a Ollie, empujando el segundo vaso hacia él con la punta de la bota, sin levantarse del sillón.

—Sin, por desgracia. Se me acabó la petaca hacia las cuatro de la madrugada y la tienda de la esquina no abre hasta las siete.

—Ollie cogió el vaso, bebió un trago largo, y por un momento pareció, de verdad, un hombre de treinta y tres años en lugar del adolescente eterno en el que se convertía cada vez que un problema técnico lo absorbía por completo—.

Aunque a este ritmo, con lo que hemos encontrado sobre la caja de registro del sótano, no me hace falta el whisky para sentirme optimista.

—Optimista y vivo son dos categorías distintas, Ollie.

—Callum lo dijo sin acritud, con el tono de quien ha repetido la misma advertencia tantas veces que ya forma parte del ritual, pero con un fondo de cariño genuino que los tres, a su manera, se guardaban de mostrar demasiado abiertamente—.

La última vez que estuviste tan optimista terminamos discutiendo con un perro guardián en un jardín de Bruselas a las tres de la madrugada.

—Ese perro no estaba en ningún plano.

—Ese perro era la razón por la que se hacen planos, para que luego aparezcan cosas que no estaban en ellos y uno pueda improvisar sin entrar en pánico.

—Callum se volvió hacia Daniel, que llevaba un rato observando el intercambio con la media sonrisa reservada que reservaba para los dos únicos hombres del mundo delante de los cuales se permitía bajar la guardia—.

¿Sigue en pie lo del sábado, o vamos a esperar a que ese arbusto de laurel decida crecer otro metro más y nos resuelva el problema del punto ciego él solito?

—La casa —empezó Daniel, señalando el plano con la punta de un bolígrafo que jamás llegaba a escribir nada directamente sobre el papel importante— tiene tres niveles de seguridad, y los tres están mal coordinados entre sí, que es el tipo de error que un hombre rico comete cuando contrata a tres empresas distintas para presumir de tener tres capas de protección en vez de contratar a una sola empresa que sepa lo que hace.

Nivel uno: perímetro, sensores de movimiento en el jardín trasero, con un punto ciego de cuatro metros junto al muro que colinda con el callejón de servicio, porque el arbusto de laurel que hay plantado ahí lleva dos años sin podar y el instalador original nunca contó con que creciera tanto.

Nivel dos: la propia casa, alarma volumétrica estándar, cableada a una central que llama a la policía en noventa segundos si algo se dispara, salvo que ese cableado pasa, en algún punto del sótano, por una caja de registro que la empresa de reformas de Ollie dejó fotografiada con un candado de tres dígitos que cualquier niño de doce años forzaría en menos de un minuto.

Nivel tres: la propia sala donde cuelga el cuadro, con vitrina blindada y sensor de peso independiente del resto del sistema, alimentado por una batería propia que hay que sustituir cada dieciocho meses, y que según la factura de mantenimiento que Ollie encontró en el correo filtrado de la empresa de seguridad, fue sustituida por última vez hace diecisiete meses y tres semanas.

—Un mes de margen —dijo Callum, hablando por primera vez, con ese acento de Glasgow que suavizaba las erres pero nunca la precisión de lo que decía—. Estrecho.

—Estrecho pero suficiente, si entramos la noche del sábado.

—Daniel dio unos golpecitos sobre el plano, en un punto concreto del jardín—.

Ashworth-Pryce da una cena benéfica cada primer sábado de mes, veintitrés invitados de media, catering externo, personal de seguridad privada contratado para la ocasión que no conoce la casa tan bien como el personal fijo.

Con veintitrés personas moviéndose por la planta baja, nadie va a notar tres minutos de ausencia de nadie, y nosotros no necesitamos más de tres minutos si Ollie neutraliza el sensor de peso desde fuera antes de que yo llegue a la vitrina.

—Necesito estar dentro del rango de la red wifi de la casa para eso —dijo Ollie—, lo cual significa que alguien tiene que colarme una tarjeta de invitado, o que tengo que aparcar una furgoneta de catering falsa a cuarenta metros del muro trasero y rezar para que nadie pregunte por qué el técnico de sonido lleva tres portátiles en vez de un mezclador.

—La furgoneta. —Callum ya lo había pensado, porque Callum llevaba pensando en logística de extracción desde los tiempos en que su trabajo consistía en sacar a hombres heridos de zonas donde nadie quería que estuvieran, y trasladar esa misma disciplina a sacar objetos de zonas donde nadie quería que estuviera él le resultaba, según decía a veces con una media sonrisa que no llegaba a los ojos, «un ascenso moral considerable»—.

Yo la conduzco. Salida por el callejón de servicio, cuarenta segundos hasta la Eaton Terrace, coche limpio esperando con las llaves puestas y el motor caliente.

Si algo sale mal dentro, tenéis noventa segundos desde que salta la alarma hasta que la primera patrulla cruza el puente de Chelsea. Yo os doy setenta.

—Setenta bastan —dijo Daniel, y lo dijo con la seguridad tranquila de un hombre que había cronometrado ese mismo trayecto seis veces en las últimas dos semanas, de noche, sin que ninguno de los vecinos notara a un corredor solitario haciendo el mismo circuito una y otra vez a horas distintas para que nadie llegara a reconocer un patrón.

—¿Y si el catering llega tarde? —preguntó Callum, con esa costumbre suya de imaginar primero el escenario que nadie más quería imaginar—.

Si la furgoneta de verdad se retrasa, la mía deja de ser una entre varias y se convierte en la única furgoneta aparcada quince minutos antes de que empiece a llegar el resto.

—Entonces llegamos con ellos —dijo Daniel—, o cinco minutos después, nunca antes.

Compruébalo mañana por la tarde: llama al catering haciéndote pasar por el ayuntamiento y pregunta la hora exacta de entrega, con la excusa de cerrar el callejón al tráfico.

Nadie desconfía de alguien que llama solo para complicarle el día con más papeleo.

Callum asintió y anotó la hora en un cuaderno de tapas negras que llevaba siempre en el bolsillo interior del abrigo, el mismo gesto metódico que aplicaba a cualquier detalle que pudiera, algún día, salvarles la vida a los tres; no tomaba notas para recordar, tomaba notas para no tener que fiarse nunca de su propia memoria en el momento en que más falta hiciera.

Ollie, que llevaba media hora sin levantar la vista de la pantalla, soltó una risa breve sin apartar los ojos del código.

—Sois los dos iguales —dijo—. Él anota cada hora exacta en un cuaderno de tapas negras y tú memorizas cada remache de un puente entero. Algún día montaré una excursión con vosotros dos y un cronómetro, a ver quién dura más sin decir nada interesante.

—Sobreviviríamos los dos a la excursión —dijo Callum, sin sonreír, aunque algo en el tono se le suavizó—. Tú serías el primero en morir de aburrimiento.

Ollie cerró uno de los portátiles y se frotó los ojos con el dorso de la mano, gesto que en él precedía siempre a la parte de la conversación que menos le gustaba tener.