La firma del ladrón Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Hay una cosa más. —Giró la pantalla que quedaba abierta hacia los otros dos, mostrando un hilo de un foro cerrado, de esos a los que solo se accedía con invitación de alguien que ya estuviera dentro, donde una docena de coleccionistas de arte robado —o, más exactamente, una docena de personas que fingían serlo para tender trampas a ladrones incautos— comparaban notas sobre las últimas piezas que habían circulado fuera del mercado legal—.

Alguien ha estado preguntando por «La Musa» otra vez.

Precio, disponibilidad, si trabaja sola o en equipo.

La misma pregunta que llevan haciendo desde el golpe de Zúrich del año pasado.

—¿Y a nosotros qué nos importa lo que haga «La Musa»? —preguntó Callum, aunque el tono con el que lo dijo sugería que ya sabía la respuesta antes de terminar la pregunta.

—Nos importa porque en los últimos dieciocho meses, cada vez que aparece una pregunta sobre ella en ese foro, aparece también, dos o tres semanas después, una pregunta parecida sobre «El Relojero».

—Ollie miró a Daniel al decirlo, y Daniel mantuvo la cara completamente inexpresiva, el mismo gesto que usaba en las partidas de póquer que Ollie insistía en organizar los viernes y que Daniel ganaba con una regularidad que había dejado de resultarle divertida a los demás—.

Alguien está comparando. Coleccionando datos sobre los dos como si fuéramos piezas de la misma colección.

No sé si es un comprador con gustos raros o alguien que está intentando averiguar si somos el mismo tipo de amenaza para vigilarnos a los dos a la vez.

—No sé si es tan sencillo, jefe. —Ollie rara vez lo llamaba así, y cuando lo hacía era siempre porque quería que Daniel entendiera que hablaba en serio, sin la capa habitual de ironía que envolvía casi todo lo que decía—.

He pasado media noche mirando ese hilo, y hay algo en el patrón que no me gusta.

No es un comprador. Los compradores preguntan por precio, por disponibilidad, por si la pieza tiene certificado de procedencia falsificable.

Esta gente pregunta por rutinas. Por ciudades donde cada uno de vosotros suele operar.

Por si alguna vez habéis trabajado con terceros, o siempre solos.

Son preguntas de alguien que está construyendo un perfil operativo, no un catálogo de venta.

—¿Un competidor?

—O alguien que quiere reclutaros. O alguien que quiere neutralizaros antes de que se convirtáis en competencia. —Ollie cerró el portátil esta vez, un gesto que en él equivalía a subrayar una frase—. No lo sé, Daniel. Y no saberlo es precisamente lo que no me gusta.

—Que averigüen lo que quieran —dijo Daniel, tras un silencio breve, y se levantó, dando por cerrada la reunión con la misma economía de movimientos con la que hacía todo lo demás, aunque la advertencia de Ollie se le quedó prendida en algún rincón de la cabeza con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir en voz alta—.

Mientras comparen datos sobre una firma y otra, no están mirando la fecha del sábado.

Ollie, la furgoneta y la wifi. Callum, el coche y la ruta.

Yo me encargo de la vitrina y del engranaje que vamos a dejar dentro.

—¿Otra vez el engranaje? —Callum se puso en pie, recogiendo el vaso de café ya vacío—. Un día de estos ese capricho tuyo va a ser lo único que necesiten para atarte a los otros doce trabajos.

—Lo sé.

—Y aun así vas a dejarlo.

—Aun así voy a dejarlo. —Daniel se detuvo un momento, con la mano ya en el marco de la puerta, y algo en su voz se volvió, por un instante, más grave de lo habitual—.

Mi padre pasó treinta años tallando piezas de relojería los domingos por la tarde, en el cobertizo del jardín, mientras el resto del barrio veía el fútbol.

Nunca vendió una sola pieza. Las regalaba, o las guardaba en una caja que nadie más que yo llegó a abrir después de que muriera.

Decía que un hombre que hace algo con las manos, bien hecho, deja una prueba de que estuvo allí, de que existió con algún propósito además de sobrevivir el día siguiente.

A él el sistema le quitó todo lo demás, Callum.

El trabajo, el nombre, hasta la pensión que le habían prometido.

Lo único que nunca pudieron quitarle fue lo que hacía con esas manos los domingos por la tarde.

—Se encogió de hombros, como si acabara de decir algo mucho menos importante de lo que en realidad era—.

Un día de estos dejaré de necesitar que nadie sepa que fui yo, y ese día dejaré de dejarlo.

Hasta entonces, alguien tiene que recordarle al mundo que hay una diferencia entre robar y hacerlo bien.

Salió del piso franco con el plano de Belgravia doblado en el bolsillo interior de la gabardina y la sensación, incómoda y nueva, de que el nombre de una mujer a la que solo conocía como una firma en un foro y un boceto a carboncillo en las paredes de media Europa acababa de aparecer, sin que él lo hubiera buscado, en la misma conversación que su propio trabajo del sábado.

Se dijo a sí mismo que era simple curiosidad profesional, el mismo tipo de curiosidad que sentía por cualquier competidor de talento comparable, y se dijo que la mancha de carboncillo en la mejilla de una restauradora de tapices ginebrina no tenía absolutamente nada que ver con nada de todo aquello.

Se lo dijo dos veces, lo cual, para un hombre que solo repetía las cosas cuando no terminaba de creérselas del todo, era ya un dato en sí mismo.