La firma del ladrón Capítulo 3
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Capítulo 3

La cena benéfica de Lord Ashworth-Pryce empezó a las ocho y Daniel entró en el jardín trasero de la casa de Belgravia a las nueve y cuarenta y dos, cuando el vino ya había hecho su trabajo con los invitados y las conversaciones en la planta baja habían subido el volumen lo suficiente como para que nadie, ni siquiera el personal de seguridad contratado para la ocasión, prestara atención a los sonidos que no encajaban del todo con una fiesta.

Vestía de negro, no el negro teatral de las películas, sino un negro funcional, de tejido técnico que no reflejaba la luz ni crujía al moverse, con las rodillas y los codos reforzados y una capucha fina que le cubría el pelo sin taparle la cara, porque taparse la cara solo servía para llamar la atención de cualquier cámara que sí lo captara; una cara normal, mirando hacia abajo, se olvidaba en segundos, mientras que un pasamontañas se recordaba durante años.

Cruzó el punto ciego junto al muro —el arbusto de laurel sin podar rozándole el hombro izquierdo con un olor amargo y verde que se le quedaría pegado a la memoria de ese trabajo mucho después de haberlo olvidado casi todo lo demás— y contó, en silencio, los ocho pasos exactos que separaban el muro de la puerta de servicio, la misma distancia que había cronometrado seis veces bajo la lluvia y una vez, la definitiva, bajo un cielo despejado que dejaba ver más estrellas de las que Londres solía permitirse.

Antes de moverse, se quedó inmóvil dos minutos completos junto al muro, contando los pasos del único guardia de seguridad privada que patrullaba el jardín trasero: catorce pasos desde la puerta de la cocina hasta el cenador, giro, catorce pasos de vuelta, siempre el mismo ritmo, la misma pausa de tres segundos junto al cenador para encender un cigarrillo que después nunca fumaba entero, señal de un hombre aburrido y no de un hombre alerta.

Los guardias aburridos eran los mejores aliados de Daniel; un hombre que espera que no pase nada deja de mirar los detalles que delatarían que algo, en efecto, está a punto de pasar.

Esperó a que el guardia completara el circuito una vez más, calculó el margen —cuarenta y un segundos de ventana antes de que volviera a pasar frente al punto ciego— y se movió.

—Estoy dentro del rango —dijo la voz de Ollie en el auricular, apenas un susurro comprimido que le llegaba directamente al oído a través de un hueso conductor, sin cables visibles, sin nada que un cacheo superficial pudiera encontrar—.

Wifi de la casa capturada. Dame cuarenta segundos para el sensor de peso.

—Cuenta atrás en marcha —respondió Daniel, en el mismo susurro, mientras forzaba la cerradura de la puerta de servicio con dos ganzúas del tamaño de un mondadientes, sintiendo con las yemas de los dedos los cinco pines del bombín uno detrás de otro, el tercero más rígido que los demás, señal de un mecanismo que llevaba años sin engrasar, hasta que el último cedió con un chasquido tan pequeño que ni él mismo estaba seguro de haberlo oído más que sentido.

El interior olía a cera de suelo y a las flores blancas que alguien había distribuido en jarrones por todo el pasillo de servicio, un aroma dulce y ligeramente empalagoso que se mezclaba, más adelante, con el humo de los puros que ya empezaban a circular entre los invitados varones agrupados junto a las puertas del jardín de invierno.

Daniel avanzó pegado a la pared, contando puertas —la tercera a la izquierda, la despensa; la quinta, la escalera de servicio que subía directamente al piso donde dormía el servicio doméstico y que a esa hora estaría vacía— hasta llegar al hueco de un montaplatos en desuso que Ollie había identificado semanas atrás en los planos originales de 1890.

Era un conducto que ya no se usaba para subir bandejas pero que seguía comunicando la cocina con la primera planta, estrecho, oscuro, con el olor a polvo viejo de la madera que nadie había limpiado en décadas.

Subió por dentro del conducto con los brazos y las piernas abiertos contra las paredes, apoyándose en los mismos puntos que había marcado mentalmente en su última visita —una visita, meses atrás, con invitación legítima, cuando se había hecho pasar por un tasador independiente interesado en valorar la colección para un seguro que nunca llegó a contratarse—.

Sintió cómo la madera vieja crujía bajo su peso, un sonido que quedaba ahogado, tres pisos más abajo, por una orquesta de cuerda que atacaba en ese preciso instante los primeros compases de algo de Vivaldi.

Contaba las respiraciones, no los metros: cuatro segundos de inhalación, seis de exhalación, el mismo patrón que había aprendido a controlar el pulso años atrás, en circunstancias donde un pulso descontrolado significaba algo mucho más grave que fallar un trabajo.

A la altura del segundo rellano interior, una araña le cruzó el dorso de la mano enguantada sin que él alterara el ritmo ni un segundo; había aprendido hacía mucho que el cuerpo, bien entrenado, podía mentirle al miedo con la misma facilidad con la que él mentía a todo el mundo.

—Sensor de peso neutralizado —susurró Ollie—. Tienes tres minutos antes de que el registro de mantenimiento marque una anomalía que alguien podría, en teoría, notar si mirara la pantalla equivocada en el momento equivocado. No va a pasar, pero tres minutos son tres minutos.

—Recibido.

Salió del conducto por una rejilla de ventilación que cedió sin resistencia —la había aflojado él mismo, atornillo a atornillo, dos semanas antes, dejándola solo apoyada en su marco— y se encontró en el pequeño rellano privado que separaba el dormitorio principal de la sala donde Lord Ashworth-Pryce guardaba un óleo pequeño, de apenas cuarenta por sesenta centímetros, bajo una vitrina de cristal blindado de cuatro centímetros de grosor.

Era una pieza que la mayoría de los invitados de la planta baja ni siquiera sabían que existía: un boceto preparatorio, atribuido con razonable certeza a un maestro flamenco del siglo diecisiete, que nunca había salido a subasta pública ni había figurado en ningún catálogo desde que un antepasado del propio Ashworth-Pryce lo adquiriera, en circunstancias que la familia prefería no discutir, en la Europa devastada de 1946.

La vitrina tenía una cerradura mecánica de cortesía, casi decorativa, porque la seguridad real residía en el sensor de peso ya neutralizado y en el cristal, que ningún golpe convencional habría conseguido quebrar sin activar una alarma sísmica secundaria que Ollie no había logrado localizar hasta cuarenta y ocho horas antes, cuando encontró, escondida entre el cableado del sensor de peso, una segunda línea que corría directamente hasta una centralita independiente en el sótano, alimentada por su propia batería, ajena a la red principal.

Daniel sacó del bolsillo interior un pequeño dispositivo del tamaño de una baraja de cartas, obra propia, construido a lo largo de tres meses de tardes silenciosas en su taller de Bermondsey, que emitía un campo magnético calibrado con precisión milimétrica para engañar al sensor sísmico durante los noventa segundos que tardaba en cargarse, ni uno más, porque cada segundo extra de funcionamiento aumentaba el riesgo de que el propio dispositivo dejara una firma electromagnética detectable.

Levantó la tapa de la vitrina —el mecanismo cedió con la misma facilidad que la cerradura de la puerta de servicio, porque un hombre rico invierte en el cristal y olvida invertir en la bisagra— y sacó el óleo con las dos manos enguantadas, sosteniéndolo por el marco y no por el lienzo, con el mismo respeto reverencial que sentía siempre por cualquier objeto que hubiera sobrevivido siglos enteros a guerras, incendios y a la propia estupidez de los hombres que lo habían poseído.

Lo depositó, envuelto ya en una funda acolchada plegada hasta hacerse del tamaño de un libro, dentro de la mochila que llevaba pegada a la espalda.

Antes de guardarlo, se permitió un segundo más del que el trabajo exigía: giró el óleo hacia la luz tenue que entraba por la claraboya y pasó dos dedos enguantados, sin tocar la superficie, a un centímetro del barniz agrietado, siguiendo el trazo de un pincel que llevaba trescientos años seco.

Un restaurador de verdad habría reconocido, en esa red fina de craquelado, la firma involuntaria de un taller flamenco concreto, la misma paciencia que él aplicaba a los mecanismos de un reloj cuando alguien le encargaba devolverle la vida a una pieza que todo el mundo daba por muerta.

Robar aquello y restaurarlo eran, en el fondo, el mismo gesto: rescatar algo del olvido antes de que el olvido terminara el trabajo por sí solo.

Del bolsillo lateral de esa misma mochila extrajo un objeto diminuto, envuelto en papel de seda: un engranaje de latón envejecido, del tamaño de una moneda grande, con los dientes tallados a mano —una precisión que ningún taller industrial habría reproducido exactamente igual—, y lo colocó sobre el rectángulo más oscuro de terciopelo que la vitrina dejaba a la vista, el hueco exacto donde el óleo había colgado durante ochenta años.

Se disponía ya a cerrar la tapa de la vitrina cuando oyó un sonido que no encajaba con la orquesta ni con el murmullo general de la fiesta, transmitido con una claridad inquietante, dos pisos más abajo, por el hueco de la escalera principal: pasos, dos pares de pasos, subiendo con la deliberación tranquila de alguien que no tenía ninguna prisa por llegar a ningún sitio en particular.

Los acompañaba una voz de mujer y otra de hombre que hablaban en un francés que la distancia convertía en un simple murmullo de vocales.

—Tengo compañía —susurró Daniel, quedándose completamente inmóvil junto a la vitrina abierta.

—Imposible. La primera planta está acordonada para la cena, nadie tiene acceso salvo el servicio.