Capítulo 3 #2
—Pues alguien no ha leído el cordón. —Los pasos se detuvieron, brevemente, justo al pie de la escalera que subía al rellano privado, y Daniel oyó, con una nitidez que le aceleró el pulso más de lo que le habría gustado admitir, la voz del hombre diciendo algo sobre «solo un momento, quiero enseñarte algo que mi tío guarda arriba, nadie se va a enterar»—.
Es el hijo de Ashworth-Pryce. Enseñándole la casa a alguien.
Probablemente a una chica a la que quiere impresionar.
—¿Puedes salir por el montaplatos antes de que lleguen arriba?
—No sin que me oigan cruzar el rellano. —Daniel calculó, en el segundo y medio que tenía disponible para calcular, las distancias exactas: el rellano medía cuatro metros, el hueco del montaplatos estaba a dos y medio de la puerta que daba a la escalera principal, y los pasos, a juzgar por el ritmo, tardarían entre quince y veinte segundos más en llegar arriba—.
Voy a cerrar la vitrina y a meterme en el hueco del vestidor. Avísame cuando se marchen.
Cerró la tapa con cuidado, tres segundos preciosos que no pensaba recuperar, se deslizó dentro de un vestidor empotrado en la pared opuesta, entre abrigos que olían a naftalina y a un perfume de mujer que llevaba años sin usarse, y contuvo la respiración mientras la puerta del rellano se abría y una franja de luz del pasillo se colaba por debajo de la puerta del vestidor.
Oyó al hijo de Ashworth-Pryce —una voz joven, engolada, con ese acento de internado caro que Daniel había aprendido a imitar a la perfección años atrás, precisamente para moverse sin levantar sospechas en salones como aquel— explicándole a su acompañante, con el entusiasmo torpe de quien intenta impresionar y no termina de lograrlo, que su familia guardaba «cosas de mucho valor histórico» en aquella misma planta.
No llegó a mencionar la sala de la vitrina, porque en ese preciso instante la voz de la chica, aburrida, sugirió que bajaran ya, que se estaban perdiendo el postre.
Los pasos se alejaron. La puerta del rellano volvió a cerrarse. Daniel contó hasta diez, despacio, antes de salir del vestidor.
—Despejado —susurró Ollie, con un alivio que no se molestó en disimular—. Tienes cuarenta segundos de margen extra sobre el límite original. Úsalos o piérdelos, tú decides.
—Tiempo —repitió Ollie, esta vez con más urgencia.
—Saliendo.
Volvió a bajar por el montaplatos con más cuidado que al subir, porque el peso añadido de la mochila cambiaba el equilibrio en los puntos de apoyo, y cruzó de nuevo el pasillo de servicio.
Esta vez lo hizo con el pulso ligeramente más alto de lo que le gustaba admitir, no por miedo —el miedo era una variable que había aprendido a gestionar hacía años, en circunstancias mucho peores que aquella— sino por la extraña excitación pura de sostener, contra el propio cuerpo, trescientos años de historia que en menos de una hora iban a desaparecer del mapa oficial del mundo.
Salió por la puerta de servicio a las nueve y cincuenta y ocho, dieciséis minutos después de haber entrado, cruzó los ocho pasos hasta el muro, sintió de nuevo el laurel rozándole el hombro, y saltó al callejón de servicio donde Callum ya tenía el motor encendido y la puerta trasera del coche abierta, sin necesidad de que ninguno de los dos dijera una sola palabra hasta que llevaban ya tres calles de distancia.
—Setenta y un segundos desde la alarma sísmica de reserva, si alguien la hubiera disparado —dijo Callum, mirando el retrovisor con la calma de quien ya ha calculado todas las salidas posibles antes incluso de que hicieran falta—. No la dispararon.
—No la disparamos —corrigió Daniel, quitándose los guantes, dejando que el aire frío de la ventanilla entreabierta le secara el sudor de las palmas—. Hay una diferencia.
—Alguien va a preguntarme algún día por qué llevo diecisiete meses sin ganarle una sola mano de póquer —dijo Ollie, sin volverse, todavía con la vista fija en la pantalla que apagaba—.
Porque esta es la misma cara que pone cuando acaba de robar trescientos años de historia y la que pone cuando acaba de robarme un farol de cuarenta libras.
La he estudiado, Callum, y no hay diferencia.
—Hay una diferencia —dijo Daniel, sin abrir los ojos, con la cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla—. En el póquer, al menos, os dejo ganar de vez en cuando.
—Eso —dijo Callum, sin apartar la vista de la carretera— es mentira, y los tres lo sabemos.
En el asiento delantero, Ollie ya había apagado dos de los tres portátiles y cerraba el tercero con la satisfacción tranquila de un hombre que sabía que su parte del trabajo había sido, una vez más, invisible e imprescindible a partes iguales.
Nadie en la fiesta de Lord Ashworth-Pryce notaría nada hasta la mañana siguiente, cuando un ama de llaves subiera a hacer el inventario semanal de la sala privada y encontrara, en el rectángulo de terciopelo más oscuro que el resto, un engranaje diminuto tallado a mano, en lugar de trescientos años de historia flamenca.
Y en algún rincón de una base de datos que ni Interpol ni el FBI compartían todavía con la fluidez que el caso merecía, alguien añadiría una entrada más al expediente de un ladrón conocido, en los círculos que se ocupaban de esas cosas, únicamente como El Relojero.