La firma del ladrón Capítulo 4
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Capítulo 4

El piso franco de Élise en París no estaba en el Marais, donde vivía de verdad bajo el nombre de Élise Favreau, restauradora de tapices con estudio propio y clientela discreta, sino en un tercer piso sin ascensor de Belleville, encima de una tienda de repuestos de bicicleta que cerraba a las siete y dejaba el edificio entero en un silencio que a Noor Haddad le parecía, según decía siempre, «el silencio perfecto para hackear sin que nadie oiga los gritos de frustración».

Noor estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, rodeada de tres pantallas conectadas a un único portátil mediante un despliegue de cables que solo ella entendía, vestida con una sudadera de un anime que Élise había dejado de intentar identificar hacía años y con el pelo negro recogido en dos coletas altas que, según la propia Noor, «mejoran el rendimiento cognitivo en un doce por ciento, es ciencia, búscalo».

Sobre la mesa baja, junto a una lata de refresco energético vacía y otras dos llenas, había impreso un plano del Hôtel de Vallombreuse, con anotaciones en cuatro colores distintos que solo tenían sentido dentro de la cabeza de Noor y que Élise había aprendido, con paciencia, a descifrar a lo largo de seis años trabajando juntas.

—¿Puedes entrar?

—Ya he entrado. —Noor giró el portátil con una sonrisa de quien ha resuelto un acertijo especialmente satisfactorio—.

Llevo dentro de esa red desde ayer por la tarde, con acceso de solo lectura, esperando el momento exacto para escribir en vez de solo leer.

El problema no es entrar. El problema es la sala donde está el cuadro.

Élise se acercó a la mesa, se sirvió un poco del té que llevaba preparando desde que había llegado, media hora antes, con las manos todavía manchadas del carboncillo que había usado esa misma mañana en Ginebra para dibujar, sin pensar en nada en particular, la silueta de un hombre inglés que catalogaba el mundo con la mirada.

Apartó ese pensamiento con la misma disciplina con la que apartaba cualquier distracción antes de un trabajo, y se inclinó sobre el plano.

—Estás rara —dijo Noor, sin levantar la vista del portátil, con esa capacidad suya de notar cambios de humor con la misma precisión con la que detectaba fallos de seguridad en una red ajena—. Más callada de lo normal. ¿Ha pasado algo en Ginebra?

—Nada ha pasado en Ginebra. Es solo un café.

—Llevas seis años siendo mi mejor amiga y jamás, ni una sola vez, me has hablado de «solo un café» con nadie. —Noor levantó por fin la vista, con una sonrisa que combinaba curiosidad genuina y la satisfacción particular de quien acaba de detectar una vulnerabilidad interesante—. ¿Cómo se llama?

—Daniel Wren. Restaurador de antigüedades, o eso dice él. —Élise se sentó frente al plano, evitando deliberadamente la mirada de Noor—. Inglés. Observador hasta un punto que resultaría inquietante en cualquier otra persona.

—¿Y en él no resulta inquietante?

—En él resulta... —Élise buscó la palabra durante un momento más largo del necesario— reconocible. Como mirarme en un espejo que decidiera, además, tener opiniones propias sobre lo que ve.

—Reconocible —repitió Noor, paladeando la palabra como si fuera un ingrediente nuevo en una receta que llevaba años cocinando—. Interesante elección, para alguien que lleva media vida siendo la persona menos reconocible de cualquier sala en la que entra.

—Por eso es interesante. —Élise se llevó la taza a los labios, aunque el té llevaba ya varios minutos frío—.

Todo el mundo que conozco finge ser alguien distinto de quien es.

Él también finge, lo sé, lo huelo en cada frase que dice sobre relojes y antigüedades.

Pero cuando me mira, no finge que no me está mirando.

Eso, en mi experiencia, no lo hace casi nadie.

—¿Y tú qué haces cuando te mira así?

—Finjo que no lo he notado. —Élise sonrió, esta vez sin ninguna reserva, la primera sonrisa completa que Noor le había visto en toda la tarde—. Se me da muy bien fingir, Noor. Es prácticamente mi segundo oficio.

Noor soltó una carcajada corta, sin malicia, y volvió a concentrarse en la pantalla, aunque el comentario se le quedó rondando por la cabeza el resto de la tarde, archivado en algún lugar junto a la sospecha, todavía informe, de que su mejor amiga estaba a punto de cometer el primer error verdaderamente peligroso de su carrera.

—La galería privada del segundo piso.

—Exacto. Sin ventanas al exterior, con acceso único desde la escalera principal, que durante la recepción va a estar llena de gente subiendo y bajando para ver la colección de porcelana china que van a exponer esa misma noche en el primer rellano, precisamente para que la gente no siga subiendo más allá.

—Noor señaló un punto del plano con el dedo—.

La galería tiene su propia cerradura electrónica, biométrica, huella dactilar del conde de Vallombreuse y de su hijo mayor únicamente.

Y una cámara interior que graba en local, sin conexión a la red, en un disco duro que está físicamente dentro de la propia sala.

—Entonces necesitamos entrar sin abrir la puerta, y necesitamos que la cámara no grabe nada útil, o que grabe algo que no nos delate.

—O ambas cosas. —Noor se levantó, estirando la espalda con un crujido audible, y caminó hasta la ventana, desde donde se veían los tejados grises de Belleville extendiéndose hacia el horizonte—.

Hay un conducto de ventilación antiguo que comunica la galería con el desván, instalado en el siglo diecinueve para el sistema de calefacción de vapor que ya no existe.

Lo tapiaron por dentro pero no por fuera, porque a nadie le pareció importante sellar un conducto que ya no lleva vapor a ningún sitio.

Es estrecho. Muy estrecho. Yo no cabría.

—Yo sí.

—Lo sé. Por eso llevo dos días midiéndolo centímetro a centímetro en las fotos del catastro.

—Noor se volvió hacia ella, con la sonrisa reemplazada, por un momento, por algo más serio—.

Cuarenta y un centímetros de ancho en el punto más estrecho.

Tú mides, según tu propia ficha médica falsa del gimnasio al que no vas nunca, treinta y ocho de hombro a hombro. Va justo. Muy justo.

—¿Cómo mides un conducto tapiado desde 1850 sin meter la cabeza dentro? —preguntó Élise, aunque conocía la respuesta casi tan bien como Noor, porque llevaba seis años viéndola trabajar.

—Con paciencia y con un dron de juguete al que le he soldado una cámara mejor de la que trae de fábrica.

—Noor sonrió con orgullo genuino—. Lo metí por la rejilla exterior una noche, hace diez días, disfrazada de operaria del ayuntamiento revisando el tejado.

Cuarenta y siete fotogramas, cotejados con el plano catastral de 1897, más un margen de error de dos centímetros por la humedad acumulada en la piedra.

No es magia. Es aritmética con mucha, mucha paciencia.

—Va bien —corrigió Élise, con la misma calma con la que hablaba siempre de los detalles que a cualquier otra persona le habrían provocado insomnio—. La cámara interior.

—Esa es la parte donde necesito que confíes en mí más de lo habitual.

—Noor volvió a sentarse, tecleó algo, y en la pantalla apareció un diagrama del sistema de grabación—.

El disco duro local sí está aislado de la red, pero se sincroniza una vez a la semana, los domingos a las tres de la madrugada, con un servidor en la nube que la empresa de seguridad usa para hacer copias de respaldo.

Es un agujero pequeñito, de apenas cuatro minutos, cada domingo, en el que el firmware del propio grabador se vuelve accesible desde fuera para completar la sincronización.

El jueves de la recepción no es domingo, así que no puedo entrar en remoto esa misma noche.

—Entonces la cámara grabará.

—Grabará. —Noor levantó un dedo, pidiendo paciencia—.

Pero voy a colarme en el firmware este domingo, tres días antes de la recepción, y voy a dejarle una instrucción con retardo: el jueves, a la hora exacta que tú me digas, el grabador va a repetir en bucle los noventa segundos anteriores en vez de grabar en tiempo real, durante exactamente el tiempo que necesites.

Nadie va a notarlo hasta que alguien revise el archivo fotograma a fotograma buscando algo muy concreto, y para entonces vamos a estar las dos muy lejos de París.

Élise sonrió, esa sonrisa poco frecuente que reservaba casi exclusivamente para los momentos en que Noor conseguía algo que sonaba a imposible con la misma naturalidad con la que otra persona anunciaría el pronóstico del tiempo.

Nunca dejaba de sorprenderla, después de seis años trabajando juntas, la facilidad con la que Noor convertía sistemas diseñados por ingenieros con títulos de universidades caras en simples ejercicios de paciencia; se habían conocido en un curso de restauración en la Sorbona al que Noor asistía, según explicaba siempre entre risas, «por error total, quería apuntarme a programación de sistemas embebidos y me metí en el aula equivocada, y ahí estabas tú, la única persona del curso que parecía tan aburrida como yo».

Aquel error de aula se había convertido, con los años, en la sociedad más rentable y más discreta del hampa artística europea, y ninguna de las dos había vuelto a cuestionar jamás la casualidad que las había unido.

Noor no hablaba casi nunca de su familia, salvo para mencionar, de pasada, que su padre había cruzado el Mediterráneo dos veces antes de que ella cumpliera diez años, primero desde Beirut y después desde una Marsella que tampoco terminó de quedarse con él, y que la única herencia que le había dejado, antes de que un infarto se lo llevara demasiado pronto, era la convicción de que ningún sistema —bancario, migratorio, de seguridad— merecía más respeto del que fuera capaz de ganarse.

Élise nunca preguntaba más de lo que Noor ofrecía.

Era, entre las dos, una de las pocas reglas no escritas.

Se sentó en el suelo, junto a ella, para estudiar juntas el resto del plano: los horarios del personal de seguridad privada contratado para la recepción, la ubicación exacta del cuadro dentro de la galería —un retrato pequeño, de una dama del siglo dieciocho con un abanico entreabierto, atribuido a un pintor cuya identidad exacta seguía discutiéndose entre historiadores del arte y que a Élise, personalmente, le importaba mucho menos que la calidad extraordinaria de las pinceladas en la seda del vestido—.

Repasaron también la ruta de salida, más sencilla que la de entrada, porque salir de una fiesta con una carpeta de dibujo bajo el brazo, vestida como una invitada más, no llamaba la atención de nadie que no supiera ya qué buscar.

—¿Y el boceto? —preguntó Noor, cuando ya llevaban una hora repasando detalles y el té de Élise se había enfriado sin que ella lo tocara—.

¿Vas a seguir dejándolo? Sabes que cada vez que lo dejas, alguien lo compara con el anterior y con el anterior a ese, y con cada comparación se acercan un poco más a entender algo sobre ti que no deberían entender.

—Lo sé. —Élise se llevó la mano a la mejilla, al mismo punto exacto donde esa mañana había llevado una mancha de carboncillo que un inglés observador había mirado sin decir nada durante tres semanas—. Y voy a seguir dejándolo de todos modos.

—¿Por qué?

—Porque es lo único de todo lo que hago que es completamente mío.

—Se quedó mirando el plano sin verlo realmente, con la mente ya a medio camino entre París y una plaza de Ginebra que no debería estarle ocupando espacio en la cabeza durante una planificación tan delicada—.

Robo objetos que fueron de otros, con métodos que aprendí de otros, en casas construidas por arquitectos que llevan siglos muertos.

El boceto es lo único que sale de mi propia mano y que no le pertenece a nadie más que a mí.

Si dejo de dejarlo, dejo de ser yo la que roba, y me convierto solo en alguien que hace bien un trabajo.

Y yo no quiero ser solo eso, Noor. Nunca he querido ser solo eso.

Noor no dijo nada durante un momento, y cuando habló, lo hizo con una suavidad poco habitual en ella, la misma que reservaba para las pocas ocasiones en que la fachada despreocupada de Élise dejaba pasar algo verdadero.

—Entonces déjalo. Pero un día de estos, alguien va a juntar tu firma con la del inglés que también deja la suya, y esa persona va a entender algo sobre los dos que ninguno de vosotros dos ha entendido todavía.

—¿Qué inglés?

—El Relojero. —Noor la miró con las cejas levantadas, con esa expresión de quien acaba de decir algo evidente que la otra persona debería haber deducido sola—.

Llevo semanas viendo que preguntan por los dos juntos en los mismos foros, Élise.

No hace falta ser Sherlock Holmes para notar que a ti se te ha cambiado la cara cada vez que sale su nombre.

Élise no contestó. Se limitó a doblar el plano con cuidado, guardarlo en la carpeta junto a los bocetos que sí eran solo bocetos, y a mirar por la ventana los tejados grises de Belleville, pensando, sin querer pensarlo, en unos ojos que catalogaban el mundo entero y que, según Noor acababa de sugerir sin proponérselo del todo, quizá llevaran semanas catalogándola también a ella desde una distancia mucho más corta de la que ella misma había calculado.

Noor la dejó con sus pensamientos el tiempo que tardó en recoger las tazas y llevarlas a la pila diminuta de la cocina americana, y cuando volvió encontró a Élise todavía junto a la ventana, con el plano ya olvidado sobre la mesa y la mano izquierda dibujando, sin carboncillo, sin papel, solo en el aire, la forma de algo que ninguna de las dos nombró en voz alta esa noche.

Algunas cosas, había aprendido Noor en seis años de amistad, se cuidaban mejor dejándolas respirar sin nombre, del mismo modo que un sistema de seguridad se vencía mejor dejándolo creer, durante el tiempo necesario, que nadie lo estaba mirando.