Capítulo 5
El jueves de la recepción, el Hôtel de Vallombreuse olía a cera de vela, a champán derramado en las escaleras de mármol, y al perfume denso de ciento setenta y dos invitados que llevaban dos horas circulando entre la colección de porcelana china del primer rellano y el bufé instalado en el salón de espejos.
Élise Favreau —vestida esa noche no de negro, sino de un azul oscuro casi indistinguible del negro bajo la luz de las arañas de cristal, con un vestido de corte sencillo comprado en tres tiendas distintas para que ninguna dependienta recordara el conjunto entero— subió al desván por la escalera de servicio que el personal usaba para acceder a los almacenes de mantelería.
Se quitó los zapatos de tacón en el rellano superior, los guardó doblados dentro de un bolso más grande de lo que la moda recomendaba, y avanzó descalza sobre las tablas de madera vieja del desván, sintiendo el frío y el polvo bajo las medias, hasta llegar al conducto de ventilación que Noor había medido centímetro a centímetro durante dos días enteros.
La rejilla exterior cedió con un chirrido tan leve que se perdió entre el sonido lejano de la orquesta de cámara que tocaba en el piso de abajo, y Élise se introdujo en el conducto de espaldas, con los brazos pegados al cuerpo, sintiendo la piedra fría rozarle los hombros por ambos lados a la vez, en un espacio tan estrecho que respirar hondo significaba, literalmente, quedar atascada.
Noor lo había repetido tantas veces por el auricular en los últimos tres días que Élise podía recitar de memoria cada medida: cuarenta y un centímetros en el punto más estrecho, treinta y ocho de hombro a hombro, tres centímetros de margen que en la teoría de un plano parecían generosos y que, en la práctica de un cuerpo real metido dentro de un tubo de piedra de siglo y medio, se sentían como ningún margen en absoluto.
Había practicado el mismo gesto de hombros —encogidos hacia dentro, la clavícula rotada un cuarto de vuelta— cada noche de la última semana, tumbada en el suelo de su piso de París, hasta que el cuerpo dejó de protestar y empezó, simplemente, a obedecer.
—Estás dentro —susurró Noor en el auricular, desde la furgoneta aparcada dos calles más allá, con la voz tensa de quien lleva calculando ese mismo tramo del plan durante días enteros—.
Cuarenta y un centímetros exactos. Si te quedas atascada, tardaré cuatro minutos en llegar hasta ahí, y para entonces la orquesta habrá terminado el segundo movimiento y alguien podría notar que faltas.
—No voy a quedarme atascada.
—Nunca dices que sí a esa pregunta ni aunque estés a punto de quedarte atascada.
—Porque nunca me quedo atascada, Noor.
Avanzó centímetro a centímetro, con los codos doblados justo delante del pecho porque no había espacio para extender los brazos hacia ningún otro lado, contando en voz baja dentro de su propia cabeza los metros que Noor había calculado —seis metros hasta la primera curva, cuatro más hasta la rejilla interior que daba a la galería—, sintiendo cómo el polvo de siglo y medio se le pegaba al vestido y a la piel del cuello.
El conducto olía a hierro oxidado y a algo más antiguo, casi mineral, el olor concreto de un espacio que ningún ser humano había vuelto a respirar desde que las calderas de vapor dejaron de funcionar.
En la curva, el hombro derecho se le encajó contra la piedra con una fuerza que le arrancó una mueca silenciosa, y tuvo que exhalar todo el aire de los pulmones para ganar los escasos milímetros que necesitaba para continuar.
Era un truco que había aprendido años atrás, en un conducto mucho más corto pero igual de estrecho en Milán, y que desde entonces practicaba, sin que nadie lo supiera, tumbada en el suelo de su propio piso una vez al mes, para que el cuerpo no olvidara nunca cómo hacerse más pequeño de lo que era.
Notó el pulso latiéndole en las sienes, no de miedo, sino de la concentración pura y física que exigía cada centímetro de avance, hasta que la mano derecha, extendida hacia delante en la oscuridad casi total, tocó por fin el metal frío de la rejilla interior.
—Llegué.
—El bucle empieza en veinte segundos. Cuando te diga «ahora», la cámara está viendo noventa segundos de pasillo vacío repetidos.
Tienes tres minutos exactos antes de que el firmware vuelva a grabar en tiempo real, y ni un segundo más, porque no puedo forzar el retardo sin arriesgarme a que el sistema entero se reinicie y empiece a mandar alertas.
—Recibido.
—Ahora.
Élise empujó la rejilla interior, más floja que la exterior porque nadie la había revisado en décadas, y se dejó caer sobre la moqueta de la galería con un movimiento tan silencioso como pudo lograr un cuerpo entero cayendo un metro y medio en un espacio cerrado.
Se puso en pie, respirando hondo por primera vez en varios minutos, y contempló, durante los dos segundos que se permitió de puro placer profesional antes de ponerse a trabajar, la galería privada de los Vallombreuse: quince cuadros dispuestos en dos hileras, marcos dorados que databan de tres siglos distintos, y una alfombra persa cuyo valor por sí sola habría bastado para financiar el resto de su vida.
En el centro exacto de la pared que quedaba de frente a la puerta colgaba el retrato pequeño de la dama del abanico entreabierto, iluminado por un foco cenital que alguien había instalado, con excelente criterio museístico, para acentuar precisamente las pinceladas en la seda que a Élise le habían quitado el sueño desde la primera fotografía que había visto de la pieza.
Se acercó al cuadro antes de tocarlo, como hacía siempre con cualquier pieza que fuera a restaurar de verdad, y por un segundo, uno solo, permitió que la ladrona se apartara y dejara paso a la restauradora: estudió el barniz oxidado en las esquinas, la grieta fina que corría diagonal desde el hombro de la dama hasta el borde del abanico, el modo en que el pintor había resuelto la transparencia de la seda con capas superpuestas de blanco de plomo que ya casi nadie sabía mezclar igual.
Pensó, fugazmente y sin querer, en un hombre que hacía lo mismo con relojes rotos en un taller de Bermondsey que ella nunca había visto, y en si él, delante de un mecanismo, sentiría la misma tentación de detenerse un segundo de más solo para admirar el trabajo antes de deshacerlo.
Apartó el pensamiento con la misma disciplina de siempre y volvió a ser, en el espacio de un parpadeo, solo la ladrona.
No había vitrina blindada —los Vallombreuse confiaban en la puerta biométrica y en la propia dificultad de acceso a la galería más que en cualquier protección adicional sobre las obras individuales, un error de cálculo que Élise agradecía en silencio cada vez que se topaba con él—, y descolgó el cuadro del gancho con las dos manos, sintiendo el peso equilibrado del marco de madera tallada, más pesado el marco que el propio lienzo, como pasaba casi siempre con las piezas de esa época.
Lo envolvió en una funda que llevaba plegada contra la espalda, bajo el vestido, sujeta con cintas elásticas que le habían dejado marcas rojas en la piel durante las dos horas que llevaba llevándola puesta, y lo guardó dentro de una mochila plana que también había llevado oculta bajo la tela azul oscuro del vestido, un diseño que Noor había cosido a mano específicamente para esa noche, con el forro reforzado para que ningún borde del marco se marcara a través de la tela exterior.
Sacó entonces, de un bolsillo interior cosido a la altura de la cadera, un pequeño estuche de metal, y de él, un trozo de carboncillo envuelto en papel para que no le manchara los dedos antes de tiempo.
Se arrodilló frente al rectángulo más claro de papel pintado que el marco había dejado al descolgarse, y dibujó, con trazos rápidos pero seguros, sin necesidad de boceto previo porque llevaba dibujando esa misma flor desde que tenía catorce años.
Era una anémona abierta, con los pétalos ligeramente desiguales, tal y como crecían de verdad en el jardín de la casa de su abuela en la Provenza, no la versión perfecta y simétrica que cualquier ilustrador comercial habría dibujado, sino la versión real, con una imperfección deliberada en el pétalo inferior izquierdo que se había convertido, sin que ella lo planeara al principio, en la firma dentro de la firma.
Estaba a punto de guardar el carboncillo cuando el pomo de la puerta de la galería giró, un cuarto de vuelta, con el chirrido metálico apenas perceptible que solo alguien entrenado para reconocer ese tipo de sonido habría captado por encima de la música lejana.
Élise se quedó completamente inmóvil, agachada junto al rectángulo de papel pintado, con el corazón latiéndole de golpe contra las costillas, mientras calculaba, en menos de un segundo, las opciones disponibles: el conducto quedaba a seis metros, demasiado lejos para llegar sin ser vista si la puerta llegaba a abrirse; el único escondite razonable era el hueco entre un armario alto de época y la pared, apenas cuarenta centímetros de sombra.
Se movió hacia el hueco sin hacer ruido, calculando en la cabeza cuánto tardaría en llegar si el segundo giro del pomo se convertía en una puerta abierta de verdad: dos segundos para cruzar la distancia, uno más para encajarse en la sombra, ninguno de sobra si alguien encendía la luz general de la sala antes de que ella terminara de esconderse.
Se preguntó, con una parte de la cabeza que no debería haber tenido tiempo para preguntarse nada, si Daniel alguna vez se escondía así, o si su control era tan absoluto que nunca llegaba a necesitarlo.
—Noor, tengo un problema.
—La puerta biométrica no puede haberse activado, el sistema sigue mostrándome estado de reposo.
—No es la puerta electrónica. Alguien está probando el pomo desde fuera, a mano.
Un segundo giro, más firme que el primero, y después voces —dos hombres, hablando en voz baja, uno de ellos quejándose de que «el viejo siempre cierra esta sala con doble seguro, ni siquiera nosotros tenemos la huella autorizada»— que se alejaron, tras un instante que a Élise le pareció interminable, escaleras abajo, de vuelta hacia el bullicio de la recepción.
Personal de seguridad haciendo una ronda rutinaria, no un invitado curioso ni, mucho menos, alguien que hubiera detectado nada fuera de lugar; simple mala suerte de horario, el tipo de coincidencia que ni el plano más meticuloso ni la vigilancia previa más exhaustiva podían haber previsto.
Élise soltó el aire que había estado conteniendo, terminó el trazo del pétalo inferior izquierdo con la mano temblándole ligeramente más de lo que le habría gustado, y guardó el carboncillo.
—Un minuto —avisó Noor, con la voz todavía tensa por lo que acababa de oír a través del auricular.
Élise guardó el carboncillo, se puso en pie, y volvió a la rejilla interior del conducto, esta vez ayudándose de una pequeña cuerda que había dejado atada a un gancho del propio conducto durante el trayecto de entrada, precisamente para no depender solo de la fuerza de los brazos en el momento de subir de vuelta con el peso añadido de la mochila.
El ascenso fue más lento que la bajada, más doloroso en los hombros, con el marco de madera clavándose en la espalda a cada movimiento, pero salió por la rejilla exterior con treinta y ocho segundos de margen sobre el límite que Noor le había marcado.
Se puso de nuevo los zapatos de tacón en el rellano del desván, se recolocó el vestido con dos gestos rápidos frente a un espejo cubierto de polvo, y bajó por la escalera de servicio.
En el rellano del primer piso se mezcló con un grupo de invitados que admiraban en voz alta la colección de porcelana china, sin sospechar que la mujer del vestido azul oscuro que se unió a ellos durante casi un minuto entero llevaba, bajo la tela, trescientos años de historia francesa y una anémona recién dibujada en la memoria de una pared vacía.
Salió del Hôtel de Vallombreuse por la puerta principal, entre dos parejas que se despedían del anfitrión con la efusividad propia del champán de después de medianoche, y cruzó la calle hasta un taxi que no había pedido pero que llevaba diez minutos esperando exactamente en ese punto por orden de Noor.
Solo cuando el coche arrancó, dejando atrás las luces doradas del hôtel particulier, se permitió apoyar la cabeza contra el cristal frío de la ventanilla y soltar, por fin, el aire que llevaba conteniendo, sin darse del todo cuenta, desde el momento en que había tocado por primera vez el metal helado de la rejilla interior.
—Perfecto —dijo Noor en el auricular, con un tono de orgullo que no se molestaba en disimular—. Absolutamente perfecto. Diecisiete minutos desde que entraste en el conducto hasta que saliste por la puerta principal con una copa de champán en la mano que ni siquiera te vi coger.
—Se aprende, con el tiempo.
—Lo que no se aprende es a decirme por qué, cuando el taxista te ha preguntado adónde ibas, has dicho «a cualquier sitio lejos de aquí» en vez de darle la dirección del piso franco.
Élise no contestó de inmediato. Miró por la ventanilla las calles de París deslizándose en la oscuridad, con la mochila todavía pegada al pecho como si soltarla significara soltar también algo mucho más difícil de nombrar, y pensó, sin poder evitarlo, en un café con espejo veneciano de Ginebra, y en un hombre que probablemente estaría, en ese mismo instante, catalogando alguna otra cosa que no era ella, aunque una parte pequeña y terca de su cabeza insistiera en creer que sí.
Se preguntó si algún día se atrevería a contarle la verdad completa —no la del restaurador de antigüedades ni la de la restauradora de tapices, sino la otra, la que llevaba un engranaje de latón y una anémona a carboncillo como firma— y si, al oírla, él se apartaría de la mesa del rincón para siempre o, simplemente, sonreiría como quien por fin encuentra la pieza que le faltaba a un mecanismo que llevaba tres semanas sin terminar de entender.
No supo responderse a sí misma. Guardó la pregunta en el mismo lugar donde guardaba todo lo que no podía permitirse sentir todavía.
—Cansancio —dijo por fin—. Solo cansancio.
Noor no la creyó, y no lo disimuló, aunque tuvo la decencia, esa noche, de no insistir más.