La firma del ladrón Capítulo 6
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Capítulo 6

La sede de Interpol en Lyon ocupaba un edificio de cristal y hormigón junto al Ródano que, según la agente especial Elena Vasko había pensado la primera vez que lo vio, seis años atrás, se parecía más a la sede europea de una aseguradora que al centro neurálgico de la cooperación policial internacional, y esa impresión no había hecho más que confirmarse cada una de las catorce veces que había vuelto desde entonces.

Llevaba dos días allí, en una sala de reuniones del tercer piso con vistas al río que nadie tenía tiempo de admirar, rodeada de carpetas físicas que insistía en imprimir a pesar de que el sistema digital compartido funcionaba perfectamente, porque prefería ver los expedientes uno junto a otro sobre una mesa que navegar entre pestañas de un monitor, un hábito que sus colegas más jóvenes del FBI consideraban anticuado y que a ella, sinceramente, le importaba muy poco lo que consideraran.

Sobre la mesa, ordenados en el mismo patrón metódico que llevaba usando desde el primer día, tenía los informes técnicos de ambos golpes: en Belgravia, el sistema de alarma había quedado neutralizado durante un margen de cuarenta y un segundos exactos, tiempo suficiente y ni uno más para descolgar el óleo de su marco sin activar el sensor de movimiento secundario, un margen que solo alguien capaz de calcular con esa precisión el tiempo de respuesta de un sistema concreto podía permitirse sin margen de error.

En Le Marais, la lógica era distinta pero igual de disciplinada: quien entró desconectó únicamente el circuito de la sala donde colgaba la pieza, dejando alarmado el resto de la vivienda, una discriminación quirúrgica que exigía conocer de antemano la arquitectura exacta del cableado interno, no solo la ubicación de la caja general.

Elena había subrayado ambos datos en rojo, dos veces cada uno, porque ese tipo de conocimiento previo no se improvisaba en una sola visita de reconocimiento.

Sobre la esquina de la mesa, apoyada contra su propio ordenador portátil de un modo que cualquier colega habría considerado poco profesional si se hubiera atrevido a comentarlo, Elena mantenía una fotografía en blanco y negro, pequeña, con los bordes desgastados por seis décadas de manoseo.

En ella, su abuelo Yevhen, de treinta y pocos años, posaba de pie frente a una vitrina del Museo Nacional de Arte de Kýiv, con el orgullo tranquilo de un hombre que todavía no sabía que la mitad de aquella colección desaparecería, dispersada por saqueos y por guerras que ni siquiera había empezado a imaginar, antes de que él mismo cumpliera cincuenta años.

Elena no necesitaba mirar la fotografía para recordar la historia; la llevaba consigo a cada expediente nuevo, no como amuleto sentimental, sino como recordatorio funcional de que detrás de cada hueco vacío en una pared había siempre una historia de pérdida que nadie, en ningún informe policial, se molestaba jamás en documentar del todo.

—Belgravia y Le Marais —dijo, extendiendo sobre la mesa dos carpetas una junto a otra, con las fotografías de las respectivas escenas del crimen colocadas de manera que los dos huecos vacíos en la pared —el rectángulo de terciopelo oscuro de Londres, el rectángulo de papel pintado descolorido de París— quedaran alineados, casi como si fueran la misma imagen duplicada—.

Dieciocho días de diferencia. Dos países distintos, dos sistemas de seguridad completamente distintos, dos métodos de entrada que no comparten ni una sola característica técnica en común. Y sin embargo.

—Y sin embargo —repitió el capitán Julien Astier, su homólogo en la Office Central de Lutte contre le Trafic des Biens Culturels, un hombre de sesenta años con la paciencia curtida de tres décadas persiguiendo antigüedades robadas por medio mundo, que había accedido a compartir la sala de reuniones con una desconfianza inicial hacia el FBI que Elena había tardado dos días enteros en limar hasta dejarla casi irrelevante—, ambos ladrones dejaron una firma.

Un objeto en un caso, un dibujo en el otro.

Ninguna huella dactilar, ningún resto de ADN utilizable, ninguna imagen de cámara que muestre un rostro reconocible.

Profesionales de un nivel que rara vez vemos, y que casi nunca vemos actuar con tanta cercanía cronológica entre sí sin que exista, hasta donde sabemos, ninguna relación entre ambos.

—Ahí es donde discrepo. —Elena sacó de su propia carpeta una impresión de las capturas de pantalla que su equipo técnico había obtenido, con autorización judicial, de un foro cerrado dedicado a la compraventa de piezas fuera del mercado legal, el mismo foro que Ollie había estado vigilando desde el otro lado con muchísima menos autorización—.

Llevamos catorce meses monitorizando este foro.

Y en los últimos catorce meses, cada vez que aparece una pregunta sobre El Relojero, aparece, entre dos y cuatro semanas después, una pregunta parecida sobre La Musa.

No estamos ante dos ladrones que actúan por casualidad en fechas cercanas.

Estamos ante dos ladrones que alguien, o algo, está comparando de manera sistemática.

Y llevo dos días preguntándome si esa comparación viene de un comprador con curiosidad morbosa, o de alguien que está evaluando a ambos como el mismo tipo de amenaza, o de oportunidad, para algo mucho más grande de lo que ninguno de los dos parece sospechar todavía.

Astier se inclinó sobre las capturas y se ajustó las gafas, un gesto que Elena ya había aprendido a reconocer como su manera particular de tomarse en serio un argumento.

—¿Tiene usted una teoría, agente Vasko, o solo una sospecha?

—Tengo una sospecha con muy buenos modales.

—Se permitió, por primera vez en dos días, algo parecido a una media sonrisa, cansada pero genuina—.

Y tengo, además, autorización de mis superiores en Washington para proponerle a usted, y a través de usted a Interpol, la creación de un equipo conjunto, permanente mientras dure la investigación, con acceso compartido a ambos expedientes y a cualquier otro que aparezca con características similares.

No estoy pidiendo jurisdicción, capitán.

Estoy pidiendo que dejemos de comparar notas por correo electrónico con tres días de retraso y empecemos a trabajar en la misma sala.

—Mis superiores en París van a preguntarme por qué el FBI tiene tanto interés repentino en dos robos europeos que no involucran a ningún ciudadano ni a ninguna institución estadounidense.

—Porque el óleo de Belgravia perteneció, antes de 1946, a una colección que un tribunal alemán sigue investigando como posible expolio de guerra, lo cual activa un tratado de cooperación que mis superiores conocen mejor que yo misma.

—Elena cerró la carpeta con un gesto que dejaba claro que esa respuesta llevaba preparada desde antes de entrar en la sala—.

Y porque, capitán, con todo el respeto que me merece su experiencia, dos ladrones de este calibre actuando con esta cercanía y sin conexión aparente no son un problema europeo ni un problema americano.

Son un problema de todo el mundo que se dedica a esto, y cuanto antes lo tratemos así, antes dejaremos de perseguirles con tres semanas de retraso constante.

Astier se quedó en silencio un momento, mirando las dos fotografías —el engranaje diminuto sobre el terciopelo oscuro, la anémona de trazos irregulares sobre el papel pintado descolorido—, y algo en su expresión, una mezcla de fatiga profesional y de un respeto que costaba ganarse pero que una vez ganado se mantenía con firmeza, le dijo a Elena que había cruzado la línea que llevaba dos días intentando cruzar.

—Le doy tres meses de equipo conjunto, agente Vasko. Con revisión trimestral y con la condición de que cualquier detención en suelo francés se coordine, en todo momento, con mi oficina.

—Trato hecho.

—Antes de que llame a nadie —añadió Astier, ya de pie, con la mano apoyada en el respaldo de su silla—, quiero una cosa clara. Mi gente entra en la base de datos del FBI con las mismas condiciones con las que la suya entra en la nuestra. Sin excepciones, sin favores especiales para Washington.

—No esperaba menos, capitán. —Elena empezó a recoger sus propias carpetas, alineando los bordes con la misma precisión con la que las había colocado sobre la mesa dos días antes—.

Y necesitaré, además, acceso a los archivos de vigilancia municipal de las dos últimas semanas en ambos barrios, aunque las cámaras no muestren ningún rostro reconocible.

A veces lo que no se ve dice tanto como lo que se ve: un coche que pasa dos veces, una furgoneta aparcada más tiempo del que debería.

—Se lo conseguiré para mañana por la tarde. —Astier se detuvo en la puerta, y por un instante pareció que iba a añadir algo más, antes de decidir que no era el momento—. Bienvenida al equipo, agente Vasko. Espero que su instinto valga lo que cuesta este favor.

Cuando Astier salió de la sala para hacer las llamadas necesarias, Elena marcó el número de su supervisor en Washington, Marcus Deel, jefe de sección del Art Crime Team, un hombre que llevaba veintidós años en el FBI y que había aprendido, con ella, a distinguir entre las corazonadas que merecían recursos y las que no.

—Astier ha aceptado el equipo conjunto —dijo, en cuanto la línea se conectó, sin perder tiempo en cortesías que ambos consideraban innecesarias entre ellos—. Tres meses, revisión trimestral.

—¿Y el ángulo del expolio de guerra aguanta el escrutinio, si alguien en Berlín decide hacer preguntas incómodas?

—Aguanta. El tribunal alemán lleva el caso abierto desde 2019, y la pieza de Belgravia figura, aunque sea de forma tangencial, en su lista de objetos bajo investigación de procedencia. No es una excusa inventada, Marcus. Es real, y es suficiente.

—Bien. —Una pausa, breve, del tipo que Elena había aprendido a interpretar como la antesala de una pregunta que su jefe no formulaba a la ligera—. ¿Y el resto? La sensación que me describiste por escrito, sobre un tercer actor comparando a los dos ladrones.

—Sigue ahí. Más fuerte, si acaso, después de ver las capturas del foro con Astier delante. No tengo pruebas de una amenaza concreta todavía, pero tengo un patrón que no me gusta nada.

—Entonces sigue el patrón, agente Vasko. Para eso le pago la sala con vistas al Ródano que nunca tiene tiempo de mirar.

—Necesitaré un analista financiero a tiempo completo antes de que termine el mes, si esto crece como sospecho —dijo Elena, calculando ya los próximos pasos antes incluso de haber colgado—.

Nadie en mi equipo actual tiene la formación para rastrear estructuras societarias fuera de Estados Unidos con la rapidez que esto va a exigir.

—Pídalo por escrito y lo tendrá aprobado en una semana. No es la primera vez que pide recursos por una corazonada, Vasko, y hasta ahora no se ha equivocado ni una sola vez.

—Hay una primera vez para todo, Marcus.

—Rece porque no sea esta.

Elena colgó con algo parecido a una sonrisa, la primera en dos días, y se quedó un momento más frente a las dos fotografías, sola, con el murmullo lejano del Ródano colándose apenas por la ventana entreabierta.

Extendió la mano y tocó, sin tocarlo realmente, el borde de la fotografía del engranaje, pensando en las palabras exactas que su abuelo había usado siempre, en ucraniano, para describir a los hombres que se llevaban obras de arte de los sitios donde debían quedarse: no ladrones, decía Yevhen Vasko, sino secuestradores de memoria, porque cada obra robada no solo desaparecía del muro donde colgaba, sino que se llevaba consigo una parte de la historia de todos los que alguna vez la habían mirado.

No sabía, todavía, que uno de esos dos secuestradores de memoria desayunaba cada mañana laborable en una plaza de Ginebra con el otro, sin que ninguno de los dos supiera quién era realmente el que tenía enfrente.

No sabía, tampoco, que en algún lugar de Europa del Este, un hombre llamado Pavel Nikitin llevaba semanas siguiendo el mismo hilo del mismo foro que ella acababa de mostrarle a Astier.

Su interés nada tenía que ver con la curiosidad profesional de un investigador; tenía mucho, en cambio, con la codicia fría de alguien que había empezado a preguntarse cuánto dinero podía sacarle a dos ladrones lo bastante buenos como para robar sin dejar rastro, si conseguía averiguar antes que nadie quiénes eran de verdad.

Elena Vasko cerró las dos carpetas, las guardó en su maletín, y se quedó mirando, un instante más, el reflejo de su propia cara en el cristal oscuro de la ventana, superpuesto sobre las luces de Lyon que empezaban a encenderse con la caída de la tarde.

Antes de marcharse, repasó una vez más las capturas del foro, deteniéndose en los detalles técnicos que sus analistas habían resaltado en amarillo: los mensajes sobre El Relojero llegaban siempre entre las diez de la noche y la una de la madrugada, hora de Europa central, mientras que los mensajes sobre La Musa se concentraban, con una regularidad casi idéntica, en la misma franja horaria, un patrón compartido que ni Elena ni sus analistas habían sabido explicar todavía, pero que anotó, subrayándolo dos veces, como la primera pregunta que plantearía a su nuevo equipo conjunto la mañana siguiente.

Llevaba nueve años persiguiendo a gente que robaba cuadros, y por primera vez en mucho tiempo tuvo la certeza, incómoda y precisa, de que el caso que acababa de aceptar no iba a parecerse a ninguno de los anteriores.