Capítulo 7
Volvió a verla un martes, no un jueves como habría sido lo habitual según el patrón de tres semanas que Daniel llevaba registrado sin proponérselo en algún compartimento de la memoria que no lograba desactivar del todo, y el hecho de que notara la diferencia de día antes incluso de notar que había vuelto a sentarse frente a él le pareció, durante un segundo entero, un dato preocupante sobre sí mismo.
Llevaba una lista mental, no escrita en ninguna parte porque escribir ese tipo de cosas violaba todos los principios de compartimentación que se había impuesto años atrás, de los detalles que Élise Favreau dejaba caer sin darse cuenta: el modo en que doblaba la servilleta en tres partes iguales antes de dejarla sobre el regazo, el segundo y medio exacto que tardaba en decidir si añadir o no una cucharada de miel al té, la costumbre de girar la taza noventa grados antes del primer sorbo, como si estuviera comprobando que el asa quedaba orientada hacia la mano correcta.
Ninguno de esos detalles, por separado, significaba nada.
Juntos, alineados con la disciplina de un hombre acostumbrado a leer mecanismos antes que personas, empezaban a formar el contorno de alguien tan metódico como él mismo, y esa idea, más que cualquier otra, era la que llevaba tres semanas quitándole el sueño.
Élise llevaba puesta una chaqueta que él no le había visto antes, de un verde oscuro que le sentaba bien contra el pelo, y las manos, por primera vez desde que la conocía, sin ninguna mancha visible de carboncillo, un detalle tan fuera de lugar que a Daniel le costó un par de segundos identificar por qué la mesa le parecía distinta antes de darse cuenta de qué faltaba.
Había pasado los quince días de su ausencia diciéndose, cada mañana, que su presencia en aquella mesa junto a la ventana no dependía de si ella aparecía o no, y cada mañana se había sentado, puntual, a las siete y cinco, con el mismo ritual exacto de siempre, para descubrir, con una irritación que le costaba admitir incluso ante sí mismo, que el café sabía distinto sin la posibilidad de que la puerta de cristal esmerilado se abriera con sus dos campanadas desiguales.
El décimo día había estado a punto de preguntarle a Marguerite, fingiendo una naturalidad que no habría engañado a nadie, si sabía algo de la clienta del pelo oscuro y las manos manchadas, y solo el orgullo, ese mismo orgullo que le había servido durante quince años para no depender de nadie, lo había disuadido de preguntarlo en voz alta.
—Se ha limpiado las manos —dijo, a modo de saludo, en vez de cualquiera de las frases de cortesía que llevaba semanas usando.
—Observador hasta el final. —Élise se sentó, dejó la carpeta en el suelo junto a la silla en vez de sobre la mesa, un cambio pequeño que Daniel también registró—.
He estado quince días fuera, ya se lo dije.
El tapiz terminó siendo más sencillo de lo que esperaba, así que he tenido tiempo de sobra para quitarme el carboncillo antes de volver.
—¿Y el sueño? El de la casa ajena.
Ella lo miró un momento antes de contestar, sorprendida de que él lo hubiera recordado con exactitud, palabra por palabra, después de dos semanas y con la fingida indiferencia de un hombre que tres semanas atrás apenas le dedicaba más de dos frases seguidas.
—No he vuelto a tenerlo. —Mentira parcial: lo había tenido, la misma noche del golpe de París, con una variación nueva en la que la casa ajena tenía, en algún rincón que el sueño nunca llegaba a mostrar con claridad, un hombre de ojos grises que la observaba sin decir nada—.
¿Y usted, monsieur Wren? ¿Sigue soñando con inventarios?
—Últimamente sueño con engranajes.
—Qué específico.
—Es un oficio que se me ha metido dentro más de lo que me gustaría admitir.
Marguerite trajo el café y el té sin que hubiera hecho falta pedirlos, con el mismo nudo torcido en el delantal, la misma economía de sonrisa.
Durante un momento ninguno de los dos dijo nada, sentados el uno frente al otro con la luz de la mañana entrando oblicua por la ventana y proyectando, sobre el mantel de cuadros, una sombra alargada del espejo veneciano que dividía la mesa exactamente por la mitad, de manera que la mano de Daniel quedaba en la parte iluminada y la de Élise en la parte de sombra.
Ninguno de los dos comentó el detalle, pero ambos, por separado, lo notaron con una precisión casi incómoda.
—Tengo una pregunta —dijo Élise, al fin, girando la taza de té entre los dedos sin llevársela a los labios—. Y quiero que me conteste con sinceridad, aunque sea la primera vez en tres semanas que se lo pido.
—Adelante.
—¿Por qué viene aquí cada mañana? Y no me diga que a desayunar, porque un hombre que desayuna solo no elige la misma mesa junto a la ventana durante tres semanas seguidas si no espera que alguien concreto vuelva a sentarse frente a él.
Daniel sostuvo su mirada más tiempo del que era estrictamente cómodo, calculando —porque él calculaba incluso las respuestas que salían del corazón, aunque no le gustara reconocer que tenía algo tan poco profesional como un corazón que calcular— cuánta verdad podía permitirse decir sin decir, al mismo tiempo, ninguna de las verdades que de verdad importaban.
—Vengo porque hace tres semanas una mujer con carboncillo en la cara me dijo que llevaba tres semanas mirándola como si estuviera catalogando una pieza de museo. Tenía razón. No he encontrado ninguna razón lo bastante buena para dejar de hacerlo.
Élise no dijo nada durante un segundo entero, y en ese silencio Daniel vio, con la misma precisión con la que veía cualquier otro detalle del mundo, algo que se le movía por detrás de los ojos, una grieta pequeña en la fachada calculada que ella llevaba tres semanas manteniendo perfecta.
—Eso ha sido casi honesto —dijo por fin, con la voz un poco más baja de lo habitual—. Me sorprende usted, monsieur Wren.
—A mí también me sorprendo, mademoiselle Favreau, se lo aseguro.
—Cene conmigo esta noche.
Lo dijo con la misma naturalidad con la que habría pedido otro té, sin darle a la frase ninguna ceremonia especial, aunque el pulso, bajo la manga de la chaqueta verde oscuro, le latía en ese momento más deprisa de lo que le habría gustado admitir ni siquiera a sí misma.
Era una propuesta que rompía todas las reglas no escritas que se había impuesto años atrás sobre no dejar que nadie se acercara lo suficiente como para hacer preguntas incómodas, y sin embargo la había pronunciado antes de darse cuenta siquiera de que iba a hacerlo, como si alguna parte de ella hubiera decidido, sin consultar con el resto, que las reglas de esta vez merecían al menos una excepción a prueba.
—¿Esta noche?
—A menos que tenga usted otro inventario aburrido que catalogar.
Daniel se tomó un segundo, dos, antes de contestar, y en ese segundo repasó mentalmente, con la misma velocidad con la que repasaba los planos de una casa antes de entrar en ella, todas las razones por las que aceptar era una idea terrible: no sabía nada de verdad sobre esa mujer más allá de un oficio inventado y una mancha de carboncillo, y cualquier persona que se le acercara con tanta intención podía ser, en teoría, una amenaza profesional disfrazada de interés romántico.
Llevaba, además, quince años construyendo una vida entera sobre el principio de no confiar en nadie que no se hubiera ganado esa confianza con años de pruebas verificables.
Repasó todas esas razones, y las descartó todas, una por una, con la misma facilidad con la que descartaba una cerradura mal instalada.
—No tengo ningún inventario esta noche.
—Entonces a las ocho. Hay un restaurante en la Rue de la Corraterie, pequeño, sin ninguna pretensión, que sirve la mejor fondue de queso de todo el cantón, según su propio dueño, que es la persona menos objetiva del mundo sobre ese tema y que sin embargo tiene razón.
—Allí estaré.
Daniel pasó el resto de la mañana, en el pequeño taller que mantenía como tapadera a dos calles del café, incapaz de concentrarse en la restauración de un reloj de sobremesa del siglo XVIII que llevaba semanas esperando su atención, la mente ocupada en un ejercicio que no se permitía casi nunca: imaginar, sin ningún propósito operativo, cómo sería esa noche, qué preguntas haría, cuáles evitaría, qué versión exacta de sí mismo —la más verdadera que pudiera permitirse sin comprometer quince años de disciplina— decidiría mostrarle a una mujer de la que, hasta ese momento, solo conocía el nombre falso y la forma de sus manos.
Ella se levantó, dejó las monedas de siempre sobre la mesa, y antes de darse la vuelta se quedó un momento más de lo necesario, mirándolo de un modo que Daniel no supo bien cómo interpretar, mezcla de triunfo y de algo parecido al vértigo.
—Una cosa más, monsieur Wren.
—Dígame.
—Si esta noche resulta que es usted tan aburrido como sus inventarios, no volveré a sentarme en esta mesa.
—Y si resulta que usted es tan interesante como parece, tendré que empezar a preocuparme seriamente por mi rutina matutina.
Salió del café con la sonrisa completa que él ya había visto una vez, semanas atrás, y que en cada una de las escasas ocasiones en que aparecía le cambiaba la cara entera de un modo que Daniel encontraba, se lo confesara a sí mismo o no, considerablemente más peligroso que cualquier sistema de seguridad que hubiera desactivado en su vida profesional.
Marguerite se acercó a retirar la taza vacía de Élise, y se quedó un momento más de lo habitual junto a la mesa, con esa mirada de quien lleva treinta años sirviendo cafés y ha aprendido a leer, en los gestos de los clientes, cosas que ellos mismos todavía no se han confesado.
—Lleva usted tres semanas esperándola cada mañana, monsieur Wren, y hoy es la primera vez que la veo marcharse sonriendo así.
—No sé de qué me habla, Marguerite.
—Claro que no. —La mujer recogió el platillo con la misma economía de gestos con la que hacía todo lo demás, aunque en la comisura de los labios se le dibujó algo parecido a una sonrisa cómplice—.
Llevo cuarenta años en este oficio, joven.
He visto a cientos de personas sentarse en esa silla, y muy pocas veces he visto a alguien mirar a otra persona del modo en que usted la mira a ella.
Tenga cuidado con eso. La gente que mira así rara vez sabe protegerse a tiempo.
Se alejó hacia la barra sin esperar respuesta, dejando a Daniel con la sensación incómoda de que una camarera de sesenta y tantos años, sin ningún entrenamiento profesional más allá de cuatro décadas sirviendo café en la misma plaza, acababa de leerle algo que ni él mismo se había atrevido a nombrar en voz alta.
Fuera, la plaza empezaba a llenarse del ajetreo ordenado de las nueve de la mañana: un repartidor maniobrando una furgoneta blanca entre dos terrazas, un grupo de turistas fotografiando la fuente con la sincronía de quien sigue un guion, el repique metálico de las persianas de la papelería de la esquina subiendo a las nueve en punto, ni un minuto antes ni un minuto después, con la precisión de un reloj suizo que llevaba haciendo lo mismo, probablemente, desde antes de que él naciera.
Daniel observó la escena con la misma atención clínica que aplicaba a cualquier sistema antes de decidir si merecía la pena forzarlo, catalogando sin proponérselo las salidas de la plaza, los ángulos muertos de las dos cámaras municipales que vigilaban el cruce, el tiempo exacto que tardaba el semáforo peatonal en cambiar de color, un hábito profesional que nunca dejaba de funcionar, ni siquiera —quizá sobre todo— en las mañanas en que lo único que de verdad quería vigilar era la puerta de cristal esmerilado a su espalda.
Se quedó en la mesa un rato más, con el café ya frío, pensando en las dos maneras en que podía interpretar lo que acababa de pasar: la primera, la que su instinto profesional le exigía considerar en serio, era que una mujer con acceso a información sobre restauración, con horarios flexibles y con una precisión en los gestos que no se aprendía en ninguna escuela de bellas artes convencional, era, ni más ni menos, el tipo de amenaza que un hombre en su oficio debía tomarse en serio.
La segunda, la que llevaba tres semanas ganando terreno dentro de él sin que se lo hubiera permitido conscientemente hasta ese preciso instante, era mucho más simple y mucho más peligrosa: que quizá, por primera vez desde que tenía memoria, hubiera encontrado a alguien capaz de mirar el mundo con la misma atención minuciosa que él, y que esa coincidencia, real o fingida, le resultaba imposible de ignorar.
Sacó el cuaderno de tapas de cuero, y en la página donde llevaba anotando, sin querer admitir por qué, pequeños detalles sobre Élise Favreau a lo largo de tres semanas —el nudo de la manga, el modo en que partía el cruasán, la mancha de carboncillo en forma de coma— escribió una línea nueva, la primera que no era una simple observación sino algo parecido a una decisión: esta noche, averiguar quién es de verdad.
No sabía, mientras cerraba el cuaderno, que a dos manzanas de distancia, en la habitación de un pequeño hotel de la Vieille Ville que Élise usaba cuando no quería dormir en su propio piso, ella acababa de escribir en un cuaderno muy parecido al suyo, con letra igual de nerviosa, una frase casi idéntica.
La suya, sin embargo, no era una frase de investigador sino de mujer que llevaba media vida catalogando sus propios sentimientos con la misma cautela profesional con la que catalogaba una pieza de dudosa procedencia: esta noche, decidir cuánta verdad puedo permitirme.
Cerró el cuaderno, lo guardó bajo una tabla suelta del suelo de madera —el mismo escondite que usaba para todo lo que de verdad importaba—, y se quedó un momento mirando la ventana, preguntándose, sin encontrar todavía una respuesta que la convenciera por completo, por qué un hombre que hablaba de engranajes como quien habla del clima le parecía, cada mañana, un poco más difícil de no querer.