Capítulo 8
El restaurante de la Rue de la Corraterie tenía siete mesas, manteles de cuadros rojos y blancos que llevaban décadas sin cambiar de patrón, y un dueño llamado Marcel que saludó a Élise por su nombre falso con la familiaridad de quien la conocía desde hacía meses.
Aquello, pensó Daniel mientras se sentaba frente a ella junto a la ventana, era en sí mismo un dato: una mujer que cultivaba relaciones de confianza en los sitios donde comía habitualmente no encajaba con el perfil de alguien que ocultara algo verdaderamente peligroso, o encajaba, con una precisión sospechosa, con el perfil de alguien lo bastante inteligente como para saber que la mejor tapadera es siempre la más aburrida y verificable.
—Deja de analizarme —dijo Élise, sin levantar la vista de la carta, esbozando una media sonrisa que delataba que llevaba un rato notándolo—. Se te nota en la cara. Estás calculando algo.
—Estoy calculando si pedir la fondue clásica o dejar que Marcel me convenza de la versión con trufa que lleva insistiendo en recomendarme desde que hemos entrado.
—Mentiroso. —Dejó la carta a un lado, cruzó los brazos sobre la mesa, y lo miró de un modo tan directo que a Daniel, acostumbrado a ser él quien observaba, le resultó extrañamente desestabilizador—. Estabas pensando en algo sobre mí. Dímelo.
—Estaba pensando que Marcel te conoce por tu nombre, y que eso es un detalle poco frecuente en alguien que, según usted misma me contó, pasa la mitad del año fuera de Ginebra por trabajo.
—Vuelvo lo suficiente. Y me gusta tener sitios donde me conozcan por mi nombre, aunque sea solo el nombre que uso aquí.
—Algo en su voz se volvió, por un instante, más serio de lo que la conversación exigía—.
Hay gente que necesita anonimato total en todas partes.
Yo necesito, al menos, un puñado de sitios donde alguien me pregunte cómo estoy y espere de verdad una respuesta.
—¿Y este es uno de esos sitios?
—Este es uno de esos sitios.
Marcel trajo una cesta de pan cortado en dados.
La olla de fondue, colocada sobre un hornillo de gas ajustado a la llama exacta que impedía que el queso se agarrara al fondo, empezó a llenar el pequeño local de un aroma denso a gruyer fundido, vino blanco y un toque de kirsch que se les pegó a ambos a la ropa durante el resto de la noche, un olor que Daniel, meses después, sería incapaz de encontrarse en cualquier otro restaurante del mundo sin que se le apretara algo en el pecho.
Pidieron la fondue clásica, y con ella una botella de un blanco del Valais que Marcel escogió sin que nadie se lo pidiera, con la seguridad de quien lleva treinta años combinando vino y queso para desconocidos y turistas por igual.
Durante la primera media hora, la conversación se movió por terrenos que ambos habían recorrido ya en la mesa del café, aunque esta vez la falta de reloj —ninguno de los dos tenía un tren que coger ni una reunión de seguridad que planear esa noche— les daba una libertad nueva para explorarlos con más calma.
—Marcel me contó una vez que aprendió la receta de su abuela, que a su vez la aprendió de una vecina italiana, y que ninguna de las dos generaciones anteriores estuvo jamás de acuerdo en si el kirsch se añade al principio o al final —dijo Élise, mojando un dado de pan en el queso fundido con un gesto casi ritual—.
Es la única discusión familiar que él admite en voz alta.
—Un hombre prudente. —Daniel probó el vino, dejando que el sabor se asentara antes de hablar, con la misma calma metódica que aplicaba a cualquier decisión pequeña—. Las discusiones sobre recetas duran generaciones. Las discusiones sobre casi cualquier otra cosa se olvidan en un fin de semana.
—Habla usted como si llevara la cuenta de las dos categorías por separado.
—La llevo. Es un hábito profesional deformado: catalogar lo que dura de lo que no dura.
Élise le habló, con la precisión de quien ha contado la misma historia inventada tantas veces que ya no necesita esforzarse para que suene verdadera, de una infancia parisina cómoda pero solitaria, hija única de padres siempre ocupados, y encontrada su verdadera pasión en las clases de restauración que había tomado, en la vida real, siendo adolescente, antes de descubrir que prefería crear que reparar y mucho antes de descubrir que prefería robar a ambas cosas.
Daniel, por su parte, le habló de un padre policía —esa parte era completamente cierta, la única parte completamente cierta de toda la conversación— y de una infancia en un barrio donde aprender a observar a la gente no era un lujo intelectual sino una cuestión de supervivencia básica, aprender quién representaba una amenaza y quién no antes de que la amenaza se materializara.
—¿Y cómo se pasa de eso a restaurar antigüedades? —preguntó ella, sirviéndose más vino, con la lengua ya un poco suelta por el segundo vaso.
—Alguien tiene que arreglar las cosas rotas —dijo Daniel, y hubo, en el modo en que lo dijo, una verdad tan profunda y tan poco relacionada con antigüedades que Élise levantó la vista de la copa y lo miró de un modo distinto, como si acabara de ver, por primera vez, algo real asomando por detrás de la fachada del inglés observador y correcto.
—Eso ha sonado a algo mucho más grande que un oficio.
—Todo suena más grande de lo que es, después de una segunda copa de vino.
—O suena exactamente del tamaño que es, y solo entonces nos atrevemos a decirlo en voz alta.
El silencio que siguió tuvo, de nuevo, esa textura densa de la primera mañana, y esta vez ninguno de los dos lo rompió con una broma ni con una pregunta sobre inventarios.
Daniel, casi sin pensarlo, extendió la mano por encima de la mesa y le apartó a Élise un mechón de pelo que se le había soltado del recogido, un gesto tan pequeño y tan poco calculado que él mismo se sorprendió haciéndolo, porque llevaba quince años entrenándose para no hacer nada sin calcular antes las consecuencias, y en ese instante concreto no había calculado absolutamente nada.
Los dedos le rozaron la piel de la sien durante menos de un segundo, y Élise, en vez de apartarse, cerró los ojos brevemente, un gesto tan involuntario como el de él, antes de volver a abrirlos con la fachada solo parcialmente reconstruida.
—Daniel —dijo, usando por primera vez su nombre de pila sin el «monsieur» delante, y el sonido de su propio nombre en la boca de ella le llegó a él con un peso que ningún otro sonido le había producido en mucho tiempo—.
Si esto se convierte en algo, y no sé todavía si quiero que se convierta en algo, necesito que sepas que yo también tengo cosas que no cuento.
Cosas grandes. No estoy pidiéndote que me las cuentes tú a cambio, ni ahora ni quizá nunca.
Solo te pido que no te sorprendas, el día que lo descubras, de que existan.
Daniel la miró, y por un instante loco y breve, consideró la posibilidad —absurda, imposible, y sin embargo presente durante ese segundo entero— de contarle la verdad allí mismo, sobre el engranaje y sobre Belgravia y sobre quince años de una vida entera construida sobre secretos.
Lo consideró, y lo descartó, con la misma disciplina de siempre, aunque por primera vez esa disciplina le costó un esfuerzo físico real, algo parecido al dolor.
—Todos tenemos cosas grandes que no contamos —dijo, en cambio—. Yo también te pido lo mismo.
Ella asintió, despacio, y algo en su expresión se relajó, como si esa reciprocidad —ese acuerdo tácito de secretos compartidos sin nombrarlos— fuera, precisamente, lo único que necesitaba oír esa noche.
Terminaron la cena tarde, cerca de la medianoche, y caminaron juntos por las calles empedradas de la Vieille Ville sin ninguna prisa por llegar a ningún sitio concreto, hasta que se detuvieron frente al portal del hotel donde Élise se alojaba cuando no dormía en su piso.
Se quedaron allí, uno frente al otro, con la fuente de la Place du Bourg-de-Four sonando de fondo, en ese instante suspendido en el que ambos supieron, sin decirlo, que un beso era la conclusión lógica de toda la noche.
Y sin embargo, ninguno de los dos dio el primer paso, como si algún instinto de supervivencia profesional, entrenado durante años, les advirtiera a los dos, en la misma frecuencia exacta, que cruzar esa línea concreta con un desconocido era el único riesgo que ninguno de los dos podía permitirse todavía.
—Buenas noches, Daniel —dijo ella, finalmente, dando un paso atrás hacia la puerta.
—Buenas noches, Élise.
Y con eso, cada uno se marchó por su lado, dejando el beso pendiente como una deuda que ambos sabían que tarde o temprano habría que saldar.
• • •
Al día siguiente, cada uno por separado, movido por una determinación que no habría reconocido ante el otro, empezó a tirar del hilo equivocado.
Daniel se sentó frente a su propio portátil, en el piso de la Rue des Granges, y abrió el mismo foro cerrado que Ollie llevaba semanas vigilando, buscando esta vez no información sobre su próximo trabajo sino cualquier detalle sobre La Musa que pudiera darle una cara, un origen, un patrón geográfico que le permitiera entender quién era la mujer que llevaba años dibujando anémonas en las paredes de media Europa con una precisión de trazo que solo alguien con formación artística real podía lograr.
Encontró fragmentos: un golpe en Zúrich hacía un año, otro en Milán hacía dos, un patrón de objetivos concentrados casi siempre en piezas de pequeño formato, fácilmente transportables, casi siempre con algún vínculo documentado o sospechado con expolios de guerra, un detalle que le llamó la atención porque coincidía, de manera incómoda, con su propio criterio de selección de objetivos, el mismo criterio que aplicaba desde que tenía memoria de por qué había empezado a robar.
Trabajó con el mismo método que aplicaba a cualquier sistema de seguridad desconocido: primero, un mapa amplio de todo lo disponible, sin descartar nada por irrelevante; después, una reducción sistemática, capa a capa, hasta quedarse solo con los datos que se repetían con la suficiente frecuencia como para no ser ruido.
Cruzó fechas de golpes con calendarios de exposiciones temporales, buscando el patrón de piezas que solo estarían accesibles durante una ventana de tiempo concreta, y anotó, con la letra apretada que reservaba para los datos que de verdad le importaban, tres coincidencias que ningún investigador policial parecía haber señalado todavía: en los tres casos, la pieza robada había cambiado de sala de exposición menos de una semana antes del golpe, un detalle que solo podía conocer alguien con acceso, directo o indirecto, a la programación interna del museo o la colección privada correspondiente.
Anotó, en su cuaderno de tapas de cuero, una lista de ciudades y fechas, y no se le ocurrió, ni por un segundo, cruzar esa lista con los quince días que Élise Favreau le había dicho que había pasado fuera de Ginebra por trabajo.
A cuarenta minutos de distancia, en el piso de Belleville, Noor había convencido a Élise de hacer lo mismo, en dirección contraria.
Repasaron juntas, durante horas, cada dato disponible sobre El Relojero: un golpe en Ámsterdam hacía año y medio, otro en Frankfurt hacía ocho meses, la misma concentración en piezas de valor histórico más que puramente comercial, la misma ausencia absoluta de violencia en cualquiera de los trabajos documentados, un patrón de comportamiento que Élise, sin saber bien por qué, encontraba cada vez más difícil de separar mentalmente del inglés que la había besado con los ojos, sin tocarla, frente a la puerta de su hotel.
Noor trabajaba con su propio método, más digital que el de Élise: bases de datos de seguros contra robo, cruzadas con fechas de mantenimiento programado de sistemas de alarma que las propias aseguradoras exigían a sus clientes, buscando ventanas de vulnerabilidad de pocas horas que un ladrón meticuloso podría haber aprovechado.
Encontró tres, todas coincidentes con golpes atribuidos a El Relojero, y las marcó en un mapa digital con la misma precisión clínica con la que marcaba cualquier otro dato operativo, sin permitirse todavía la conclusión de que un patrón tan limpio solo podía venir de alguien con acceso interno a la industria de seguros, o de alguien capaz de vulnerar esa información con la misma facilidad con la que ella lo estaba haciendo esa noche.
—¿Ves algo? —preguntó Noor, después de la tercera hora, cuando ya llevaban impresas suficientes fotografías de escenas del crimen como para empapelar la pared entera de la habitación.
—Veo a alguien que piensa como yo pienso —dijo Élise, mirando fijamente una fotografía de la vitrina vacía de Frankfurt—. Alguien que elige objetivos por razones que van más allá del dinero. Alguien cuidadoso hasta la obsesión.
—¿Te preocupa eso?
—Me preocupa —dijo Élise, en voz baja, sin apartar la vista de la fotografía— no encontrar ninguna razón real para que me preocupe.
Ninguna de las dos —ni Élise mirando fotografías de golpes de El Relojero en un piso de Belleville, ni Daniel anotando fechas de golpes de La Musa en un piso de la Rue des Granges— llegó esa noche a la conclusión evidente que cualquier lector de sus respectivos expedientes, colocados uno junto al otro sobre una mesa de Lyon, habría alcanzado en cuestión de minutos.
Cada uno tiró del hilo equivocado, convencido de estar acercándose a la verdad sobre un desconocido, sin sospechar que el hilo llevaba, en realidad, directamente de vuelta a la mesa de un café con un espejo veneciano donde ambos se sentarían de nuevo, como cada mañana, dentro de apenas unas horas.
Y sin embargo, en algún nivel que ninguno de los dos habría sabido nombrar en voz alta, cada uno llevaba ya, plantada como una astilla diminuta bajo la piel, la sospecha de que la persona a la que intentaban desenmascarar y la persona de la que se estaban enamorando ocupaban, en algún punto de sus respectivas vidas, precisamente el mismo hueco.
Ninguno de los dos la dejó crecer esa noche.
Ambos, por separado, apagaron la lámpara del escritorio casi a la misma hora, sin saberlo, y se quedaron dormidos con la misma pregunta sin formular flotando justo debajo del sueño.