La firma del ladrón Capítulo 9
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Capítulo 9

En Dresde, el Residenzschloss cerraba sus puertas al público a las seis de la tarde, y a la una y cuarto de la madrugada, cuando la ciudad entera dormía bajo una llovizna fina que convertía cada farola en un halo borroso de luz amarilla, dos hombres vestidos con monos de trabajo reflectantes —los mismos que cualquier vecino habría atribuido, de haberlos visto, a una cuadrilla de mantenimiento de la red eléctrica municipal— se acercaron a una caja de distribución situada a doscientos metros del ala del edificio.

Allí se guardaba, desde hacía tres siglos, una de las colecciones de joyas más valiosas de Europa.

No tuvieron la paciencia de estudiar el sistema durante semanas, ni la elegancia de calcular un margen de noventa segundos con precisión milimétrica.

Uno de ellos forzó la caja con una palanca hidráulica en menos de un minuto, cortó tres cables sin verificar cuál de ellos alimentaba de verdad el sistema de alarma y cuál solo el alumbrado del jardín exterior, y esperó, con la respiración tranquila de quien ya había hecho aquello antes en circunstancias mucho más peligrosas, a que las luces del ala completa se apagaran de golpe.

El segundo hombre ya tenía preparada, apoyada contra la reja de una de las ventanas bajas, una escalera plegable de aluminio, y en menos de cuatro minutos ambos estaban dentro.

Usaron hachas pequeñas de mango corto contra las vitrinas de exposición, sin ninguna de las consideraciones que Daniel Wren aplicaba a cada pieza que tocaba, arrancando piedras engarzadas junto con parte de sus monturas originales, sin importarles cuánto valor histórico destruían en el proceso, porque para ellos, y para el hombre que los había enviado, el valor de una pieza no residía en su historia sino, exclusivamente, en el peso de sus quilates.

Salieron once minutos después de haber entrado, con una bolsa de lona que contenía piedras y metal por valor de varios millones de euros y ni un solo dato sobre procedencia, autenticidad certificada, ni ningún registro que ayudara jamás a devolver aquellas piezas a nada parecido a su forma original.

El destino de ese botín no era ninguna colección privada discreta ni ningún coleccionista con escrúpulos de conservación, sino un taller clandestino en las afueras de Bratislava donde, en cuestión de días, las piedras serían extraídas de sus monturas y recortadas hasta hacerse irreconocibles.

Un tercer hombre, invisible hasta entonces, los esperaba a dos calles de distancia al volante de una furgoneta de reparto con matrícula robada esa misma tarde en un polígono industrial de las afueras, motor en marcha, luces apagadas, y un cronómetro digital pegado con cinta adhesiva al salpicadero que marcaba, cuando la puerta lateral se cerró tras el segundo hombre, un total de dieciséis minutos y cuarenta segundos desde el primer corte de cable: dos minutos y veinte segundos por debajo del margen que Nikitin exigía siempre, sin excepción, a cualquier operación que llevara su sello, no por elegancia sino porque cada minuto de más era, sencillamente, un minuto de riesgo que no compraba nada a cambio.

A cuatrocientos kilómetros de allí, en un apartamento sin ventanas exteriores visibles desde la calle, situado sobre un almacén de repuestos de maquinaria agrícola en un polígono industrial a las afueras de Praga, Pavel Nikitin recibió la confirmación del golpe con un simple mensaje de texto y un asentimiento seco, sin ninguna expresión de satisfacción visible en una cara que, según quienes lo conocían desde sus años en unidades de operaciones especiales, llevaba tanto tiempo entrenada para no mostrar nada que había olvidado, sencillamente, cómo mostrar algo.

Katya entró en la sala mientras Nikitin seguía mirando, sin verlo realmente, un punto fijo en la pared desnuda frente a él, un hábito que había desarrollado durante los años en que la supervivencia dependía de la capacidad de quedarse absolutamente quieto durante horas, esperando una orden, esperando un objetivo, esperando el momento exacto en que el silencio se rompía.

Cuarenta y cuatro años, cuerpo todavía de soldado a pesar de que llevaba más de una década fuera de cualquier uniforme oficial, el pelo cortado casi al cero y unas manos que no habían dejado de trabajar desde que tenía catorce años.

Primero en una fábrica que cerró antes de que él cumpliera dieciocho; después en un ejército que le enseñó a matar con la misma indiferencia con la que otros aprenden a conducir; y finalmente en una economía sumergida que había crecido, con los años, hasta convertirse en una red que operaba en once países distintos sin lealtad a ninguno de ellos en particular.

Nikitin no se consideraba a sí mismo parte de ninguna tradición criminal concreta, ni heredero de ningún clan ni de ninguna organización con historia; se consideraba, sencillamente, un hombre que había entendido antes que la mayoría que el dinero no tenía nacionalidad, y que cualquiera dispuesto a hacer lo que otros no estaban dispuestos a hacer podía construir, con suficiente disciplina, un imperio propio a partir de la desesperación ajena.

Dirigía su red con la misma lógica con la que un general dirige un ejército disperso en varios frentes: nunca dos operaciones bajo el mismo mando directo, nunca más de tres personas con visión completa de cualquier estructura financiera concreta, y una regla que repetía a cualquiera que se incorporara, nueva o veterana, con la paciencia de quien ha visto fracasar a suficientes hombres por no entenderla a la primera: la lealtad se compra, se mide y se renueva, nunca se da por supuesta más allá de la última transferencia confirmada.

Once países, ninguna bandera, ningún juramento salvo el del propio interés bien calculado.

—El golpe de Dresde ya está en todas las noticias —dijo Katya, su lugarteniente más cercana, una mujer de treinta y pocos años con formación en ingeniería financiera que se encargaba de la parte del negocio que Nikitin prefería no tocar directamente, dejando una tableta encendida sobre la mesa, entre ambos—.

Va a atraer mucha atención. Interpol, la policía alemana, probablemente también el FBI si alguien decide que hay un ángulo internacional que justifique su implicación.

—Que atraiga la atención que quiera. Las piedras estarán irreconocibles antes de que nadie sepa por dónde empezar a buscarlas.

—Nikitin se sirvió un vaso de agua, sin prisa, con la calma de un hombre que había dejado de sentir urgencia por nada hacía muchos años—.

Lo que me interesa no es Dresde. Dresde es dinero fácil y rápido, nada más. Lo que me interesa es el otro asunto.

—El Relojero y La Musa.

—Llevo meses leyendo sobre ellos en los mismos círculos donde vendemos nuestras propias piezas.

—Nikitin se sentó, y por primera vez en toda la conversación algo parecido a un interés genuino le cruzó la expresión, distinto de la frialdad calculada con la que hablaba de casi todo lo demás—.

Dos ladrones. Años trabajando en Europa sin dejar una sola huella utilizable.

Sin violencia nunca. Acceso a colecciones que nosotros ni siquiera conseguimos localizar.

Eso tiene valor propio, aparte de lo que roben.

—¿Quieres reclutarlos?

—Quiero saber quiénes son. —Nikitin dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que no dejaba espacio para la duda—.

Si trabajan tan bien como dicen, los quiero bajo nuestra protección, con nuestros recursos.

Si se niegan, averigua quiénes son de verdad.

Nombres. Direcciones. Familia. Eso también tiene valor.

Nadie sigue diciendo que no una vez que sabe que conocemos su nombre real.

Katya no dijo nada durante un momento, sopesando la orden con la misma frialdad profesional con la que sopesaba cualquier decisión de negocio, aunque una parte pequeña de ella, la parte que llevaba trabajando para Nikitin el tiempo suficiente como para reconocer las señales, sabía que aquello era distinto de cualquier otro objetivo que hubieran perseguido antes.

No se trataba de dinero fácil, ni de una colección concreta, ni de un cliente esperando una pieza específica.

Se trataba de que Nikitin, por razones que Katya nunca terminaba de entender del todo, había decidido convertir la persecución de dos desconocidos en una cuestión personal.

—Voy a poner a alguien a rastrear el patrón de golpes —dijo ella, por fin—. Ciudades, fechas, tipo de piezas. Si son tan metódicos como parece, el propio patrón acabará delatando algo sobre dónde viven, o al menos sobre dónde empiezan a planear cada trabajo.

—Puedo tener un primer informe en cuarenta y ocho horas, cruzando fechas de golpes con vuelos privados y alquileres de coche de gama alta en un radio de quinientos kilómetros.

Si el patrón existe, aparecerá. Si no existe, lo sabremos igual de rápido, y no perderemos más tiempo del necesario en un callejón sin salida.

—Hazlo. —Nikitin se levantó, dando por terminada la conversación con la misma economía de movimientos con la que la había empezado—.

Y dile a los hombres de Dresde que la próxima vez, aunque las joyas no lo requieran, corten solo los cables necesarios.

Un trabajo torpe llama la atención de la gente equivocada.

• • •

En Lyon, Elena Vasko recibió la notificación del golpe de Dresde a las seis de la mañana, hora local, mientras todavía estaba en la cama del pequeño apartamento que el FBI le mantenía alquilado cerca de la estación, y para cuando llegó a la sede de Interpol, cuarenta minutos después, ya había leído tres veces el informe preliminar de la policía sajona.

Hablaba de entrada violenta, sin ninguna de las características técnicas de El Relojero ni de La Musa, un método que se parecía, en su brutalidad eficiente, mucho más a un asalto armado convencional que a cualquiera de los dos golpes que llevaba semanas estudiando.

Repasó, línea por línea, el listado de discrepancias técnicas que un analista forense había adjuntado al informe: sin guantes de precisión quirúrgica, sin ningún intento de camuflar las herramientas utilizadas, sin margen de tiempo calculado más allá de los cuarenta y un segundos exactos que la caja de distribución tardaba en fallar por completo tras el corte de los cables equivocados.

Todo apuntaba a gente capaz, violenta y con recursos, pero sin ninguna de las dos cualidades que Elena llevaba semanas asociando a El Relojero y a La Musa: paciencia, y un respeto casi reverente por el objeto que robaban.

—No es ellos —dijo Astier, entrando en la sala de reuniones con su propio informe bajo el brazo—. Coincido con usted. El perfil no encaja en absoluto.

—No es ellos —confirmó Elena, extendiendo sobre la mesa un mapa de Europa donde había marcado, con alfileres de colores distintos, cada golpe atribuido a El Relojero, cada golpe atribuido a La Musa, y ahora, señalando Dresde con un alfiler negro distinto de los demás—.

Pero eso es exactamente lo que me preocupa, capitán.

Llevamos semanas hablando de un tercer actor que compara datos sobre nuestros dos ladrones en foros privados.

Y ahora tenemos, en el mismo continente, en el mismo mes, un grupo dispuesto a usar violencia real para conseguir piezas que podría haber robado con mucho menos ruido si hubiera tenido la paciencia técnica para hacerlo bien.

—¿Cree que están conectados?

—Creo que si yo fuera un grupo dispuesto a usar hachas contra vitrinas de museo por dinero rápido, y descubriera que existen dos ladrones capaces de entrar y salir de cualquier sitio sin dejar rastro, no perdería el tiempo compitiendo con ellos.

—Elena se quedó mirando el alfiler negro de Dresde, sintiendo la misma inquietud fría que había sentido, semanas atrás, frente a las dos fotografías de las vitrinas vacías de Londres y París—.

Intentaría averiguar quiénes son, y les obligaría a trabajar para mí, o me quedaría con todo lo que tienen sin necesidad de que trabajen para nadie.

Astier se sentó frente a ella, con el peso de treinta años de experiencia asomándole de golpe a la cara en forma de cansancio genuino.

—Entonces ya no estamos solo persiguiendo a dos ladrones, agente Vasko.

—No. —Elena clavó un segundo alfiler negro, hipotético, en un punto indeterminado del mapa, en algún lugar entre Londres y París donde ninguno de los dos ladrones había dejado todavía ninguna pista real de su existencia compartida—.

Ahora estamos, probablemente sin que ellos mismos lo sepan todavía, intentando llegar hasta El Relojero y La Musa antes de que alguien mucho menos interesado que nosotros en dejarlos con vida lo consiga primero.

Astier se levantó, se acercó a la ventana, y se quedó mirando el Ródano un momento, con las manos cruzadas a la espalda, en la postura de un hombre que llevaba tres décadas aprendiendo a sopesar el peso exacto de una mala noticia antes de decidir cuánto de ella compartir con sus superiores.

—Voy a necesitar autorización para ampliar el equipo. Analistas financieros, alguien que rastree movimientos de capital hacia jurisdicciones opacas, si es que esta gente de Dresde termina moviendo el dinero como sospecho que lo hará.

—Yo me encargo de convencer a Washington.

—Elena guardó el mapa, doblándolo con un cuidado casi reverente, como si los alfileres pudieran perder su significado si se desordenaban—.

Y capitán, una cosa más. Si tiene usted razón y esto termina siendo más grande de lo que parece, quiero que quede claro desde ahora: mi prioridad no es la captura.

Mi prioridad es que El Relojero y La Musa sigan vivos el tiempo suficiente como para que podamos capturarlos nosotros, en vez de enterrarlos.

Astier la miró con sorpresa y un respeto renovado que no se molestó en disimular, el tipo de mirada que un investigador veterano reserva para un colega que acaba de decir en voz alta algo que él mismo pensaba pero no se había atrevido a formular.

—Es una prioridad poco convencional para un agente federal, agente Vasko.

—Mi abuelo perdió media colección de un museo entero por gente que pensaba lo mismo que quienes sea que estén detrás de Dresde: que el valor de una obra empieza y termina en su precio de reventa.

—Elena se colgó el maletín al hombro, dando por terminada la reunión—.

No pienso quedarme sentada mientras perdemos, además, a las dos únicas personas de este continente capaces de robar sin destruir lo que roban.

Astier no dijo nada más. Se limitó a asentir, una sola vez, con la seriedad de un hombre que acababa de aceptar una misión distinta de la que había empezado esa mañana, y salió de la sala a organizar el despliegue de analistas financieros que, sin saberlo todavía ninguno de los dos, tardaría semanas en dar sus primeros frutos reales.