La firma del ladrón Capítulo 10
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Capítulo 10

Las tres semanas que siguieron a la cena de la Rue de la Corraterie transformaron la rutina de Le Petit Miroir en algo que Marguerite observaba, cada mañana, con la satisfacción discreta de quien ha apostado en secreto por un resultado y empieza a ver que gana.

Daniel y Élise seguían llegando por separado, a horas ligeramente distintas, con la misma coreografía de siempre —el campanillo con sus dos golpes desiguales, el café doble sin azúcar, el té con la bergamota justa—, pero algo en el espacio entre ambos se había reordenado sin que ninguno de los dos hubiera decidido conscientemente reordenarlo: las manos se rozaban con más frecuencia al alcanzar el azúcar que ninguno de los dos usaba, las miradas se sostenían dos segundos más de lo que la cortesía exigía.

Y en dos ocasiones, ninguna de las cuales confesaron abiertamente a la otra persona, ambos habían caminado juntos hasta la parada del tranvía sin que ninguno tuviera, en realidad, ningún tranvía que coger.

Hubo una segunda cena, en un restaurante distinto, más caro y menos sincero que el de Marcel, que ambos coincidieron en no repetir; hubo un domingo entero paseando por la orilla del lago mientras Élise le explicaba, con el entusiasmo genuino de alguien hablando de algo que de verdad le importaba, las técnicas de restauración de hilos de seda antiguos, información que resultaba ser completamente real a pesar de servir de tapadera para una vida entera de mentiras, porque Élise había estudiado de verdad aquella disciplina antes de decidir que prefería robar los tapices a repararlos.

En algún punto de aquel paseo junto al lago, Élise le preguntó por la cicatriz pequeña que le cruzaba la ceja izquierda, y Daniel, en lugar de la respuesta genérica que llevaba años dando a cualquiera que se atrevía a preguntar, le ofreció la verdad a medias que sí se permitía contar: un accidente durante el servicio militar, ingeniería de campo, una estructura provisional que no aguantó lo que debía aguantar.

No mencionó el nombre del regimiento, ni los años exactos, ni el nombre del compañero que no había tenido tanta suerte esa misma tarde.

Ella no insistió en ninguno de los detalles que faltaban, y él se lo agradeció en silencio, con la misma gratitud precisa con la que agradecía cualquier mecanismo bien calibrado: la de saber que algo funcionaba tal como debía, sin fricción innecesaria.

Hubo, también, una tarde de sábado en la que Daniel, sin anunciarlo de antemano, apareció en la puerta del pequeño taller que Élise alquilaba oficialmente como estudio de restauración, cerca de la Rue du Rhône, cargando dos cafés para llevar y una disculpa a medias por presentarse sin avisar.

Se quedó una hora entera observándola trabajar de verdad sobre un fragmento de tapiz auténtico, encargo real de un cliente real, con una concentración tan absoluta que ella pareció olvidar que él estaba allí, hasta que levantó la vista y lo encontró mirándola de un modo que no tenía nada que ver con la curiosidad profesional que fingía sentir por su oficio y todo que ver con algo mucho más simple y mucho más peligroso.

«Así es como te ves cuando nadie te observa», le dijo él, y ella no supo, durante el resto de la tarde, si aquello había sido un cumplido o una advertencia sobre lo mucho que él, en efecto, la observaba siempre.

Se quedó, además, un rato más de lo que había planeado, viéndola trabajar la aguja de restauración bajo la lupa binocular, reintegrando hilo de seda teñido a mano, hebra a hebra, en una zona del tapiz donde el tiempo había deshecho el dibujo original de un ciervo hasta dejarlo apenas insinuado.

Élise trabajaba sin prisa, comprobando cada dos o tres puntadas que la tensión del hilo nuevo igualara la del hilo original centenario, porque un solo punto demasiado tenso, le explicó sin levantar la vista, podía tirar de toda la trama circundante y deshacer en segundos lo que a un restaurador anterior le había costado semanas reparar.

Daniel, que entendía de mecanismos y de márgenes de error, reconoció en aquella paciencia algo que no había esperado reconocer: la misma disciplina exacta que él aplicaba a una cerradura, trasladada a un oficio que, en la superficie, no tenía nada que ver con el suyo.

Y hubo, sobre todo, un miércoles por la noche, en el pequeño apartamento de la Rue des Granges que Daniel nunca invitaba a nadie a visitar y que aquella noche invitó, por primera vez en años, a una mujer cuyo verdadero apellido todavía desconocía.

Habían cenado algo sencillo, pasta con muy poco esfuerzo culinario que Daniel preparó mientras Élise curioseaba, sin disimulo, entre las estanterías del salón —libros de historia del arte junto a manuales de cerrajería que ella atribuyó, sin sospechar cuán cerca estaba de la verdad, a un interés profesional razonable en un restaurador que necesitaba entender sistemas de seguridad antiguos para su trabajo—, y ahora estaban sentados en el sofá, con dos copas de vino ya casi vacías y el silencio cómodo de dos personas que habían dejado de necesitar llenar cada pausa con palabras.

—Tienes las manos de alguien que trabaja con ellas de verdad —dijo Élise, cogiéndole la derecha entre las suyas, pasando el pulgar por los callos pequeños y precisos que le recorrían la base de los dedos, callos que no correspondían bien a un restaurador de muebles ni a nada que ella supiera nombrar con precisión, aunque en ese momento no le importó lo suficiente como para preguntarlo—.

Manos de artesano, no de oficinista que finge saber de antigüedades por haber leído catálogos.

—Las tuyas tampoco son las manos de alguien que se limita a mirar tapices desde una distancia prudente.

—Daniel le pasó, a su vez, un dedo por la cicatriz diminuta que Élise tenía en el dorso de la mano izquierda, una marca antigua, apenas visible, que ella nunca había explicado a nadie y que él no le preguntó que explicara esa noche—.

Somos dos personas que hemos decidido, cada una por su cuenta, contarse solo la mitad de la verdad, ¿no es así?

—Así es. —Élise levantó la vista, y en la penumbra del salón, con la única luz de una lámpara de mesa proyectando sombras suaves sobre ambos, algo en su expresión se abrió de un modo que Daniel no le había visto antes, ni siquiera en la cena de Marcel—.

Y aun así estoy aquí. Y aun así no me he ido corriendo, ni tú tampoco, aunque los dos sabemos que deberíamos.

—Quizá deberíamos dejar de hacer lo que deberíamos hacer.

—Qué frase tan poco propia de un hombre que cataloga inventarios para vivir.

—Llevo tres semanas dejando de ser ese hombre, poco a poco, cada mañana que te veo cruzar esa puerta.

Fue ella quien acortó la distancia esta vez, no él, con la misma decisión con la que descolgaba un cuadro de una pared sin dejar que la mano le temblara.

El beso, cuando por fin llegó, después de semanas de aplazamientos y de una noche entera frente a un portal donde ninguno de los dos se había atrevido a darlo, tuvo la textura exacta de algo que ambos habían estado construyendo, ladrillo a ladrillo, sin querer admitir que lo estaban construyendo.

Fue lento al principio, casi cauteloso, como quien comprueba que el suelo aguanta el peso antes de apoyar el cuerpo entero; y después, cuando quedó claro que el suelo aguantaba, con una urgencia que ninguno de los dos había permitido salir a la superficie en quince años, o en veintinueve, según de quién se tratara.

Daniel le sostuvo la cara entre las manos con el mismo cuidado reverencial con el que sostenía un óleo de trescientos años, consciente, con una parte de sí mismo que no dejaba de calcular ni en el momento más íntimo de su vida reciente, de que aquello —aquella mujer, aquel beso, aquella disposición repentina a arriesgar quince años de disciplina construida ladrillo a ladrillo— era, con diferencia, el objeto más valioso y más peligroso que había sostenido jamás entre las manos.

Y que, a diferencia de cualquier otra pieza que hubiera robado en su vida, esta vez no tenía ningún plan de salida calculado, ninguna ruta de escape trazada de antemano, nada salvo la certeza incómoda de que quería quedarse.

Se quedaron dormidos, mucho después, enredados en el sofá bajo una manta que Daniel no recordaba haber usado nunca, y ninguno de los dos pronunció, esa noche, la pregunta que ambos llevaban semanas evitando: quién eres tú, de verdad, y qué es lo que escondes detrás de esa mitad de la verdad que me has contado.

• • •

A ochocientos kilómetros de allí, en el piso franco de Vauxhall, Ollie llevaba tres noches seguidas sin dormir más de dos horas seguidas, dándole vueltas a un patrón que se negaba a cerrar del todo.

Había cruzado, con la paciencia metódica que reservaba para los problemas que de verdad le interesaban, las fechas de cada golpe atribuido a La Musa con los registros de vuelos, trenes de alta velocidad y alquileres de coche disponibles en bases de datos que oficialmente no debería poder consultar, buscando un patrón geográfico que le diera, aunque fuera de forma indirecta, una ciudad base, un punto de origen desde el que aquella mujer planeaba y al que regresaba entre trabajo y trabajo.

Había construido el modelo pieza a pieza, con la misma paciencia obsesiva que aplicaba a cualquier sistema de seguridad ajeno: primero, una lista de trece fechas de golpes atribuidos con razonable certeza a La Musa a lo largo de los últimos catorce meses, obtenida cruzando informes policiales filtrados, menciones en foros cerrados y, en dos casos, fotografías de vitrinas vacías que circulaban en redes especializadas mucho antes de que la prensa generalista se enterara de nada.

Después, para cada una de esas trece fechas, un rango de siete días antes y siete después, y una búsqueda sistemática de cualquier reserva de tren de alta velocidad, vuelo de bajo coste o alquiler de coche que encajara con un desplazamiento hacia la ciudad del golpe correspondiente desde algún punto común, usando un algoritmo de correlación que él mismo había escrito dos años atrás para un propósito completamente distinto y que llevaba meses puliendo por pura afición, sin sospechar que algún día lo necesitaría para algo tan personal.

Descartó, en las primeras tres pasadas del algoritmo, ciento sesenta y tres coincidencias por ruido estadístico —viajeros que compartían fechas por pura casualidad, turistas, comerciales, un porcentaje irritante de perfiles duplicados en las propias bases de datos que consultaba—, y afinó los parámetros de búsqueda, apretando el margen de error hora a hora, hasta quedarse solo con los desplazamientos que encajaban en una ventana de cuarenta y ocho horas antes de cada golpe conocido.

Fue en la cuarta pasada, ya de madrugada, cuando el ruido empezó por fin a convertirse en señal.

Lo encontró a las cuatro y media de la madrugada, con los ojos ardiéndole de cansancio y tres latas de bebida energética vacías junto al teclado.

En los intervalos entre golpes, sin excepción en los últimos catorce meses, La Musa —o al menos la identidad de viaje que Ollie había conseguido reconstruir con un margen de error que él mismo calificaba de «incómodamente pequeño»— pasaba una media de nueve días por trimestre en Ginebra, sin que ningún golpe conocido se hubiera producido jamás dentro de esa ciudad ni cerca de ella: un patrón que solo tenía sentido si Ginebra no era un objetivo, sino un refugio.

—Daniel —murmuró en voz alta, aunque no había nadie despierto en el piso para oírlo—, tú también vives medio año en Ginebra.

Se quedó mirando la pantalla durante un largo minuto, con una sensación fría subiéndole por la nuca que no tenía nada que ver con el cansancio acumulado, antes de decidir, con la misma cautela profesional que le habría aplicado a cualquier dato todavía sin confirmar, que aquello era, probablemente, una simple coincidencia estadística: Ginebra era, al fin y al cabo, una de las ciudades europeas con mayor concentración de patrimonio artístico privado del continente, precisamente el tipo de lugar donde cualquier ladrón de guante blanco con criterio profesional decidiría instalar un refugio discreto entre trabajo y trabajo.

No guardó la conclusión como una alarma urgente.

La guardó, en cambio, en una carpeta que tituló, sin demasiada convicción, «revisar más adelante», y se fue, por fin, a dormir.

A cuarenta minutos de distancia, en el piso de Belleville, Noor había llegado, esa misma noche, a una conclusión casi idéntica sobre El Relojero, cruzando datos completamente distintos por un camino completamente distinto: no vuelos ni trenes, sino un análisis de los horarios de publicación de un puñado de comentarios técnicos, firmados bajo tres seudónimos distintos que ella sospechaba, con fundamento, pertenecientes a la misma persona, en foros especializados de cerrajería y sistemas de seguridad electrónica.

Los seudónimos guardaban un silencio casi perfecto durante los períodos que coincidían con cada golpe atribuido a El Relojero, y retomaban la actividad, con patrones de horario compatibles con el huso horario de Europa central y una cadencia que sugería mañanas libres y tardes de trabajo, en bloques que, superpuestos sobre un calendario, señalaban con insistencia la misma franja horaria y el mismo huso que Ginebra.

Verificó el hallazgo por un segundo camino, por pura costumbre profesional de nunca confiar en una sola fuente de datos: comparó los metadatos de tiempo de los propios mensajes, corregidos por zona horaria declarada, con los patrones de actividad de conexión de las mismas cuentas en un foro completamente distinto, dedicado a subastas legales de piezas de anticuario, donde el mismo usuario —bajo un cuarto seudónimo que a Noor le costó casi dos horas más vincular con seguridad razonable a los otros tres— pujaba, y ganaba, mostrando una regularidad silenciosa que solo alguien con ingresos considerables y gustos muy concretos podía permitirse.

Noor guardó su propia conclusión con la misma cautela provisional que Ollie, en una carpeta con un nombre casi idéntico —«pendiente, no urgente»—, sin que ninguna de las dos coincidencias, todavía, tuviera fuerza suficiente para convertirse en la pregunta obvia que ambos hackers, de haber comparado notas esa misma noche, habrían formulado en cuestión de segundos.

Pero Ollie y Noor no se conocían todavía, no habían cruzado jamás una sola palabra, y trabajaban, cada uno, para un jefe que en ese preciso instante dormía enredado con la respuesta a la pregunta que ambos equipos llevaban semanas persiguiendo sin saberlo, en un sofá de la Rue des Granges, bajo una manta que ninguno de los dos recordaría, después, quién había extendido primero, aquella noche de miércoles que ninguno de los dos olvidaría jamás.