Capítulo 11
Aldous Crane regentaba una tienda de antigüedades en Cecil Court, un callejón estrecho cerca de Charing Cross Road donde las librerías de segunda mano y las tiendas de objetos raros llevaban un siglo entero resistiendo, con una tozudez casi heroica, la gentrificación que había devorado el resto del barrio.
En la trastienda de esa tienda, entre relojes de bolsillo desmontados y cajas de reliquias sin catalogar, hacía la mitad de su negocio real, el que no figuraba en ningún libro de cuentas presentable a Hacienda.
Había llegado a Londres esa misma mañana, en un vuelo temprano desde Ginebra que le había permitido salir del piso antes de que Daniel se despertara, dejando sobre la almohada una nota escueta —«reunión con un cliente, vuelvo mañana»— que no era del todo mentira y que, sin embargo, le pesó en la conciencia más de lo que cualquier mentira anterior en toda su carrera le había pesado jamás.
Llevaba tres meses viviendo, de manera cada vez más difícil de sostener, dos vidas superpuestas que se negaban a mantenerse en los compartimentos estancos donde las había guardado durante años: la vida de Élise Favreau, que desayunaba cada mañana con un hombre al que había empezado, contra todo pronóstico razonable, a querer de verdad.
Y la vida de La Musa, que en ese preciso instante caminaba por Cecil Court bajo el nombre de Camille Aubert, siguiendo un rastro que la alejaba de Ginebra en la superficie y que, sin que ella lo supiera todavía, la acercaba a Ginebra por debajo, en un nivel mucho más profundo.
Entró en la tienda un martes por la tarde, bajo ese mismo nombre de Camille Aubert, marchante independiente especializada en piezas de procedencia discutible que un cliente privado, sin nombre, la había enviado a investigar.
Era una identidad construida con documentación suficiente como para resistir cualquier verificación superficial, reforzada por Noor la noche anterior con un rastro digital plausible en tres bases de datos distintas, por si a Crane se le ocurría comprobar algo antes de hablar.
La campanilla de la puerta —más nueva, menos generosa con el eco, que la de Le Petit Miroir— sonó una sola vez, y Crane, un hombre de sesenta y tantos años con gafas de media montura y una chaqueta de tweed que llevaba visiblemente más años que su dueño en circulación, levantó la vista de un reloj astronómico desmontado sobre el mostrador.
—Mademoiselle Aubert. Puntual, como prometía su correo.
—El tiempo es la única moneda que no puedo permitirme malgastar, monsieur Crane.
—Curiosa elección de palabras, viniendo de alguien que quiere hablar conmigo precisamente sobre un hombre obsesionado con el tiempo.
—La condujo hacia la trastienda con un gesto de la mano, cerró la puerta con un pestillo que produjo un chasquido metálico satisfecho, y se sentó tras un escritorio cubierto de herramientas de relojería antiguas dispuestas con un orden casi ritual—.
Su correo mencionaba interés por una pieza concreta, atribuida en ciertos círculos a un caballero que la prensa, con esa falta de imaginación tan típica del oficio, ha decidido llamar El Relojero.
—Mi cliente tiene curiosidad profesional. Quiere saber si el mercado bajo el mercado considera a ese caballero fiable, antes de plantearse una eventual colaboración futura.
—Fiable. —Crane repitió la palabra como si la paladeara, y sonrió, mostrando unos dientes ligeramente amarillentos por décadas de café y de tabaco de pipa—.
Es la palabra correcta, curiosamente, para alguien de quien nadie sabe absolutamente nada verificable.
He tenido el privilegio, en tres ocasiones a lo largo de nueve años, de servir de intermediario para la colocación de piezas que él mismo, o alguien en su nombre, dejaba en un punto de entrega acordado, siempre sin contacto directo, siempre con instrucciones precisas hasta el último detalle.
Nunca lo he visto la cara. Nunca he oído su voz, salvo una vez, por teléfono, a través de un distorsionador que le daba a las palabras una textura metálica bastante desagradable.
—¿Y qué puede decirme, entonces, de un hombre al que nunca ha visto ni oído de verdad?
—Puedo decirle lo que dicen las piezas de él, que hablan mucho más de lo que él mismo estaría dispuesto a admitir.
—Crane se levantó, abrió un pequeño armario cerrado con llave detrás del escritorio, y sacó, envuelto en un paño de terciopelo negro, un objeto diminuto que colocó sobre la mesa entre ambos: un engranaje de latón, gemelo casi exacto del que Ollie había fotografiado en la vitrina vacía de Belgravia, aunque tallado con un patrón de dientes ligeramente distinto—.
Uno de los tres que he tenido el honor de sostener en la mano.
Fíjese en la talla. Nadie encarga esto a un taller industrial, mademoiselle Aubert.
Esto está tallado a mano, con herramientas de relojero tradicional, por alguien que aprendió el oficio de cerca, probablemente de un familiar, probablemente en la infancia, porque solo se adquiere esa precisión con años de práctica que empiezan mucho antes de que a uno se le ocurra dedicarse profesionalmente al robo de arte.
Élise cogió el engranaje con dos dedos, sintiendo el peso frío del metal contra la piel.
Algo en el gesto —la memoria muscular de haber sostenido, semanas atrás, en un café de Ginebra, una taza que unas manos con ese mismo tipo de callo pequeño y preciso habían servido— le atravesó la cabeza con la velocidad de un rayo que se apagó casi tan deprisa como había aparecido.
La conexión, en ese preciso instante, se quedó a un paso de formarse y no llegó a cristalizar en ninguna sospecha consciente.
—Un origen inglés, imagino, a juzgar por lo que la prensa sugiere.
—Inglés, sin duda, aunque de un inglés que ha viajado lo suficiente como para pulir cualquier acento regional que pudiera delatarlo.
—Crane volvió a guardar el engranaje con el mismo cuidado reverencial con el que lo había sacado—.
Formación militar, casi con toda seguridad.
Lo digo por el modo en que estructura sus instrucciones cuando negocia una colocación: nunca una palabra de más, nunca ambigüedad, siempre un plan de contingencia mencionado antes de que nadie pregunte por él.
Y algo más, algo que quizá le interese más a su cliente que la procedencia: hace dos años rechazó un encargo bastante lucrativo, una pieza que debía entregarse en Ginebra, con el argumento, transmitido a través de un tercero, de que ya tenía «compromisos permanentes en esa ciudad» que le impedían aceptar trabajos que pudieran comprometer su presencia habitual allí.
Élise mantuvo el rostro completamente neutro, el mismo entrenamiento de años que le permitía descolgar un cuadro de trescientos años de antigüedad sin que le temblara el pulso, aunque por dentro algo se le tensó de un modo que todavía no supo nombrar.
—¿Ginebra?
—Ginebra. —Crane se encogió de hombros, como si el dato no tuviera para él más valor que cualquier otro fragmento de gossip del mundillo—.
Una ciudad extrañamente popular entre gente de nuestro oficio, dicho sea de paso.
El Puerto Franco atrae tanto a compradores legítimos como a quienes prefieren guardar sus adquisiciones lejos de cualquier fisco curioso.
No sería el primer profesional de guante blanco que decide instalar allí su base de operaciones.
—¿Sabe algo más concreto? ¿Un nombre, aunque sea falso? ¿Una descripción física?
—Si supiera algo tan concreto, mademoiselle, no seguiría teniendo esta tienda tan modesta en Cecil Court.
—Crane sonrió, con la satisfacción tranquila de un hombre que sabía exactamente cuánto valía cada fragmento de información que soltaba y cuánto se guardaba—.
Lo que sí puedo ofrecerle es un contacto: un tallador de metales, retirado ya, que trabajó durante años suministrando piezas de latón envejecido a un puñado de clientes muy discretos, entre ellos, sospecho, nuestro amigo El Relojero.
Vive en Southwark, cerca del río. No garantizo que hable con usted, y desde luego no garantizo que sepa nada útil, pero es la pista más sólida que puedo ofrecerle por el precio que ha traído.
—Una última pregunta, monsieur Crane. —Élise se detuvo en el umbral de la trastienda, con la mano ya en el pestillo—. En sus tres colocaciones con él, ¿alguna vez le pareció un hombre violento? ¿Capaz de hacer daño a alguien si las circunstancias lo exigieran?
—Una pregunta curiosa para una simple cuestión de fiabilidad comercial.
—Crane la observó con una atención renovada, la primera señal, en toda la conversación, de que quizá sospechaba que había algo más personal detrás del interés de su clienta—.
No. Jamás. De hecho, es precisamente esa ausencia de violencia lo que más ha intrigado siempre a la gente de mi oficio.
Un hombre capaz de entrar en cualquier sitio y salir con lo que quiere sin necesidad jamás de levantar la mano contra nadie es, mademoiselle Aubert, mucho más peligroso que cualquier matón con una pistola.
Los matones son predecibles. Los hombres como él no lo son en absoluto.
Élise pagó el precio acordado —una cifra que a Crane le pareció satisfactoria y a ella, comparada con el valor real de cualquiera de las piezas que solía manejar, le resultó casi cómica—.
Salió de Cecil Court hacia la tarde gris de Londres con el nombre de un tallador de metales anotado en un cuaderno que no era el suyo habitual, sino uno comprado esa misma mañana específicamente para no dejar ningún rastro que conectara aquella investigación con su vida real.