Capítulo 11 #2
Caminó hacia el metro con el cuello del abrigo subido contra un viento que arrastraba ya el primer frío serio del otoño, cruzando Charing Cross Road entre oficinistas que salían del trabajo y turistas que fotografiaban teatros cuyos nombres no reconocería nunca.
Durante todo el trayecto hacia Southwark, primero en metro y después a pie por calles cada vez más silenciosas junto al río, no consiguió quitarse de encima la sensación fría que el engranaje de latón le había dejado en la memoria de los dedos, como si el objeto, en vez de metal, hubiera sido en realidad un espejo diminuto que le devolviera, durante una fracción de segundo, un reflejo que prefería no haber visto.
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El tallador, un hombre llamado Reginald Voss, vivía en un piso pequeño de Bermondsey, a apenas ocho calles de un ático que Élise, de haberlo sabido, habría reconocido de inmediato por las fotografías que Daniel guardaba con cariño de su propia infancia.
En aquel momento, sin embargo, ese detalle geográfico no significó para ella absolutamente nada: solo una dirección más en un mapa de Londres que empezaba a llenarse de alfileres propios, paralelos y ajenos a los que Elena Vasko clavaba en Lyon sin que ninguna de las dos mujeres lo supiera.
Voss, de setenta y dos años, con las manos deformadas por seis décadas de trabajo con metal y una desconfianza instintiva hacia cualquier desconocido que se presentara haciendo preguntas, tardó casi una hora entera en aceptar hablar con ella.
Solo lo hizo después de que Élise, siguiendo un instinto que rara vez le fallaba, dejara de presionar con preguntas directas y empezara, en cambio, a hablarle de técnicas de talla, de aleaciones, de la diferencia entre el latón moderno y el que se usaba un siglo atrás: un terreno donde su propia formación real en restauración le permitía sostener una conversación genuinamente interesante, no solo fingida.
—Hace años que no le suministro nada a nadie —dijo Voss, finalmente, sentado en un sillón raído junto a una ventana que daba a un patio interior sin ninguna vista digna de mención—.
Pero sí, conocí a un cliente, hace mucho, que quería piezas de latón envejecido artificialmente, con un patrón de desgaste muy específico, casi obsesivo.
Un hombre joven entonces, muy educado, muy callado.
Nunca dio su nombre real, claro, pero pagaba en efectivo y siempre puntual, y una vez, solo una vez, mencionó algo sobre su padre.
—¿Qué mencionó?
—Que su padre había sido relojero de afición, los domingos, en el cobertizo del jardín.
—Voss se quedó mirando por la ventana un momento, como si el recuerdo lo hubiera trasladado, brevemente, a otra década—.
Me pareció curioso en su momento, que un hombre tan reservado compartiera un detalle tan personal con un simple proveedor.
Nunca volvió a mencionarlo. Dejé de tener noticias suyas hace unos cuatro años, cuando colgué las herramientas para siempre.
Élise salió del piso de Voss con una pieza más del rompecabezas —un padre relojero de afición, los domingos, en un cobertizo— que encajaba, sin que ella tuviera manera alguna de saberlo, con algo que Daniel le había contado en voz baja, semanas atrás, sentados en la mesa de un café con espejo veneciano.
En aquel momento, sin embargo, él se lo había contado enmarcado como una confesión sobre sí mismo, sobre un padre policía, no sobre ningún relojero.
Y la coincidencia, si es que Élise hubiera tenido acceso a ambas versiones a la vez, habría sido lo bastante extraña como para merecer, como mínimo, una pregunta incómoda.
Pero Élise no tenía acceso a ambas versiones a la vez.
Tenía solo un fragmento, sostenido en la memoria junto a docenas de otros fragmentos recogidos a lo largo de meses de investigación paralela.
Y aunque algo en su instinto —el mismo instinto que le había hecho dudar durante un segundo entero al sostener el engranaje sobre el escritorio de Crane— insistía en que aquellos fragmentos empezaban a apuntar todos en la misma dirección incómoda, la parte racional de su cabeza, entrenada durante años para desconfiar de las coincidencias convenientes, seguía descartando la conclusión más obvia por ser, precisamente, demasiado obvia para ser verdad.
Llamó a Noor desde el aeropuerto, esa misma noche, mientras esperaba el vuelo de vuelta a Ginebra.
—Tengo un padre relojero de afición y una ciudad base que empieza a sonar sospechosamente familiar —dijo, sin preámbulos, en cuanto Noor descolgó—. Necesito que cruces esto con lo que ya teníamos.
—¿Ginebra?
—Ginebra.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, breve pero denso, el silencio de alguien haciendo, mentalmente, la misma suma incómoda que Élise llevaba horas evitando hacer.
—Élise. —La voz de Noor sonó, por primera vez en años, genuinamente cautelosa—. Creo que deberíamos hablar de esto en persona, no por teléfono. Y creo que deberías sentarte antes de que lo hagamos.
—Noor, dime lo que sea que estás pensando, ahora mismo, aunque suene absurdo.
—No suena absurdo. Eso es justo lo que me preocupa.
—Se oyó, al otro lado de la línea, el sonido de un teclado, el mismo tecleo nervioso de siempre, aunque esta vez con una vacilación distinta, menos segura—.
Llevo semanas con una carpeta abierta sobre El Relojero, comparando patrones de comportamiento con los tuyos, por simple manía profesional.
Base en Ginebra. Formación disciplinada, casi militar, en el modo de estructurar cada trabajo.
Un objeto de recuerdo personal como firma, en vez del dinero como único móvil.
Cruza esos cuatro puntos con tu propio perfil, Élise, y el resultado es casi calcado.
Élise se quedó mirando, a través de la ventanilla del vuelo que ya empezaba a embarcar, las luces de la pista de Heathrow difuminándose bajo una llovizna fina, y sintió, por primera vez en meses, algo parecido al vértigo real, no el vértigo calculado y controlado de colgar de un conducto de ventilación a seis metros de altura, sino el vértigo de un suelo que empezaba a moverse bajo los pies sin que ella hubiera dado ningún paso.
—Necesito verlo con mis propios ojos, Noor. No una teoría. No un perfil estadístico. Algo concreto.
—Entonces tenemos que encontrarlo. Y tenemos que hacerlo antes de que tú misma cometas el error de preguntárselo directamente a él la próxima vez que os sentéis a desayunar juntos, porque conociéndote, ese impulso te va a llegar antes de lo que crees.