La firma del ladrón Capítulo 12
32%

Capítulo 12

El taller de Béatrice Lenoir ocupaba un semisótano en la Rue Vieille-du-Temple, a cinco minutos a pie del Hôtel de Vallombreuse que Élise había vaciado meses atrás sin que Daniel tuviera la menor idea de esa coincidencia geográfica.

Olía, según se bajaba por la escalera estrecha que conducía hasta la puerta, a disolvente de barniz y a la cera especial que Béatrice usaba para envejecer artificialmente marcos que en realidad tenían diez años en vez de trescientos: un oficio de falsificación de procedencia que la había mantenido, durante casi dos décadas, en el filo exacto entre la restauración legítima y algo bastante menos confesable.

Había dejado a Élise en Ginebra dos días antes, con la excusa de una tasación urgente en Bruselas que no existía, y el propio hecho de tener que inventar coartadas para investigar a la mujer con la que compartía cama le producía una sensación de vértigo moral que no recordaba haber sentido nunca antes en quince años de mentir profesionalmente a todo el mundo salvo a sí mismo.

Se había repetido, durante todo el trayecto en tren desde Ginebra, que aquello era simple diligencia profesional, el mismo tipo de verificación que aplicaría a cualquier competidor potencial antes de considerar cualquier forma de colaboración o de conflicto futuro; y se había repetido esa misma frase con la insistencia de un hombre que no termina de creérsela.

Había llegado a París esa misma mañana bajo un nombre que Ollie le había preparado con tres capas de documentación de respaldo, presentándose ante Béatrice como un coleccionista privado interesado en verificar la reputación de una artista clandestina de la que había oído hablar en círculos discretos.

Llevaba ya cuarenta minutos sentado frente a ella, en un taburete incómodo junto a una mesa de trabajo cubierta de pigmentos y disolventes, escuchando con la paciencia entrenada de quien sabe que la mejor información nunca llega en los primeros diez minutos de una conversación, sino en los últimos, cuando el interlocutor ha bajado la guardia lo suficiente como para dejar escapar algo que no pretendía compartir.

—La Musa. —Béatrice pronunció el alias con una mezcla de admiración y algo parecido a la envidia profesional, mientras limpiaba con un trapo manchado un pincel que ya no volvería a usarse para nada legítimo—.

He tenido el placer, en dos ocasiones, de restaurar el marco de piezas que ella misma había...

liberado, digámoslo así, de sus dueños originales.

Un talento extraordinario, monsieur. No solo para robar.

Para elegir. Nunca toca una pieza sin valor artístico genuino, aunque el valor comercial sea modesto.

Eso no se aprende en ningún manual de ladrones, se lo aseguro.

Eso se aprende amando el arte de verdad, antes de aprender a robarlo.

—¿La conoce en persona?

—Nadie la conoce en persona, monsieur, o si alguien lo hace, tiene más sentido común que yo para no presumir de ello.

—Béatrice se rio, un sonido seco que terminó en un acceso de tos que atribuyó, sin convicción, a los disolventes del taller—.

Pero conozco a gente que ha trabajado con ella de manera indirecta, y algunos detalles circulan, como circula todo en este oficio, entre quienes sabemos guardar silencio con la gente equivocada y hablar con la gente correcta.

—¿Qué detalles?

—Formación en historia del arte, seria, académica, no autodidacta.

Manejo de materiales que solo se aprende en talleres de restauración de verdad, no en cursos de fin de semana.

—Béatrice se inclinó hacia delante, bajando la voz aunque no había nadie más en el semisótano que pudiera oírla—.

Y algo que me contaron hace un par de años, de segunda mano, de alguien que estuvo con ella en una celebración después de un trabajo particularmente lucrativo, con demasiado vino de por medio: que viene de una familia con dinero de verdad, dinero antiguo, parisino, con algún vínculo con el mundo de las subastas, aunque nunca se ha confirmado cuál casa exactamente.

Dicen que esa noche, borracha, se quejó de estar cansada de pasarse la vida entera siendo «la hija de alguien» en vez de ser, sencillamente, ella misma.

Daniel mantuvo el rostro impasible, el mismo entrenamiento de años que le permitía sostener una expresión neutra frente a cualquier información, por sorprendente que fuera, aunque por dentro sintió una tensión repentina, difícil de nombrar: la frase «hija de alguien» le resonó con una familiaridad incómoda, un eco lejano de una conversación en un restaurante de la Rue de la Corraterie, una noche en que una mujer con manos manchadas de carboncillo le había hablado, con los ojos brillantes por el vino, de una infancia entera construida alrededor de la ambición ajena de sus padres.

—¿Sabe algo sobre dónde opera desde entonces? ¿Una base, una ciudad?

—Ginebra, según creo. —Béatrice se encogió de hombros, como si el dato fuera de dominio casi público entre quienes se movían en aquellos círculos—.

No es un secreto muy bien guardado, monsieur, entre quienes prestamos atención.

La mitad de los profesionales serios de Europa terminan pasando temporadas allí, por el Puerto Franco, por la discreción bancaria, por la simple comodidad de tener un refugio neutral entre trabajos.

Si su interés es serio, empezaría por ahí.

—¿Y sobre su carácter? Más allá del talento. ¿Qué clase de persona es, según lo que le han contado?

Béatrice se quedó pensativa un momento, limpiándose las manos manchadas de pigmento en un trapo que ya no cumplía ninguna función limpiadora real, y cuando habló, su tono se había vuelto, de pronto, mucho más serio que en el resto de la conversación.

—Alguien que ha decidido, en algún momento de su vida, que prefiere el riesgo real a la seguridad falsa.

Eso es raro, monsieur, incluso en nuestro oficio.

La mayoría de la gente que conozco roba por necesidad o por codicia, y ambas son motivaciones perfectamente comprensibles pero, con el tiempo, previsibles.

La Musa roba, según todo lo que me han contado, porque necesita sentir que al menos una decisión de su vida es completamente suya, sin que nadie se la haya sugerido ni aprobado de antemano.

Eso la hace brillante. También la hace, sospecho, bastante más vulnerable de lo que ella misma estaría dispuesta a admitir, el día que alguien consiga hacerle sentir que ya no está sola en esa decisión.

—Es un análisis muy generoso para alguien a quien nunca ha conocido en persona.

—Es un análisis que aplico, con pequeñas variaciones, a casi todo el mundo interesante que he conocido en cuarenta años de oficio, monsieur.

—Béatrice sonrió, con una calidez inesperada—.

Incluido usted, si me permite decirlo. Lleva toda la conversación haciendo preguntas de comprador, con el vocabulario exacto de un comprador, y sin embargo hay algo en su manera de sostener la taza de café que me dice que esto no es, en absoluto, una simple cuestión comercial para usted.

Daniel salió del taller de Béatrice Lenoir con la sensación fría y precisa de un hombre que ha encontrado, sin buscarla, una pieza de un rompecabezas que preferiría no haber empezado a montar.

Caminó durante casi una hora por las calles del Marais sin rumbo concreto, cruzando dos veces, sin saberlo, la misma manzana donde meses atrás Noor y Élise habían planeado, con planos extendidos sobre una mesa baja, el golpe del Hôtel de Vallombreuse.

Repasaba mentalmente, una y otra vez, cada detalle que Élise le había contado sobre sí misma desde la primera mañana en Le Petit Miroir, buscando, con la misma disciplina metódica que aplicaba a cualquier sistema de seguridad, las costuras donde su relato podía, o no, coincidir con el que Béatrice acababa de ofrecerle.

Coincidía en demasiados puntos como para tratarse de una casualidad razonable, y en ninguno lo bastante concreto como para constituir una prueba.

Se detuvo, sin proponérselo, frente al escaparate de una pequeña galería de arte en la Rue des Francs-Bourgeois, donde un cartel anunciaba una exposición temporal de dibujos preparatorios del siglo diecinueve.

Se quedó mirando, durante un rato más largo del que habría admitido ante nadie, un boceto a carboncillo de una mano sosteniendo una flor, ejecutado con una economía de trazo tan certera que le recordó, de un modo tan directo que le dolió físicamente en el pecho, los apuntes que Élise dejaba a veces sobre servilletas de papel mientras esperaban la cuenta en cualquier restaurante, dibujos que ella arrugaba después con la misma indiferencia con la que otra persona tiraría un recibo.

Pensó en la anémona de pétalos deliberadamente desiguales que Ollie le había enseñado en las fotografías de media docena de escenas del crimen a lo largo de los años, sin que él, hasta ese preciso instante, hubiera relacionado jamás aquel trazo con la mano de la mujer que dormía, la mayoría de las noches, a su lado.

Y por primera vez en toda la tarde se preguntó, con una claridad helada, si el propio hôtel particulier que acababa de dejar atrás no sería, quizá, uno de los escenarios donde ella misma había trabajado.

• • •

—¿Cuánto sabes tú de verdad sobre restauradoras de tapices con familia adinerada en París que además, por casualidad, se pasan media vida en Ginebra?

—le preguntó a Ollie esa misma noche, por teléfono, desde la habitación de un hotel discreto cerca de la Gare du Nord, con una copa de whisky que llevaba media hora sin tocar sobre la mesilla.

Hubo un silencio al otro lado de la línea que a Daniel le resultó, de inmediato, mucho más elocuente que cualquier respuesta inmediata.

—Daniel. —La voz de Ollie sonó tensa, con una cautela poco habitual en él—. ¿A qué viene esa pregunta, precisamente esta noche?

—Porque acabo de pasar la tarde con una anticuaria conocedora, de segunda mano, de La Musa. Y la descripción que me ha dado encaja, pieza a pieza, con alguien que conozco muy bien.

—Llevo dos semanas sentado sobre un dato que no sabía cómo darte.

—Ollie soltó el aire despacio, el sonido audible incluso a través del teléfono de alguien que llevaba tiempo posponiendo una conversación incómoda—.

La Musa pasa una media de nueve días por trimestre en Ginebra.

Sin excepción, en los últimos catorce meses.

Y tú también, Daniel. Y no he querido decírtelo antes porque sonaba a locura, y porque, sinceramente, no sabía cómo preguntarte si la mujer con la que llevas meses desayunando cada mañana podría ser, quizá, mucho más que una restauradora de tapices.

Daniel cerró los ojos, apretó el teléfono contra la oreja con una fuerza innecesaria, y durante un momento entero no dijo absolutamente nada, mientras en su cabeza se reordenaban, uno detrás de otro, con la precisión implacable de un mecanismo de relojería encajando sus últimas piezas, meses enteros de mañanas, de cenas, de un beso en un sofá bajo una manta que ninguno de los dos recordaba haber extendido primero.

—¿Cómo se supone que uno confirma algo así, Daniel? No puedes simplemente preguntárselo por encima del café.

—No. —Se levantó, caminó hasta la ventana del hotel, y se quedó mirando las luces de París extendiéndose hacia un horizonte que ya no reconocía con la misma claridad de esa misma mañana—.

Pero hay una manera. La firma. Si es ella, la próxima vez que uno de los dos deje un engranaje o una anémona en la pared de una casa vacía, el otro lo sabrá antes que cualquier periódico, antes que cualquier informe policial, con solo mirarlo.

Y si sospecho que un trabajo va a caer pronto en su lado del mapa, y ella desaparece de Ginebra las mismas fechas exactas...

—Dejó la frase sin terminar, porque terminarla en voz alta la hacía demasiado real.

—Eso no es una prueba, es una hipótesis con ansiedad.

—Necesito confirmarlo —dijo finalmente, con una voz que ni él mismo reconoció del todo—. Necesito verlo con mis propios ojos, Ollie. No una coincidencia estadística. Algo concreto.

—¿Y si se confirma?

—Entonces habré pasado meses enteros mintiéndole a la única persona a la que no quería mentirle, y ella me habrá estado mintiendo a mí exactamente con la misma disciplina.

—Daniel se pasó la mano libre por la cara, un gesto de cansancio que rara vez se permitía delante de nadie, ni siquiera de Ollie—.

No sé si eso es la definición perfecta de una relación entre dos profesionales, o la peor idea que he tenido en toda mi carrera.

—Puede ser las dos cosas a la vez, ¿sabes?

El universo no suele elegir entre ironía y desastre cuando puede darte ambas gratis en el mismo paquete.

—Ollie dudó un momento antes de seguir, con la cautela de quien está a punto de decir algo que su interlocutor quizá no quiera escuchar—.

Daniel, hay algo más. Callum ha estado preguntando, más de lo habitual, cuándo vamos a dejar de «perder el tiempo con acertijos románticos» y volver a centrarnos en trabajos de verdad.

No sé si es solo su manera habitual de quejarse, o si hay algo más detrás.

Últimamente lo noto raro. Ausente. Como si tuviera la cabeza en otro sitio.

—Ocúpate tú de vigilarlo un poco más de cerca. Yo tengo que resolver primero lo mío.

Colgó el teléfono, se quedó mirando la copa de whisky sin tocar sobre la mesilla, y por primera vez en quince años sintió algo que se parecía, de un modo incómodo y desconocido hasta entonces, al miedo genuino: no el miedo calculado y gestionable de una alarma a punto de saltar, sino el miedo de un hombre que sospecha que está a punto de perder, en la misma revelación, lo único verdaderamente suyo que había construido en años, y a la única persona que, en mucho tiempo, había conseguido hacerle olvidar que llevaba media vida entera construyendo muros.