Capítulo 13
Daniel volvió a Ginebra un jueves por la tarde, tres días después de la llamada con Ollie, con una decisión tomada que le pesaba en el pecho como una piedra: iba a confirmarlo esa misma noche, con sus propios ojos.
Para eso necesitaba que Élise entrara en su piso de la Rue des Granges en un momento en que él pudiera observar, sin que ella lo supiera, cómo reaccionaba ante un espacio que llevaba semanas conteniendo, sin que ella lo hubiera notado nunca, más pruebas de su verdadera identidad de las que un hombre prudente debería haber dejado jamás a la vista de una desconocida.
La llamó por la tarde, con la voz tan controlada como siempre, y le propuso cenar en su piso esa noche, «algo sencillo, solo nosotros».
Ella aceptó con una naturalidad tan perfecta que, a Daniel, en su estado de alerta permanente de las últimas setenta y dos horas, le resultó sospechosa, aunque no tenía manera de saber que Élise, por su parte, llevaba el mismo tipo de decisión rondándole la cabeza desde la conversación con Noor en el aeropuerto, y que había aceptado la invitación, precisamente, porque necesitaba entrar en aquel piso con los ojos bien abiertos por primera vez desde que lo conocía.
Pasó la tarde entera preparando la trampa con la misma meticulosidad que aplicaba a cualquier golpe, odiándose, en algún nivel que no conseguía silenciar, por aplicar ese mismo vocabulario —trampa, golpe, verificación— a una mujer a la que, hasta hacía tres días, solo había sabido describir con palabras mucho más simples y mucho más peligrosas.
Colocó el engranaje a medio terminar sobre la mesa del taller en un ángulo que resultara visible desde la puerta sin resultar evidente desde el pasillo, dejó la puerta sin el pestillo que normalmente usaba, y se preparó una justificación tan poco original —una llamada urgente a un cliente en Zúrich— que le avergonzó un poco lo fácil que le resultaba mentir incluso en un momento en que lo único que de verdad quería era, por primera vez en años, no tener que hacerlo.
Ella llegó puntual, a las ocho, con esa botella de vino elegida con más cuidado del habitual y la carpeta de dibujo bajo el brazo —un objeto que llevaba consigo con tanta naturalidad que ya ni siquiera se preguntaba si debía o no llevarlo a cada sitio al que iba, un hábito de años que en ese preciso momento, en aquel piso concreto, se convirtió en el primer error de la noche—.
Durante la primera media hora ambos representaron, con una habilidad casi cómica dado lo que cada uno sabía sin saber que el otro también lo sabía, la comedia exacta de dos personas que se querían y que no tenían nada más grave que discutir que la elección del vino o el estado del tiempo.
Cenaron pasta de nuevo, con menos conversación de la habitual, ambos demasiado ocupados observándose mutuamente, sin querer reconocer en voz alta lo atentos que estaban el uno al otro, hasta que Daniel, con esa excusa que llevaba preparada desde por la tarde, se levantó de la mesa.
—Tengo que hacer una llamada rápida, un cliente en Zúrich que no entiende que existen las zonas horarias.
—Se dirigió hacia el dormitorio, dejando la puerta entreabierta lo suficiente como para que la luz del pasillo se colara, y desde allí, sin que ella pudiera verlo, se quedó observando, a través del reflejo distorsionado de un espejo antiguo colgado en la pared del salón, exactamente lo que Élise hacía en cuanto se creyó sola.
Élise esperó, contando en silencio hasta veinte, el mismo margen de seguridad que aplicaba siempre antes de dar cualquier paso irreversible, y después se levantó de la mesa y caminó, no hacia la cocina como habría hecho cualquier invitada ociosa, sino directamente hacia la puerta cerrada de una habitación pequeña, contigua al dormitorio, que Daniel nunca abría delante de ella y que ella misma, en visitas anteriores, había fingido no notar.
La puerta no estaba cerrada con llave —un descuido que Daniel se reprocharía después, aunque en el fondo, en algún rincón de sí mismo que empezaba a resultarle cada vez más difícil de ignorar, quizá lo hubiera dejado así a propósito— y Élise la abrió con el mismo cuidado silencioso con el que abría cualquier vitrina blindada.
Dentro encontró un pequeño taller, ordenado con una precisión casi obsesiva: un banco de trabajo, herramientas de relojería colgadas por tamaño exacto, un microscopio de joyero, y sobre la mesa, a medio terminar, sujeto en un pequeño tornillo de precisión, un engranaje de latón envejecido, idéntico en todo salvo en el patrón de los dientes al que ella había visto fotografiado, meses atrás, en un informe policial que Noor había conseguido de una fuente reservada.
Se quedó inmóvil en el umbral, con la mano todavía sobre el marco de la puerta, incapaz durante varios segundos enteros de procesar lo que tenía delante.
Algo se le rompía y se le reordenaba a la vez en el pecho con una violencia silenciosa que no se parecía a nada que hubiera sentido antes en ningún golpe, en ninguna huida, en ningún momento de peligro real.
—Ahora entiendes por qué nunca abro esa puerta —dijo Daniel, detrás de ella, con una voz tranquila que no reflejaba en absoluto la tormenta que llevaba tres días conteniendo.
Élise se dio la vuelta despacio, y en su cara, por primera vez desde que se conocían, no había ni rastro de la fachada calculada que había mantenido durante meses; solo una mezcla cruda de sorpresa, de rabia y de algo mucho más doloroso que ninguna de las dos.
—Daniel.
—Élise. —Repitió su nombre con una entonación distinta, como si de pronto pesara mucho más de lo que había pesado nunca—.
¿O debería decir Camille Aubert? Aldous Crane me habló, sin saberlo, de una marchante muy insistente que estuvo preguntando por El Relojero hace unos días.
Descripción física, acento, manera de moverse.
Coincide, punto por punto, con la mujer que tengo delante.
El silencio que siguió tuvo una densidad que ninguno de los dos había sentido nunca, ni siquiera en los primeros silencios de la cafetería, semanas atrás, cuando ambos calculaban cada palabra antes de pronunciarla.
Élise dejó la carpeta de dibujo caer, sin proponérselo, sobre el suelo de madera del taller, y de ella, entre los bocetos que sí eran solo bocetos, se deslizaron dos cosas que ambos vieron caer al mismo tiempo: un estudio a carboncillo de una anémona, con el pétalo inferior izquierdo deliberadamente desigual, la firma que Daniel llevaba meses viendo fotografiada en informes policiales sin llegar nunca, hasta ese preciso instante, a completar la conexión que su instinto llevaba días intentando evitarle; y, junto a él, una carte d'identité francesa auténtica, la única que llevaba encima sin falsificar, con un nombre impreso que no era ni Élise Favreau ni Camille Aubert.
Daniel se agachó y la recogió antes de que ella pudiera impedírselo.
«MOREAU, Élise», leyó en voz alta, despacio, como si pronunciar cada sílaba le costara un esfuerzo físico—.
Favreau es la restauradora de tapices que desayuna conmigo cada mañana.
La Musa es la mujer que roba cuadros. ¿Quién demonios es Moreau?
—Moreau es la única de las tres que no elegí yo.
—Élise le quitó el documento de la mano, sin brusquedad pero sin darle opción a retenerlo, y lo guardó de nuevo en la carpeta con un cuidado casi tierno, en contraste violento con todo lo demás que estaba pasando en esa habitación—.
Es la que figura en mi partida de nacimiento, la que usaba mi abuela, la que llevo encima solo porque ningún país te deja cruzar una frontera sin un apellido real detrás de los inventados.
Favreau lleva diez años siendo más mía que Moreau.
Pero tienes razón en una cosa: si de verdad quieres saber quién soy, ese es el nombre que tendrías que aprender a decir primero.
—La Musa —dijo él, en voz baja, casi como si nombrarlo en voz alta pudiera hacerlo todavía más real de lo que ya era.
—Sí. —Élise no intentó negarlo, no encontró en sí misma ninguna reserva de energía para seguir sosteniendo, ni un segundo más, una mentira que de pronto le pareció absurda, infantil, indigna de los meses que habían compartido—.
Sí, Daniel. Soy La Musa. He estado robando arte por Europa desde hace seis años, y tú eres El Relojero, y llevamos meses desayunando juntos sin saber que éramos, cada uno, precisamente lo que el otro llevaba meses buscando.
—¿Cuándo lo supiste?
—Hace tres días. En Londres. Un tallador de metales me habló de un padre relojero de afición, los domingos, en un cobertizo.
—Élise se pasó una mano por la cara, con un gesto de agotamiento genuino que no tenía nada de calculado—.
Pensé que era una locura. Una coincidencia demasiado conveniente para ser verdad.
Y una parte de mí, la parte más terca y más estúpida, decidió que necesitaba comprobarlo con mis propios ojos antes de creérselo del todo.
—Igual que yo. —Daniel señaló, con un gesto casi imperceptible, el dormitorio a oscuras de donde acababa de salir—.
Te he dejado sola a propósito. Te he observado a través de ese espejo mientras entrabas en esta habitación.
Te he puesto una trampa, Élise. Ni más ni menos que la que tú, sin saberlo, me has puesto a mí al traer esa carpeta hasta aquí sin pensarlo dos veces.
La rabia le llegó a Élise de golpe, más rápida y más limpia que el dolor, porque la rabia era un territorio que sabía habitar mejor, con más práctica, que la vulnerabilidad cruda que la revelación acababa de dejarle al descubierto.
—Me has puesto una trampa. —Repitió las palabras con una incredulidad que se afilaba a cada sílaba—.
Meses enteros de desayunos, de cenas, de esa noche en este mismo sofá.
¿En qué momento concreto, de todo eso, decidiste que yo era, además de lo que fuera que sintieras por mí, un problema de seguridad que había que verificar?