Capítulo 13 #2
—Hace tres días, cuando empecé a sospechar que la mujer de la que me había enamorado podía ser, además, la persona más buscada de media Europa junto conmigo mismo.
—La voz de Daniel se quebró, apenas, en la última parte de la frase, una grieta diminuta en una fachada que llevaba quince años sin mostrar ninguna—.
¿Y tú, Élise? ¿En qué momento decidiste tú que yo era un problema que había que resolver antes de seguir compartiendo cama conmigo?
—No es lo mismo. Tú entraste en mi vida sabiendo, en algún momento, más de lo que yo sabía de ti. Yo he pasado meses siendo la única que se descubría a sí misma cada vez que hablaba contigo.
—Eso no es cierto, y lo sabes. He pasado el mismo tiempo que tú preguntándome quién eras de verdad, sin atreverme a averiguarlo, hasta que el miedo a perderte pesó más que el miedo a la verdad.
—Daniel se apoyó contra el banco de trabajo, con los brazos cruzados, en una postura que no era de defensa sino de puro agotamiento—.
¿Sabes lo que es levantarte cada mañana durante tres semanas, sentarte frente a una mujer, y decidir, cada vez, no preguntarle lo único que de verdad querías preguntarle?
Yo tampoco lo sabía, hasta que te conocí a ti.
—¿No viene a ser lo mismo? Los dos hemos pasado los últimos días investigándonos mutuamente en vez de confiar el uno en el otro lo suficiente como para preguntarlo directamente.
Los dos hemos elegido la sospecha antes que la verdad.
—Daniel dio un paso hacia ella, y se detuvo, consciente de que cualquier gesto de cercanía en ese momento concreto podía leerse como manipulación en vez de sinceridad—.
Somos exactamente iguales, Élise. Esa es la parte que más me asusta de todo esto.
No que seas una ladrona. Que seas, en todo lo demás, como yo.
Élise se agachó, recogió la hoja del boceto caído, la sostuvo entre los dedos manchados de carboncillo con una delicadeza que contrastaba, dolorosamente, con la dureza de su expresión, y durante un momento pareció que iba a decir algo más, algo que suavizara, aunque fuera un poco, la tensión que llenaba el taller entero.
En cambio, dobló el boceto, lo guardó en la carpeta, y se dirigió hacia la puerta del piso sin volver a mirar atrás.
—Necesito tiempo, Daniel. No para decidir si te odio, aunque en este momento hay una parte de mí que lo intenta con bastante empeño. Necesito tiempo para decidir si puedo confiar en un hombre que me ha puesto una trampa en su propia casa el mismo día que descubrió quién era yo de verdad.
—Y yo necesito decidir si puedo confiar en una mujer que ha entrado en mi taller sin permiso en cuanto ha tenido tres minutos de ventaja.
—Daniel no lo dijo con rencor, sino con la misma honestidad cruda que ella acababa de emplear—.
Estamos empatados, Élise. Los dos hemos hecho justo aquello que el otro tenía todo el derecho a temer.
Ella se detuvo en el umbral, con la mano en el marco de la puerta, en la misma postura exacta en que la había encontrado él minutos antes frente al taller, y por un instante, breve y doloroso, algo en su expresión se ablandó lo suficiente como para que Daniel viera, debajo de la rabia, el miedo genuino de alguien que acababa de perder, en una sola noche, el único refugio que se había permitido en años.
—No sé si esto tiene arreglo —dijo, en voz baja, sin volverse a mirarlo—. No sé si dos personas que se dedican a mentir profesionalmente pueden, alguna vez, aprender a no mentirse entre ellas.
—Yo tampoco lo sé. —Daniel se quedó donde estaba, sin seguirla, consciente de que cualquier intento de retenerla esa noche solo empeoraría una herida que necesitaba, primero, dejar de sangrar—.
Pero antes de que te vayas, necesito que sepas una cosa, y quiero que sea lo único completamente cierto que te diga esta noche: todo lo demás ha sido calculado, medido, verificado.
Esto no. Lo que siento por ti no ha pasado ni una sola vez por ningún cálculo, Élise, y eso me aterra más que cualquier trampa que hayamos podido tendernos el uno al otro.
Élise no contestó. Salió del piso, cerró la puerta tras de sí con un cuidado casi excesivo, como si un portazo fuera a hacer irreversible algo que todavía, en algún rincón terco de su cabeza, esperaba que no lo fuera, y bajó las escaleras de la Rue des Granges hacia una noche de Ginebra que, por primera vez desde que había llegado a aquella ciudad, le pareció completamente ajena, un decorado sin ningún refugio real detrás.
Daniel se quedó solo en el taller, mirando el engranaje a medio terminar sujeto en el tornillo de precisión, y por primera vez en quince años sintió el impulso, inmediato y físico, de no terminarlo nunca.
• • •
Élise caminó sin rumbo durante casi una hora, cruzando puentes que apenas reconocía a pesar de llevar meses viviendo a ratos en aquella ciudad, con la carpeta apretada contra el pecho como si fuera lo único sólido que le quedaba en un mundo que, en el espacio de quince minutos, se le había reordenado por completo.
Se detuvo, finalmente, en el mismo Pont de la Machine que Daniel cruzaba cada mañana a las siete y cuarto sin que ella lo hubiera sabido nunca, y se quedó mirando el Rhône, negro y veloz bajo las luces de la ciudad.
Pensaba en la primera vez que se habían sentado juntos en Le Petit Miroir, en la mancha de carboncillo que él le había señalado sin comentar nada más, en las semanas enteras que habían pasado construyendo, sobre una base de mentiras compartidas, algo que a ella, en contra de todo su entrenamiento profesional, había empezado a parecerle real.
Sacó el teléfono y marcó el número de Noor, aunque eran más de las once de la noche.
—Lo sabe —dijo, en cuanto su amiga descolgó, sin ningún preámbulo—. Lo sé yo. Lo sabemos los dos.
—¿Estás bien?
—No lo sé. —Élise se llevó una mano a la cara, sorprendida al descubrir que tenía las mejillas húmedas sin haber sido consciente, hasta ese momento, de haber llegado siquiera a llorar—.
No sé si acabo de perder al hombre del que me he enamorado, o si acabo de encontrar a la única persona en el mundo capaz de entenderme por completo.
Y no sé, Noor, cuál de las dos posibilidades me da más miedo.