La firma del ladrón Capítulo 14
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Capítulo 14

Le Petit Miroir se quedó vacío de ambos durante ocho días.

Marguerite, que había pasado semanas observando aquella mesa junto a la ventana con la satisfacción discreta de quien ve florecer algo bonito, notó la ausencia el primer día y la atribuyó a un viaje de trabajo; al tercer día, empezó a sospechar que algo se había roto.

Al octavo, cuando Daniel volvió a cruzar la puerta de cristal esmerilado solo, con una expresión desconocida hasta entonces, ni siquiera en las primeras semanas en que llegaba solo por costumbre, Marguerite no hizo ninguna pregunta.

Se limitó a servirle el doble espresso sin azúcar con un silencio que, esa mañana, resultó ser el tipo de compañía que él necesitaba.

Daniel se sentó en su mesa de siempre, junto a la ventana, y durante los primeros minutos no consiguió hacer nada más que repasar, una y otra vez, cada fragmento de conversación que había tenido con Élise a lo largo de los últimos meses, ahora bajo una luz completamente distinta: la mancha de carboncillo del primer día, que ya no le parecía un descuido encantador sino la firma de una profesional tan cuidadosa como él mismo, dejada visible con la misma intención calculada con la que él dejaba sus engranajes; la historia de la infancia parisina, «hija de alguien», que ahora entendía como una confesión a medias, la única parte de la verdad que ella había podido permitirse compartir.

Estaba también el modo en que siempre pedía el té y nunca terminaba el cruasán, un hábito que él había interpretado como coquetería y que ahora reconocía, con una punzada incómoda, como el mismo tipo de control absoluto sobre cada gesto propio que él mismo practicaba desde los diecinueve años.

Sacó el cuaderno de tapas de cuero, buscó las páginas donde había ido anotando, semana tras semana, pequeños detalles sobre ella, y leyó, con una distancia crítica que nunca había aplicado a esas anotaciones mientras las escribía, la evolución completa de un hombre que se había ido enamorando, sin darse cuenta, de la única persona en Europa capaz de comprenderlo por entero.

Ahora no sabía si aquel amor había sido real o si, sencillamente, dos profesionales de altísimo nivel se habían reconocido mutuamente y habían confundido ese reconocimiento con algo más profundo.

Ollie llegó a Ginebra el sexto día, alegando que necesitaba «revisar en persona un par de cosas» que en realidad podría haber revisado perfectamente desde Londres, y se instaló en el piso de la Rue des Granges con la excusa técnica sirviendo, sobre todo, de tapadera para lo que ambos sabían que era, en realidad, una visita de apoyo moral que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar como tal.

—Tienes un aspecto horrible —le dijo, la segunda noche, mientras Daniel removía, sin ningún interés real, una sartén de verduras que llevaba diez minutos sin necesitar que la removieran—. Y no me refiero solo a las ojeras, aunque también a las ojeras.

—Gracias, Ollie. Muy útil.

—No intento ser útil, intento que reacciones.

Llevas seis días caminando por este piso como un fantasma que todavía no se ha enterado de que ha muerto.

—Ollie se sentó en la encimera, con la confianza de quien lleva once años entrando y saliendo de aquella cocina—.

¿Vas a llamarla, o vas a dejar que esto se pudra por puro orgullo británico?

—No es orgullo. Es que no sé qué decirle que no suene a otra manipulación calculada. Le tendí una trampa, Ollie. En mi propia casa. El mismo día que descubrí quién era.

—Y ella entró en tu taller sin pedir permiso el mismo día que tú le tendiste la trampa.

Estáis empatados, según me has contado tú mismo tres veces esta semana.

—Ollie bajó de la encimera, y por una vez dejó a un lado el tono irónico que usaba casi siempre para todo—.

Mira, no sé mucho de relaciones, lo sabes mejor que nadie.

Pero sé algo sobre confianza, porque llevo once años confiándote la vida cada vez que entramos juntos en una casa ajena.

Y lo que sé es esto: la confianza no se rompe la primera vez que alguien mete la pata.

Se rompe si, después de meter la pata, nadie da el primer paso para arreglarlo.

Daniel apagó el fuego, dejó la sartén a un lado sin servir nada, y se quedó mirando por la ventana de la cocina hacia las luces de la Vieille Ville, pensando, no por primera vez en esos seis días, en una mujer que en ese mismo instante podía estar a apenas dos kilómetros de distancia o a cientos, sin que él tuviera manera alguna de saberlo.

• • •

Élise, por su parte, no volvió al café ni una sola vez en esos ocho días.

Se refugió en el piso de Belleville con Noor, durmiendo en el sofá incómodo entre pantallas y cables, negándose a volver a su propio piso del Marais porque, según le explicó a Noor la segunda noche, necesitaba estar en un espacio que no le recordara a nada de los últimos meses, ni siquiera a su propia vida antes de Daniel.

—Tienes que decidir algo, Élise. —Noor se lo dijo al quinto día, con la paciencia empezando a agotársele, mientras preparaba café para las dos en la pequeña cocina del piso—.

No puedes seguir así indefinidamente. O le perdonas la trampa, o no se la perdonas, pero quedarte en esta especie de limbo furioso no te está ayudando a decidir nada, solo te está desgastando.

—No es tan sencillo.

—Nunca dije que fuera sencillo. Dije que tienes que decidir algo.

—Noor se sentó frente a ella, con las dos tazas humeantes entre ambas—.

Mira, yo no lo conozco. No sé si es de fiar.

No sé si esto tiene futuro o si es la peor idea que has tenido en tu vida profesional.

Pero sé una cosa, porque llevo seis años viéndote trabajar de cerca: nunca te había visto mirar a nadie del modo en que hablas de él, ni siquiera cuando hablas de él enfadada.

Eso tiene que significar algo, aunque ahora mismo no te apetezca escucharlo.

Élise se quedó mirando la taza sin tocarla, con los dedos manchados de carboncillo —había pasado buena parte de esos ocho días dibujando compulsivamente, anémonas sobre anémonas, en un intento inútil de encontrar en el gesto repetido algo parecido a la calma que antes le proporcionaba— y por primera vez desde la noche del taller se permitió, en voz alta, articular el miedo real que llevaba días evitando nombrar.

—Tengo miedo de que, en el fondo, la trampa que me tendió sea la prueba de que nunca dejará de verme como una amenaza antes que como una persona. Y tengo miedo, todavía más, de haber hecho yo lo mismo, sin siquiera darme cuenta.

—Entonces pregúntale eso directamente. No a través de una trampa, no a través de una investigación paralela. Pregúntaselo a la cara, como hacen las personas normales que no se dedican a robar arte por Europa.

—Somos exactamente lo contrario de personas normales, Noor.

—Puede ser. Pero hasta las personas anormales, de vez en cuando, merecen una conversación honesta antes de tirar por la borda algo que valía la pena.

Esa misma noche, mucho después de que Noor se hubiera ido a dormir, Élise se quedó despierta en el sofá incómodo del piso de Belleville, con el teléfono en la mano, escribiendo y borrando el mismo mensaje una docena de veces: demasiado frío, demasiado desesperado, demasiado parecido a una rendición que todavía no estaba segura de querer ofrecer.

Pensó en Marguerite, en el nudo torcido de su delantal, en las dos campanadas desiguales de la puerta de cristal esmerilado, en la cantidad exacta de mañanas que había necesitado para admitirse a sí misma que aquel ritual matutino se había convertido, sin que ella lo planeara, en la parte del día que más le importaba.

Pensó, también, en la cara de Daniel al verla salir del taller, en la grieta minúscula que se le había abierto en la voz al decir «esto me aterra más que cualquier trampa», y en lo poco propio que era de un hombre como él, entrenado durante quince años para no mostrar nada, dejar ver una grieta así delante de alguien a quien acababa de descubrir robándole, en cierto sentido, la misma confianza que él le había robado a ella.

Terminó por no enviar ningún mensaje esa noche. Pero por primera vez en ocho días, se durmió pensando no en la traición, sino en la posibilidad, todavía frágil, de una reconciliación.

• • •

A ochocientos kilómetros de allí, en un pub cerca del río en Southwark, Callum Straker llevaba dos horas bebiendo solo, en una mesa apartada del resto de la clientela, cuando un hombre que no había visto nunca se sentó frente a él sin pedir permiso, con la naturalidad tranquila de quien lleva mucho tiempo acostumbrado a que nadie le discuta el derecho a sentarse donde le apetece.

—Señor Straker. —El hombre, de unos cincuenta años, con acento de Europa del Este suavizado por décadas de vida en Londres, dejó sobre la mesa un sobre sin abrir—.

Le sorprenderá saber cuánto sabemos sobre usted.

Su historial militar, encomiable, dicho sea de paso.

Sus habilidades técnicas, considerables.

Y sus deudas, señor Straker, que son bastante menos encomiables y bastante más urgentes de lo que a usted le gustaría que fueran.

Callum se quedó mirando el sobre sin tocarlo, con el pulso acelerándose de un modo que el alcohol no le ayudaba a disimular.

—No sé de qué me habla.

—Claro que lo sabe. Cuarenta y dos mil libras, repartidas entre tres acreedores distintos, dos de los cuales han empezado ya a hacer preguntas incómodas sobre cuándo piensa usted saldar la deuda.

—El hombre sonrió, sin ninguna calidez en el gesto, y empujó el sobre un centímetro más hacia Callum—.

Represento a gente con recursos considerablemente mayores que los de esos acreedores, señor Straker.

Gente dispuesta a resolver, de manera discreta y definitiva, todo su problema económico, a cambio de información.

No le pedimos que traicione a nadie, entiéndame bien.

Solo le pedimos, de momento, que hable con nosotros de vez en cuando.

Que nos cuente cómo van las cosas. Nada más.

—¿Y si me niego?

—Entonces sus acreedores actuales seguirán haciendo esas preguntas incómodas, y en algún momento, señor Straker, dejarán de ser solo preguntas.

—El hombre se levantó, dejando el sobre sobre la mesa—.

Piénselo. No hay prisa. Volveré a ponerme en contacto con usted dentro de unas semanas, cuando la cifra de sus deudas haya crecido un poco más y su capacidad de decir que no haya menguado en la misma proporción.

Callum se quedó solo, mirando el sobre, durante un largo rato antes de abrirlo.

Dentro había cinco mil libras en efectivo, sin ninguna condición aparente, un simple anticipo destinado, con toda probabilidad, a hacer que la siguiente conversación resultara considerablemente más fácil de aceptar que aquella.

No se lo contó a Daniel esa noche, ni la noche siguiente, ni ninguna de las noches que siguieron. Se dijo a sí mismo que guardaría el dinero sin usarlo, como una especie de garantía que nunca llegaría a cobrarse, y durante un tiempo, incluso llegó a creérselo.

Escondió el sobre en el fondo de una caja de herramientas que rara vez abría, debajo de un juego de destornilladores que ya no usaba desde hacía años.

Durante los días siguientes se sorprendió a sí mismo, más de una vez, calculando mentalmente cuánto tardarían sus acreedores en volver a llamar, cuánto tardaría el hombre del pub en volver a aparecer, y cuánto estaría dispuesto a ceder antes de decir que no.

Nunca había sido un hombre de medias tintas, ni en el ejército ni en los quince años que llevaba trabajando junto a Daniel y Ollie, y el hecho de encontrarse, por primera vez en su vida adulta, calculando el precio exacto de su propia lealtad, le producía una sensación de vértigo que ni el whisky de las noches siguientes conseguía apagar.

—Pareces distraído —le dijo Daniel, cuando por fin volvieron a verse los tres juntos, una semana después, para revisar los detalles de un trabajo menor que Ollie había propuesto en Bruselas, más como excusa para reunirlos que por necesidad real—. ¿Todo bien?

—Todo bien. —Callum no levantó la vista del plano que tenía delante—. Solo cansado. Nada que un par de noches de sueño decente no arregle.

Daniel lo miró un momento más de lo estrictamente necesario, con esa atención minuciosa que aplicaba a cualquier detalle fuera de lugar, y durante un instante, breve, algo en la expresión de Callum le pareció distinto, más cerrado de lo habitual, aunque atribuyó la observación, equivocadamente, al cansancio genérico de un mal período para todos ellos, y no a la sospecha concreta que debería haber sido.