Capítulo 15
Katya había encontrado a Noor Haddad por el camino más lento y más fiable de todos: no persiguiendo a La Musa directamente, sino rastreando, durante semanas, cada intrusión no autorizada detectada en los sistemas de seguridad de las piezas que Nikitin había investigado como posibles objetivos de los dos ladrones de guante blanco.
Así dio con un patrón de código, una firma técnica tan personal y tan reconocible, a su manera, como el propio boceto de una anémona: un estilo de escritura de scripts, una preferencia por determinadas herramientas de intrusión, un horario de actividad que apuntaba, con una consistencia de meses, a una única persona operando desde algún punto de París.
Le costó a su equipo técnico once días más rastrear esa firma digital hasta una dirección IP residencial en Belleville, cruzando registros de proveedores de internet obtenidos mediante sobornos discretos a empleados de bajo nivel en tres compañías distintas, comparando patrones de tráfico nocturno con las fechas exactas de cada golpe conocido de La Musa, y descartando, uno por uno, once falsos positivos antes de llegar a una dirección que encajaba con una consistencia estadística que ya no dejaba espacio razonable para la duda.
Otros tres días de vigilancia física discreta —un hombre apostado en una cafetería con vistas al portal, turnos rotativos para no despertar sospechas, fotografías tomadas con teleobjetivo desde la ventana de un piso alquilado expresamente para la ocasión al otro lado de la calle— sirvieron para confirmar que la mujer que entraba y salía de aquel edificio con dos coletas altas y una mochila cargada de electrónica coincidía con el perfil que buscaban.
Establecieron, además, sus horarios habituales, las noches en que trabajaba sola, y el momento exacto en que la seguridad del edificio —una simple cerradura doméstica, sin ninguna de las precauciones que Noor aplicaba religiosamente a cualquier sistema digital pero que nunca había pensado en trasladar al mundo físico— resultaba más vulnerable.
Nikitin, al recibir la confirmación, no ordenó actuar de inmediato; se tomó dos días enteros para decidir el enfoque exacto, porque a diferencia de los hombres que había enviado a Dresde, él prefería siempre que la violencia, cuando resultaba necesaria, sirviera a un propósito preciso y no se desperdiciara en un exceso que solo atraería atención innecesaria.
—Quiero un mensaje —le dijo a Katya, la noche antes de dar la orden—, no un cadáver. Un cadáver trae a media Interpol. Un mensaje bien entregado trae dinero.
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Noor estaba sola en el piso de Belleville, un jueves por la noche, con tres pantallas encendidas y los auriculares puestos a un volumen que le impidió oír, hasta que fue demasiado tarde, el sonido de la cerradura cediendo bajo una ganzúa manejada con una brusquedad muy distinta de la precisión silenciosa con la que Daniel o Élise habrían forzado la misma puerta.
Dos hombres entraron sin ninguna intención de disimular su presencia, y el primero de ellos, un hombre corpulento de acento marcado —de un país que, en el segundo y medio que Noor tuvo para pensar antes de que le arrancaran los auriculares de un tirón, no habría sabido señalar con precisión en un mapa—, la sujetó por los hombros contra la propia silla desde la que había estado trabajando.
—No grites —dijo el segundo hombre, más delgado, con una voz calmada que resultaba, precisamente por su calma, mucho más aterradora que cualquier grito—. No hemos venido a hacerte daño. Hemos venido a que le des un mensaje a tu amiga.
—¿Qué amiga?
—No insultes nuestra inteligencia, por favor.
Sabemos para quién trabajas, y sabemos lo que ella y su nuevo socio inglés han estado acumulando durante años, hasta el último céntimo, en cuentas que nuestro empleador conoce mejor de lo que a ella le gustaría.
—El hombre delgado se agachó, hasta quedar a la altura de los ojos de Noor, que seguía inmovilizada contra la silla, con el corazón latiéndole tan fuerte que le costaba escuchar con claridad sus propias palabras—.
Nuestro empleador quiere una parte de eso.
No toda, solo una parte razonable, a cambio de dejarlas trabajar en paz en el futuro.
Dile eso a tu amiga. Dile que tiene diez días para responder, o la próxima visita no será tan educada como esta.
Volcaron, con un desprecio deliberado, dos de las tres pantallas al suelo, destrozando meses enteros de trabajo técnico en cuestión de segundos, y salieron con la misma tranquilidad con la que habían entrado.
Dejaron a Noor temblando en la silla, con las muñecas marcadas por la presión de unas manos que no habían necesitado hacer mucho más que sujetarla para dejar clara la clase de daño de la que eran capaces.
Se quedó mirando las dos pantallas destrozadas en el suelo, los fragmentos de plástico y cristal esparcidos entre cables sueltos.
Por un momento, absurdo dado lo que acababa de vivir, sintió una punzada de dolor casi tan intensa como el miedo, por los meses de trabajo perdidos, por los scripts personalizados que nunca había tenido tiempo de respaldar en ningún otro sitio, como si su cabeza necesitara, desesperadamente, agarrarse a un problema resoluble —recuperar datos, reconstruir código— antes de permitirse procesar el problema real, el que no tenía ninguna solución técnica posible: dos hombres habían entrado en su casa, la habían tocado, la habían amenazado, y sabían muy bien quién era ella y para quién trabajaba.
Se llevó las manos a las muñecas, todavía marcadas con el rojo de la presión reciente, y tardó casi veinte minutos enteros, sentada en el suelo entre los restos de sus propias herramientas, en conseguir que le dejaran de temblar lo suficiente como para marcar el número de Élise.
• • •
Élise llegó a Belleville cuarenta minutos después, todavía sin aliento por haber corrido buena parte del trayecto desde la estación de metro más cercana, y encontró a Noor sentada en el suelo, con la espalda contra el sofá, envuelta en una manta que se había echado ella misma sobre los hombros sin conseguir que el temblor le cesara.
—Estoy bien —dijo Noor, antes de que Élise pudiera preguntar nada, en un tono que desmentía por completo la afirmación—. Físicamente estoy bien. No me han hecho nada, solo... solo me han asustado. Mucho.
Élise se arrodilló junto a ella, la abrazó con una fuerza que rara vez se permitía mostrar delante de nadie, ni siquiera delante de la única persona que conocía todos sus secretos, y sintió, bajo la manta, el temblor de su amiga como una acusación silenciosa contra sí misma: contra la vida que había elegido, contra el riesgo que había normalizado durante años sin pensar nunca, hasta ese momento, en el precio que otras personas —personas que no habían elegido nada de aquello, personas que solo la habían acompañado por lealtad y por amistad— podían llegar a pagar por sus decisiones.
—Aquel día en la Sorbona —dijo Noor, con una risa pequeña y rota que no tenía ninguna alegría real detrás—, cuando me equivoqué de aula y te encontré a ti, la única persona tan aburrida como yo en todo el curso...
si alguien me hubiera dicho entonces que ese error terminaría con dos hombres entrando en mi casa para amenazarme por dinero robado en media Europa, creo que habría elegido el aula correcta.
—No digas eso.
—Es broma, Élise. Un poco. —Noor cerró los ojos un momento, respirando hondo, dejando que el temblor se le fuera asentando poco a poco bajo el peso de la manta y del abrazo—.
No me arrepiento de nada de esto, ni siquiera ahora mismo, con las muñecas todavía doliéndome.
Pero necesito que sepas que tengo miedo, mucho miedo, y necesito que hagas algo con ese miedo, porque yo sola no puedo.
—Voy a hacer algo con él. Te lo prometo.
—Cuéntame exactamente lo que han dicho. Palabra por palabra, si puedes.
Noor repitió el mensaje con la precisión de quien lleva media vida entrenándose para memorizar datos bajo presión, y a medida que hablaba, Élise sintió cómo la rabia y el miedo se le mezclaban en el pecho hasta formar algo mucho más frío y mucho más útil que cualquiera de las dos emociones por separado.
—Diez días —repitió, cuando Noor terminó—. Y saben lo de Daniel. Saben que trabajamos juntos ahora.
—Alguien nos ha estado vigilando durante mucho más tiempo del que creíamos, Élise.
Esto no es un golpe de suerte de algún matón local.
Esto es una organización con recursos suficientes para rastrear una firma de código a lo largo de meses y localizar una dirección física a partir de ella.
Es exactamente el tipo de amenaza de la que llevábamos meses hablando sin darle forma concreta.
Élise sacó el teléfono, con las manos todavía temblando ligeramente por la adrenalina, y marcó un número que no había marcado en ocho días enteros, desde la noche del taller, sin permitirse ni un segundo de duda sobre si aquella era, o no, la decisión correcta.
—Daniel. —Su voz sonó más firme de lo que se sentía por dentro, la disciplina de años imponiéndose incluso en el momento de mayor vulnerabilidad—. Necesito que vengas a París. Ahora mismo. Han atacado a Noor, y sea quien sea, sabe quién eres tú también.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el tiempo exacto que Daniel necesitó para procesar la información y descartar, de golpe, cualquier resto de orgullo herido que hubiera acumulado en los últimos ocho días.
—Estoy en un vuelo en menos de una hora. Mándame la dirección. Y Élise... —Dudó un momento, con una vulnerabilidad que rara vez dejaba asomar a su voz—. Me alegra que me hayas llamado a mí primero.
—No te he llamado por nosotros, Daniel. Te he llamado porque necesito ayuda de verdad, y porque, a pesar de todo lo que ha pasado, sigues siendo la persona en la que más confío en toda Europa para este tipo de problema.
—Es un comienzo —dijo él, y colgó, ya en movimiento hacia el aeropuerto de Ginebra, con Ollie marcando el número de Callum al mismo tiempo que preparaba, con manos rápidas, una bolsa que llevaba meses sin necesitar sacar del armario.
• • •
Nikitin recibió la confirmación del mensaje entregado con la misma indiferencia calculada con la que recibía cualquier informe operativo rutinario, sentado en su apartamento sobre el polígono industrial de las afueras de Praga, con Katya de pie frente a él, esperando instrucciones.
—Diez días —dijo Katya—. ¿Y si no responden a tiempo, o responden que no?
—Entonces subimos la apuesta. —Nikitin se sirvió, sin prisa, otro vaso de agua, con la calma inquebrantable de un hombre que había dejado de sentir urgencia por nada hacía muchos años—.
Si cooperan, ganamos dinero. Si no cooperan, ganamos información: cuánto están dispuestos a arriesgar el uno por el otro. De las dos maneras ganamos algo, Katya.
—¿Y si deciden unir fuerzas contra nosotros, en vez de ceder?
Nikitin sonrió, por primera vez en toda la conversación, una sonrisa fría que no le llegó a los ojos.
—Entonces sabremos que valían la pena. —Se levantó, caminó hasta la ventana que daba al polígono industrial, con las luces de las naves vecinas parpadeando en la oscuridad—.
Once años sin que los atrapen, Katya. Eso no es suerte, es disciplina.
Si luchan en vez de pagar, no los trato como a un objetivo más.
Los trato como lo que serían si trabajaran para mí: el mejor activo que ha tenido esta organización.
—¿Y si no se dejan reclutar de ninguna manera, ni con dinero ni con miedo?
—Entonces, Katya, tendremos que enseñarles lo que le pasa a la gente que decide que puede permitirse decirnos que no.