Capítulo 16
Daniel llegó al piso de Belleville poco después de la medianoche, con Ollie dos pasos por detrás cargando una bolsa de equipo que había reunido en menos de veinte minutos, con la eficiencia de quien lleva años preparado para justo ese tipo de emergencia.
Callum seguía en tránsito desde Londres, en un vuelo que no aterrizaría hasta el amanecer.
Subieron los tres tramos de escalera sin ascensor en silencio, y cuando Élise abrió la puerta, ambos se quedaron, durante un segundo entero, simplemente mirándose, con ocho días de distancia y de rabia y de dolor comprimidos en un espacio tan pequeño que ninguno de los dos supo, al principio, cómo llenarlo con palabras.
—Hola —dijo Daniel, finalmente, tan simple que, después de todo lo que había preparado decir durante el vuelo, le sonó casi ridículo.
—Hola. —Élise se apartó para dejarlo pasar, y el gesto, tan simple, contenía ya una especie de tregua tácita que ninguno de los dos necesitó explicar en voz alta—. Gracias por venir.
—No hacía falta que me lo agradecieras. Habría venido de todos modos, incluso si no me hubieras llamado.
Noor, sentada todavía en el sofá con la manta sobre los hombros, aunque el temblor ya casi se le había pasado, levantó la vista hacia Ollie en cuanto este entró detrás de Daniel.
Durante un instante, en medio de toda la tensión de la noche, algo pasó entre ambos que ninguno de los dos supo nombrar todavía: un reconocimiento inmediato, casi físico, de la misma especie de inteligencia inquieta, la misma manera de procesar el mundo a través de sistemas y de patrones antes que a través de cualquier otra cosa.
—Tú debes de ser el hacker del que tanto he oído hablar sin conocer nunca —dijo Noor, con una sonrisa cansada que, a pesar de todo lo que acababa de pasar, conservaba algo de su chispa habitual.
—Y tú debes de ser la persona que ha estado, según parece, minando los mismos datos que yo durante los últimos meses, sin que ninguno de los dos lo supiera.
—Ollie dejó la bolsa en el suelo, se acercó, y se sentó en el brazo del sofá, con una familiaridad que a cualquier otra persona le habría parecido presuntuosa y que a Noor, en cambio, le resultó extrañamente reconfortante en medio del caos de la noche—.
He visto tu firma de código, aunque no sabía que era tuya hasta hace unas horas.
Es buena. Muy buena, de hecho. Mejor que la mía en un par de cosas que voy a tener que preguntarte cómo haces.
—Halagos técnicos a las tres de la madrugada, después de que dos matones me hayan destrozado el equipo. Qué manera tan rara de conocerse.
—Prefiero pensar que es una manera memorable.
Élise y Daniel intercambiaron una mirada por encima de sus cabezas, la primera comunicación silenciosa real entre ambos desde la noche del taller, y en ella había algo parecido a un alivio compartido: en medio de todo lo que se había roto entre ellos dos, algo nuevo y completamente distinto empezaba a construirse entre sus respectivos socios, sin ningún cálculo de por medio, con la sencillez torpe y honesta de dos personas que se reconocían mutuamente.
• • •
Se sentaron todos alrededor de la mesa baja del salón, apartando cables y fragmentos de pantalla rota, y durante la hora siguiente reconstruyeron, pieza a pieza, todo lo que sabían sobre la amenaza que acababa de materializarse: el mensaje entregado a Noor, la mención explícita de cuentas acumuladas durante años, el plazo de diez días, y la evidente sofisticación técnica necesaria para rastrear una firma de código hasta una dirección física en cuestión de semanas.
—No es un grupo improvisado —dijo Daniel, con la mente ya trabajando en el mismo modo analítico que aplicaba a cualquier sistema de seguridad ajeno, aunque esta vez el sistema en cuestión era una amenaza contra la vida de gente a la que quería—.
Tienen recursos. Tienen paciencia. Y tienen, lo que es más preocupante, información que ni Interpol ni el FBI, hasta donde sabemos, han conseguido reunir en años de investigación.
Eso significa que están dispuestos a usar métodos que la policía no puede usar, y que llevan más tiempo del que nos gustaría siguiéndonos la pista.
—¿Cuánto tiempo, exactamente? —preguntó Noor, todavía envuelta en la manta, aunque su voz había recuperado ya buena parte de la firmeza habitual—.
Porque si han tardado semanas en rastrear mi firma de código hasta esta dirección, eso significa que llevan meses, como mínimo, interesados en nosotros específicamente, no en ladrones de arte en general.
—Meses, probablemente, contados desde que empezaron a comparar sistemáticamente los dos nombres en los foros.
—Daniel se levantó, caminó hasta la ventana, y se quedó mirando las primeras luces del amanecer empezando a asomar sobre los tejados de Belleville—.
Lo cual significa que esto no ha sido una decisión repentina motivada por un golpe concreto.
Ha sido un proyecto de fondo, paciente, dirigido por alguien que sabe exactamente lo que quiere y que tiene la disciplina para esperar el momento adecuado antes de actuar.
Ese tipo de paciencia, en mi experiencia, solo la tienen dos clases de personas: los profesionales de verdad, y los que han sido entrenados militarmente para no confundir la urgencia con la eficacia.
—El golpe de Dresde. —Élise lo dijo en voz alta, conectando, por primera vez, un dato que llevaba semanas archivado sin urgencia—.
Hace unos meses, en los mismos foros donde circula información sobre nosotros, alguien mencionó un golpe muy violento en Alemania, ejecutado por gente sin ninguna de nuestras precauciones.
Si es el mismo grupo, no solo tienen recursos técnicos.
Tienen también la disposición a usar violencia real cuando la consideran necesaria.
—Entonces necesitamos saber quiénes son, con nombres reales, antes de que se cumplan los diez días.
—Ollie ya tenía el portátil abierto, con Noor inclinada sobre su hombro, comparando notas técnicas con una fluidez sorprendente, dado lo natural que resultaba trabajar juntos desde el primer minuto—.
Entre lo que yo tengo sobre el patrón de comunicación del foro y lo que Noor tiene sobre la intrusión de esta noche, deberíamos poder reconstruir, como mínimo, la infraestructura técnica que están usando.
Servidores, direcciones IP de origen, quizá alguna filtración de metadatos si tienen la mala suerte de haber sido descuidados en algún punto.
—Necesitamos algo más que infraestructura técnica —dijo Daniel—.
Necesitamos saber si esto es una organización con un líder identificable, o una red descentralizada sin cabeza visible.
Contra lo primero se puede negociar, o se puede golpear con precisión quirúrgica.
Contra lo segundo, no hay victoria posible, solo contención.
—Hay algo más que deberíamos considerar.
—Élise se sirvió el resto del café ya frío que Noor había preparado horas antes, sin ningún interés real en bebérselo, solo por darle a las manos algo que hacer mientras hablaba—.
Si esta gente ha estado siguiéndonos con esta paciencia, es muy probable que también estén al tanto de la investigación conjunta de Interpol y el FBI.
Puede que incluso la estén usando, sin que la propia investigación lo sepa, para hacer parte de nuestro trabajo de localización por ellos.
—Lo cual significa que no podemos acudir a la policía sin arriesgarnos a que cualquier información que compartamos llegue, de un modo u otro, hasta ellos. —Daniel asintió, sombrío—. Estamos solos en esto. Los cuatro que estamos en esta sala, más Callum en cuanto aterrice.
—Los seis —corrigió Noor, señalando con la cabeza hacia Ollie—. Porque a partir de esta noche, doy por hecho que él también forma parte de esto, tanto como yo formo parte del vuestro.
—Encantado de formar parte oficial de algo tan peligroso apenas seis horas después de conocerte —dijo Ollie, sonriendo, aunque la sonrisa no bastaba para tapar lo en serio que se estaba tomando, por dentro, cada palabra de la conversación—.
Aunque debo decir que es, con diferencia, la manera más interesante que he tenido nunca de conocer a alguien.
Élise se quedó mirando a Daniel un momento. En su cara se mezclaban el pragmatismo profesional que ambos compartían y algo mucho más personal, todavía sin resolver entre ellos, que la urgencia de la noche había obligado, al menos temporalmente, a dejar en un segundo plano.
—Vamos a necesitar más gente de la que tenemos aquí esta noche. —Dijo—. Y vamos a necesitar decidir, los dos juntos, si esto lo enfrentamos como dos equipos separados que cooperan por conveniencia puntual, o como un único equipo, del todo, sin reservas.
—Yo ya he decidido eso —contestó Daniel, sosteniéndole la mirada con una firmeza que no admitía ambigüedad—.
Decidí subirme a ese avión en cuanto colgaste el teléfono, Élise.
No hay reservas de mi parte. Las hubo hace ocho días, y entiendo por qué, y las tuyas también estaban justificadas.
Pero esto es distinto. Esto no es sobre nosotros dos y nuestra confianza rota.
Esto es sobre gente que ha entrado en la casa de tu mejor amiga y la ha amenazado, y sobre lo que estoy dispuesto a hacer para que eso no vuelva a pasar.
Élise asintió, despacio, y algo en la tensión que llevaba ocho días cargando en los hombros se aflojó, apenas, lo suficiente como para que, por primera vez desde la noche del taller, consiguiera respirar hondo sin que le doliera el pecho al hacerlo.
—Entonces somos un equipo —dijo—. Un solo equipo, hasta que esto termine. Y después, Daniel, vamos a tener que hablar de verdad sobre todo lo demás, sin urgencias de por medio que nos permitan seguir aplazándolo.
—Después de esto —contestó él—, te prometo que hablaremos de todo lo demás. Todo lo que haga falta.
Antes de que llegara Callum, mientras Ollie y Noor seguían inclinados sobre el portátil comparando notas técnicas —su concentración ya empezaba a parecer más excusa para seguir hablando que necesidad estrictamente operativa—, Daniel siguió a Élise hasta la pequeña cocina, donde ella había ido a preparar más café que en realidad nadie iba a beber.
—Sobre lo de antes —dijo él, apoyándose contra la encimera, con la voz más baja de lo que había usado en toda la reunión—.
Lo de que después de esto hablaríamos de todo lo demás.
Lo decía en serio, pero también quiero que sepas que no espero que ese «después» borre los ocho días de estos días, ni la trampa, ni nada de lo que ha pasado entre nosotros.
Solo quiero la oportunidad de intentarlo bien, sin prisa, cuando no tengamos una amenaza real pendiente sobre la cabeza de la gente que queremos.
—Lo sé. —Élise dejó la cafetera a un lado, se giró hacia él, y por primera vez desde la noche del taller dejó que la distancia entre ambos se redujera lo suficiente como para que pudiera ver, de cerca, el cansancio genuino que también a él le marcaba la cara—.
Y yo también lo digo en serio, Daniel. No he dejado de estar enfadada.
No he dejado de sentir que ambos nos hicimos daño esa noche.
Pero te he llamado a ti primero, entre todas las personas que conozco en este continente, y eso también significa algo que no pienso seguir ignorando solo por orgullo.
No se besaron. No era el momento, y ambos lo sabían sin necesidad de decirlo, con la misma comprensión mutua instintiva que llevaba meses definiendo la relación entre ambos incluso antes de saber quién era, en realidad, la persona que tenían delante.
Pero Daniel extendió la mano, y Élise la cogió, y se quedaron así un momento, en la pequeña cocina del piso de Belleville, con el amanecer entrando gris por la ventana, permitiéndose una tregua breve antes de que la urgencia de la amenaza volviera a reclamar toda su atención.
Callum llegó poco después, con los ojos enrojecidos por el vuelo nocturno y una tensión en los hombros que nadie, en medio del caos de la noche, se detuvo a notar.
Cargaba consigo, sin que nadie más lo supiera, el peso de un sobre con cinco mil libras escondido en el fondo de una caja de herramientas en Londres, y la certeza, cada vez más difícil de ignorar, de que el hombre que se lo había entregado en aquel pub de Southwark trabajaba, casi con toda seguridad, para la misma organización que acababa de amenazar a una mujer a la que ni siquiera conocía.
Se presentó a Noor con una cortesía profesional impecable, estrechándole la mano con la firmeza de siempre.
Nadie en la sala notó que, por debajo de esa cortesía, algo en él se había quebrado un poco más al descubrir, con sus propios ojos, el rostro concreto y humano de una de las personas a las que su silencio, tarde o temprano, terminaría poniendo en peligro.