Capítulo 17
Pasaron los tres días siguientes trabajando casi sin descanso, repartidos entre el piso de Belleville y un segundo piso franco que Daniel alquiló, en efectivo y bajo un nombre nuevo, a quince minutos de distancia, con la lógica operativa de no concentrar a todo el equipo en un único punto que ya había demostrado ser vulnerable.
Era un piso pequeño en la Rue de la Roquette, con vistas a un patio interior más que a la calle —una elección deliberada, otra capa de precaución sobre las precauciones ya tomadas—, amueblado con lo mínimo indispensable y con una mesa de comedor que en cuestión de horas se transformó en centro de operaciones improvisado, cubierta de mapas impresos, cables enroscados y los tres portátiles que nunca dejaban de estar encendidos.
Ollie y Noor se instalaron en un rincón del piso de Belleville que rápidamente empezó a parecer un puesto de mando propio, con Noor sustituyendo las dos pantallas destrozadas por otras nuevas compradas esa misma mañana en efectivo, en tres tiendas distintas, para no dejar un rastro de compra reconocible, y con Ollie desplegando a su lado una arquitectura de scripts que llevaba años puliendo y que rara vez le mostraba a nadie fuera del círculo más estrecho de Daniel y Callum.
—Tu forma de estructurar las consultas es una locura —le dijo Noor, la primera tarde, inclinada sobre el hombro de Ollie con una mezcla de escepticismo profesional y fascinación genuina—. Nadie anida subconsultas así. Debería ser ilegible.
—Y sin embargo. —Ollie no apartó la vista de la pantalla, aunque la sonrisa se le notaba en la voz—.
Funciona el doble de rápido que cualquier cosa que hayas escrito tú, y no me digas que no, porque acabo de ver tu código de la semana pasada en el repositorio que compartiste sin darte cuenta de que yo también tenía acceso.
—Eso es allanamiento digital.
—Eso es curiosidad profesional entre colegas. Hay una diferencia legal importante, te lo aseguro, aunque ahora mismo no recuerdo exactamente cuál es.
Trabajando en tándem, con una eficiencia sorprendente incluso para Daniel y Élise cuando pasaban por allí a comparar notas, Ollie y Noor consiguieron reconstruir buena parte de la infraestructura digital que la organización enemiga había usado para rastrear a Noor: un servidor intermediario en Chipre y una cadena de conexiones que rebotaba a través de cuatro países distintos antes de perderse en un callejón sin salida técnico.
Lo más útil de todo fue un fragmento de metadatos descuidado en una de las fotografías de vigilancia que los hombres del pub habían tomado de Noor semanas atrás: por algún error de configuración que Ollie calificó de «regalo de Navidad adelantado», conservaba una marca de geolocalización aproximada de un piso alquilado en Belleville, a apenas dos manzanas del propio edificio de Noor.
—Están cerca —dijo Noor, la segunda noche, con la voz más tensa de lo que había sonado en horas, mirando fijamente el punto marcado en el mapa digital—.
No a un país de distancia, ni siquiera a un barrio de distancia.
A dos manzanas de mi propia puerta. Llevaban semanas viviendo prácticamente al lado de mi casa.
—O alquilaron el piso solo para la vigilancia, y ya lo han dejado vacío.
—Ollie se lo dijo con la voz más suave que solía usar, consciente de que el descubrimiento, más que un triunfo técnico, era también un recordatorio incómodo de lo cerca que había estado el peligro—.
De cualquier modo, es el primer sitio físico real que tenemos.
Todo lo demás, hasta ahora, eran sombras digitales.
Callum, por su parte, se encargó de la vigilancia física del piso señalado por los metadatos, apostado durante horas en cafeterías y portales con la paciencia adquirida en años de operaciones militares, documentando entradas y salidas con un cuaderno pequeño de notas y una cámara con teleobjetivo que Daniel le había conseguido esa misma mañana.
Desde una mesa junto a la ventana de un café con vistas parciales al portal, anotaba horarios, describía siluetas, memorizaba matrículas de los pocos vehículos que se detenían frente al edificio más de un par de minutos, todo con la profesionalidad metódica que llevaba quince años aplicando a cualquier trabajo.
Cargaba, en silencio, con un peso que ninguno de sus compañeros sospechaba todavía y que le costaba, cada día un poco más, disimular detrás de la fachada profesional de siempre.
Dos veces, durante esos tres días, un hombre corpulento con abrigo oscuro entró en el edificio y salió menos de una hora después, y las dos veces Callum sintió, con una certeza física que le subía por la garganta como bilis, el impulso irracional de cruzar la calle y preguntarle directamente si trabajaba para el mismo hombre que le había dejado un sobre con cinco mil libras en un pub de Southwark.
Las dos veces se quedó sentado, con el café enfriándose delante de él, anotando la hora exacta en el cuaderno con mano firme, gracias solo a años de entrenamiento para que no le temblara.
Daniel y Élise, en cambio, se ocuparon de reconstruir el perfil operativo de la amenaza, sentados durante horas frente a mapas y calendarios, cruzando cada dato nuevo con la información ya conocida sobre el golpe de Dresde, en una colaboración que fue, poco a poco, disolviendo la distancia que ocho días de silencio habían levantado entre ambos, no con grandes gestos ni con conversaciones solemnes, sino con la acumulación lenta de horas compartidas, de decisiones tomadas en conjunto, de la clase de confianza operativa que, en su oficio, precedía casi siempre a cualquier otra clase de confianza.
—Si cruzamos las fechas de las intrusiones registradas por Noor con las fechas en que sabemos, por los foros, que circuló información nueva sobre nosotros, obtenemos algo interesante.
—Élise trazó una línea con el dedo sobre el calendario extendido en la mesa, señalando tres fechas marcadas en rojo—.
Cada pico de actividad de vigilancia coincide, casi al día, con un golpe nuestro o de La Musa.
No nos vigilan de manera constante. Nos vigilan de manera reactiva, cada vez que uno de los dos hace algo nuevo.
—Lo cual significa que tienen a alguien monitorizando los foros en tiempo real, alguien capaz de traducir un rumor de foro en una orden operativa en cuestión de horas.
—Daniel se inclinó sobre el mismo calendario, con el ceño fruncido en el gesto de concentración que Élise ya había aprendido a reconocer como el que precedía casi siempre a una idea útil—.
Eso apunta a una estructura jerárquica clara, no a una red horizontal de informantes sueltos.
Alguien recibe la información, la evalúa, y decide, personalmente, cuándo actuar.
Ese alguien es quien tenemos que identificar.
—Un hombre paciente, con recursos, con una cadena de mando corta y con acceso a matones dispuestos a entrar en casas ajenas sin dudarlo.
—Élise se recostó en la silla, frotándose los ojos, con tres noches de sueño insuficiente empezando a notársele en los movimientos—.
Empieza a sonar a alguien muy concreto, Daniel, y no me gusta nada la dirección en la que apunta mi instinto.
—A mí tampoco. Pero prefiero seguir el instinto hasta el final antes que ignorarlo por miedo a confirmarlo.
La tercera noche, con Ollie y Noor ya retirados a dormir en el piso de Belleville y Callum instalado en un pequeño hotel cercano tras doce horas seguidas de vigilancia, Daniel y Élise se quedaron solos en el piso franco de la Rue de la Roquette, rodeados de los mismos mapas y calendarios que llevaban tres días desplegando y recogiendo cada mañana y cada noche.
Élise había preparado té para los dos, sin que nadie se lo pidiera, con el mismo gesto automático de cuidado que había repetido durante meses en Le Petit Miroir sin saber, entonces, que lo hacía por el hombre que un día resultaría ser su rival más peligroso.
—Llevas media hora mirando el mismo punto del mapa sin decir nada —le dijo Élise, dejando la taza frente a él sin que se lo pidiera—. ¿Qué has encontrado?
—Nada nuevo, en realidad. —Daniel se recostó en la silla, se frotó los ojos con el dorso de la mano, y por primera vez en tres días dejó que el cansancio se le notara entero en la cara, sin ningún esfuerzo por disimularlo delante de ella—.
Solo estaba pensando en lo raro que resulta esto.
Llevo quince años trabajando solo, o con Ollie y Callum como mucho, y en tres días contigo he avanzado más en entender a este enemigo de lo que habría avanzado en tres semanas por mi cuenta.
—Dos cabezas piensan mejor que una, dicen.
—No es solo eso. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa, buscando las palabras con el mismo cuidado con el que elegía cada paso dentro de una casa ajena—.
Es que pienso distinto cuando pienso contigo al lado.
Más despacio en algunos sitios, más rápido en otros.
Como si hubiera estado usando solo la mitad de mi propia cabeza todos estos años sin saberlo.
Élise no contestó de inmediato. Se quedó mirándolo, con esa atención minuciosa que compartían los dos, y algo en su expresión se ablandó de un modo que llevaba once días sin permitirse.