La firma del ladrón Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Yo también he estado pensando en algo estos tres días.

—Se levantó, rodeó la mesa, y se sentó en el borde, cerca de él, lo bastante cerca como para que el gesto fuera, en sí mismo, una declaración—.

He estado pensando que la noche del taller, cuando te dije que no sabía si dos personas que se dedican a mentir profesionalmente pueden aprender a no mentirse entre ellas, estaba equivocada en algo importante.

No se trata de dejar de mentir del todo, Daniel.

Nuestro oficio no nos lo permite, y sería absurdo fingir que sí.

Se trata de decidir, cada día, a qué persona no le mentimos nunca, pase lo que pase.

Y llevo tres días viéndote elegirme a mí, una y otra vez, incluso en los momentos en que habría sido más fácil no hacerlo.

—Siempre te voy a elegir a ti. —Lo dijo sin ningún cálculo, sin la disciplina de años que normalmente pesaba cada palabra antes de pronunciarla, con la misma honestidad cruda que solo se había permitido, hasta entonces, la noche del taller—.

Eso no ha cambiado ni un solo día de estos once, Élise, ni siquiera en los peores momentos.

Ella extendió la mano, le apartó un mechón de pelo de la frente con un gesto que era el reflejo exacto del que él le había hecho a ella, meses atrás, en el restaurante de Marcel, y esta vez ninguno de los dos se detuvo antes de cruzar la distancia que quedaba entre ambos.

El beso fue distinto del primero, del que habían compartido en el sofá de la Rue des Granges semanas atrás: menos exploratorio, más certero, cargado del peso específico de todo lo que habían estado a punto de perder y habían decidido, en cambio, recuperar.

Se levantaron de la mesa sin dejar de tocarse, sin prisa a pesar de la urgencia que llevaba días construyéndose entre ambos, y Daniel la guio hacia el dormitorio con la misma atención reverencial con la que sostenía cualquier objeto de valor incalculable.

Una claridad física, como un golpe en el pecho, le dijo que la mujer que tenía delante era, con diferencia, el objeto más valioso que había tenido nunca entre las manos, y que esta vez, a diferencia de cualquier otra pieza que hubiera robado en su vida, no tenía ninguna intención de dejarla ir.

Lo que pasó después quedó entre los dos, en la intimidad de una habitación con las cortinas cerradas contra las luces de Ginebra, un territorio que ninguno de los dos necesitaba compartir con nadie más, ni siquiera con Ollie o con Noor a la mañana siguiente, aunque ambos, al reunirse de nuevo con el resto del equipo, cruzaron una mirada que decía, sin ninguna necesidad de palabras, todo lo que ninguno de los dos iba a explicar en voz alta.

• • •

Por la mañana, mucho antes de que el resto del equipo se despertara, Élise se quedó mirando a Daniel dormir, con la luz gris del amanecer entrando por una rendija entre las cortinas, y pensó, no por primera vez pero sí con una claridad nueva, en lo extraño que resultaba haber encontrado, precisamente en el hombre al que la profesión debería haber convertido en su rival más peligroso, la única persona ante la que se sentía completamente segura de ser, por fin, exactamente quien era.

—Te estoy observando dormir como una acosadora —dijo, cuando él abrió los ojos y la sorprendió mirándolo—. Deberías empezar a preocuparte por mí.

—Llevo meses acostumbrado a que me observes. —Daniel sonrió, todavía medio dormido, y le cogió la mano sobre las sábanas—. Es, con diferencia, mi parte favorita del día.

—Tenemos diez días, Daniel. Bueno, siete ya. Y todavía no sabemos con certeza a quién nos enfrentamos.

—Lo sé. —Se incorporó, con la seriedad volviendo a instalársele en la cara con la misma rapidez con la que se había ido—. Pero por primera vez en once días, siento que lo vamos a averiguar juntos, y eso, extrañamente, me da más confianza que cualquier plan que hubiera podido trazar yo solo.

• • •

A las nueve, cuando el resto del equipo empezó a llegar al piso franco con cruasanes comprados de camino y el aire cansado pero decidido de gente que sabía que el reloj seguía corriendo, Daniel había extendido ya, sobre la mesa del comedor, un mapa nuevo de París con el edificio de Belleville marcado en rojo y una lista, escrita a mano, de todo lo que Callum había documentado en tres días de vigilancia.

—Necesitamos decidir qué hacemos con esta dirección —dijo Daniel, cuando todos estuvieron sentados, con Noor todavía masticando el último bocado de cruasán y Ollie sirviendo café para los seis en tazas que no hacían juego—.

Podemos seguir vigilando desde fuera, con la esperanza de identificar a alguien con autoridad suficiente para llevarnos hasta el resto de la organización. O podemos entrar.

—Entrar en un piso que sabemos que usa gente dispuesta a amenazar y a golpear sin dudarlo no es precisamente una operación de bajo riesgo, Daniel.

—Élise lo dijo sin ninguna intención de vetar la idea, solo con la precisión profesional de quien necesita que cada opción quede sobre la mesa con sus costes reales antes de decidir nada.

—Lo sé. Por eso no vamos a entrar como quien fuerza una cerradura al azar.

Vamos a entrar como quien ha estudiado un objetivo durante semanas, con toda la disciplina que aplicaríamos a cualquier golpe de nuestra vida profesional.

—Daniel señaló el cuaderno de Callum, extendido junto al mapa—. Callum, ¿qué patrones tenemos?

—El piso está prácticamente vacío entre las once de la mañana y las cuatro de la tarde, todos los días que lo he vigilado.

—Callum habló con la voz ronca de quien ha dormido mal tres noches seguidas, sin apenas levantar la vista del cuaderno, un gesto que Daniel, todavía distraído por la urgencia de la reunión, siguió sin interpretar correctamente—.

Un hombre entra dos veces al día, mañana y noche, breves visitas de menos de una hora.

No he identificado ninguna presencia permanente dentro.

Podría ser un piso de paso, no una base operativa real.

—Entonces mañana, entre las once y las cuatro, entramos.

—Daniel miró a Élise, buscando su conformidad sin necesidad de pedirla en voz alta—.

Solo a mirar. Sin tocar nada que pueda delatar que hemos estado allí.

Necesitamos nombres, necesitamos conexiones, necesitamos algo que nos lleve más arriba en la cadena de mando de la que hablábamos anoche.

—Siete días —dijo Élise, mirando el calendario donde llevaban tres días tachando fechas—. Nos quedan siete días para encontrar a esa persona antes de que el plazo de Noor expire y decidan, como dijo aquel hombre, subir la apuesta.