Capítulo 29 #2
Se despidieron esa misma noche, en el almacén, con la certeza compartida de que era, probablemente, la última vez que los seis estarían todos juntos en la misma habitación bajo los nombres que se habían dado los unos a los otros durante los meses más intensos de sus vidas.
—Cuídense. —Elena les estrechó la mano, uno por uno, deteniéndose un momento más en la de Callum—. Y señor Straker, para que conste: lo que hizo esa noche en Praga no borra lo que hizo antes. Pero cuenta. Cuenta mucho más de lo que probablemente usted mismo esté dispuesto a admitirse todavía.
—Gracias, agente Vasko.
—Elena. Ya no soy su perseguidora oficial. Podemos, como mínimo, tutearnos.
Cuando se marchó, con el sobre de documentos oficiales todavía sobre la mesa como el único rastro tangible de que aquella reunión había ocurrido, Daniel se quedó mirando a los cuatro que quedaban —Ollie, Noor, Callum, y Élise a su lado, con la mano entrelazada en la suya con una firmeza que ya no necesitaba ninguna palabra para confirmarse—, consciente de que la próxima vez que se vieran, si es que había una próxima vez, iba a ser bajo nombres que ninguno de ellos conocía todavía.
—Entonces, ¿por dónde empezamos? —preguntó Ollie, rompiendo el silencio con el mismo humor que lo había sostenido a través de los peores momentos de los últimos meses—.
Porque inventarse una identidad nueva desde cero, sinceramente, suena a la clase de proyecto que se me da mejor que a nadie en esta sala.
—Empezamos por decidir dónde queremos vivir el resto de nuestras vidas.
—Daniel miró a Élise, con una pregunta en los ojos que llevaba semanas queriendo hacerle en voz alta—.
Sin ningún cliente del Puerto Franco, sin ninguna tapadera profesional que sostener.
Solo el sitio donde tú y yo, de verdad, queramos empezar de cero.
Élise se quedó pensando un momento, con una sonrisa lenta asomándole a la cara, la primera desde hacía semanas que no llevaba ninguna sombra de cálculo profesional detrás.
—Tengo una idea. Pero vas a tener que confiar en mí sin preguntas, al menos hasta que lleguemos.
Antes de marcharse de Ginebra para siempre, pasaron juntos, una última vez, por Le Petit Miroir, en la Place du Bourg-de-Four, a la misma hora exacta de siempre, y encontraron a Marguerite detrás del mostrador, con el mismo delantal de nudo torcido de siempre, que los reconoció de inmediato a pesar de los meses transcurridos desde su última visita.
—Pensé que no volvería a verlos juntos. —Les sirvió, sin que se lo pidieran, un doble espresso sin azúcar y un té Earl Grey con un cruasán que Élise, esta vez, sí terminó por completo—.
Se les veía distintos, aquellos últimos meses.
Distantes. Me alegra comprobar que fuera lo que fuera, se ha arreglado.
—Se ha arreglado, Marguerite. —Daniel sonrió con una calidez genuina, sin ningún cálculo ya detrás—. Nos vamos de Ginebra. Empezamos algo nuevo, en otro sitio.
—Entonces esta ronda invita la casa. —Marguerite les guiñó un ojo, con la misma satisfacción discreta de quien lleva meses observando florecer algo bonito sin necesitar nunca saber los detalles—. Vuelvan alguna vez, si pueden. Esta mesa junto a la ventana siempre estará libre para ustedes dos.
Se quedaron sentados un buen rato, después de que Marguerite volviera a sus tareas, en silencio, simplemente disfrutando de la mañana ordinaria de un martes cualquiera en Ginebra, sin nadie persiguiéndolos, sin ninguna identidad falsa que sostener durante los próximos veinte minutos, sin ningún trabajo pendiente más allá del simple placer de estar, por fin, sentados el uno junto al otro sin ningún secreto real entre ambos.
Daniel dejó, antes de irse, un pequeño engranaje tallado en latón sobre el platillo de la propina, no como firma de ningún robo sino como el último gesto de un oficio que dejaba atrás, y Élise, con una sonrisa cómplice, añadió junto a él un boceto diminuto de una anémona, trazado a carboncillo en la esquina de una servilleta, la primera vez en toda su carrera que dejaba su firma sin haberse llevado nada a cambio.
Marguerite encontró ambos objetos minutos después, sin entender bien su significado pero reconociendo, con la intuición de quien lleva media vida observando a los enamorados desayunar en su cafetería, que aquel gesto pequeño contenía algo mucho más grande de lo que aparentaba, y los guardó, sin preguntarse por qué, en el cajón donde guardaba las pocas cosas que de verdad le importaban conservar, convencida, sin ninguna prueba real que sostuviera la convicción, de que algún día volvería a ver a aquella pareja cruzar la puerta de cristal esmerilado de su cafetería.
—Nosotros no tenemos ese mismo problema, en realidad.
—Noor, todavía apoyada contra Ollie, intervino con una ligereza que llevaba semanas reconstruyendo, poco a poco, desde su rescate—.
Nadie ha fotografiado nunca mi cara en ningún banco de Gibraltar, ni la de Ollie en ninguna cámara de Belice.
Fuimos el apoyo técnico, no la firma visible de ningún golpe.
Sospecho que podemos permitirnos, con algo de cuidado y bastante discreción, seguir siendo exactamente quienes somos.
—Eso no significa que no vayamos a tomar precauciones.
—Ollie, sin embargo, no sonaba especialmente despreocupado—.
Voy a cerrar cada cuenta, cada alias digital, cada rastro que pudiera conectarme con alguno de los nombres que hemos usado este último año.
Pero tienes razón, Noor. No necesitamos desaparecer del todo.
Solo necesitamos ser mucho, mucho más aburridos a partir de ahora.
—Suena a un cambio que llevas toda la vida necesitando.
—Callum, con el brazo todavía en cabestrillo, consiguió una sonrisa genuina, la primera en toda la reunión que no llevaba ningún peso de culpa detrás—.
Yo, por mi parte, todavía no sé qué voy a hacer.
Pero sé que quiero hacerlo cerca de vosotros, si me lo permitís.
Toda la distancia que necesitéis exigirme, la acepto.
Pero no quiero desaparecer de vuestras vidas, no después de todo lo que ha pasado.
—Nadie ha dicho nada de que desaparezcas, Callum.
—Daniel lo dijo con firmeza, y hasta el propio Callum pareció sorprendido—.
Te lo dije en aquel hotel de París, y lo sigo pensando ahora: tienes que ganarte, día a día, el derecho a seguir siendo parte de esto.
Pues bien. Ya te lo has ganado, en un almacén de Praga, con tu propio cuerpo.
Eso no se olvida solo porque el caso se haya cerrado.