Cuando el cuerpo de una joven profesora aparece cuidadosamente preparado como si formara parte de un inquietante ritual, la inspectora Irene Alarcón comprende desde el primer instante que no está ante un homicidio cualquiera.

La víctima ha sido colocada con una serenidad imposible. Una pieza de música sigue sonando en la habitación. Sobre la pared, una frase escrita con una caligrafía impecable parece esperar únicamente a una persona capaz de comprender su verdadero significado:

«Bienaventurados los que miran la verdad sin apartar los ojos.»

Mientras nuevos asesinatos comienzan a sacudir Madrid, Irene descubre que el asesino no improvisa, no huye y no deja pistas por vanidad. Cada crimen está cuidadosamente construido como un mensaje. Cada víctima forma parte de un plan concebido muchos años atrás.

Pero cuanto más avanza la investigación, más evidente resulta una realidad inquietante: el verdadero objetivo nunca fueron las víctimas.

Era ella.

Obligada a enfrentarse a un enemigo tan brillante como perturbador, Irene deberá adentrarse en una investigación donde cada respuesta conduce a una nueva pregunta y donde la línea que separa al cazador de la presa comienza a desdibujarse.

Porque algunos asesinos desean escapar.

Y otros solo buscan a la única persona capaz de comprenderlos.

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