El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 1
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El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1)

El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1)

Por Jose Maestre Vilanova

© inepub.com

Chapter 1

La lluvia había empezado poco después de medianoche, primero como una insistencia fina sobre los cristales, casi una advertencia, y después como una cortina espesa que a las dos y diecisiete convertía Madrid en una ciudad más antigua, más sola, más parecida a sí misma cuando nadie la miraba.

Bajo aquella capa de agua sucia y luz azulada, las avenidas parecían túneles abiertos entre edificios dormidos, los semáforos respiraban en rojo sobre el asfalto y las aceras devolvían reflejos torcidos de farolas, escaparates apagados y portales donde la noche se había quedado acumulada como polvo.

Irene Alarcón conducía con las dos manos sobre el volante, sin prisa aparente y sin verdadera calma, mientras el limpiaparabrisas barría la luna del coche con un ritmo lento, obstinado, casi hipnótico.

Había algo en la lluvia de madrugada que siempre le había parecido más sincero que la lluvia de día.

De noche, el agua no limpiaba la ciudad; la desnudaba.

Sacaba a la superficie los olores viejos, las grietas de las fachadas, la humedad de los bajos, el cansancio de los barrios que seguían en pie por costumbre.

También parecía alterar el sonido de las cosas.

Las ruedas no pisaban la calle: la atravesaban.

Las sirenas no llegaban desde lejos: surgían desde debajo del suelo.

Y los silencios, cuando aparecían, tenían más cuerpo.

El teléfono sonó dentro del coche justo cuando Irene pasaba junto a una marquesina vacía.

No necesitó mirar dos veces la pantalla para saber que aquella llamada no traía nada bueno.

Hugo Santamaría no llamaba a esas horas para comentar el tiempo, ni para preguntarle si seguía despierta, ni para recordarle, con esa ironía seca que usaba como defensa, que algún día tendría que aprender a dormir como las personas normales.

Hugo llamaba de madrugada cuando una casa había dejado de ser una casa, cuando alguien había abierto una puerta que ya no volvería a cerrarse igual, cuando la ciudad escondía un cadáver y esperaba que ellos lo nombraran.

Descolgó sin apartar del todo la vista de la calzada. Los semáforos se reflejaron sobre el parabrisas como heridas rojas que se abrían y cerraban bajo la lluvia.

—Dime.

Al otro lado hubo un silencio breve. Apenas un segundo.

Cualquier otra persona lo habría confundido con una interferencia, con una respiración mal tomada, con el pequeño retraso de una llamada nocturna.

Irene no. Conocía demasiado bien a Hugo para no escuchar aquel segundo entero.

En su mundo, los silencios tenían una gramática propia.

Algunos advertían. Otros pedían permiso.

Otros, los peores, ya sabían la respuesta antes de que nadie formulara la pregunta.

—Tenemos una escena —dijo él.

Irene redujo la velocidad al llegar a un cruce.

La ciudad estaba casi quieta, pero en la radio policial se mezclaban voces, códigos e interferencias que parecían venir de otra Madrid, una ciudad subterránea que solo despertaba cuando los demás cerraban los ojos.

Había aprendido hacía años que cada madrugada tenía dos mapas: el visible, hecho de calles, portales y luces de emergencia; y el otro, el que empezaba a dibujarse cuando alguien moría.

—¿Dónde?

—Lavapiés. Calle Salitre. Un edificio antiguo, junto a una imprenta abandonada.

Irene giró hacia Embajadores. La lluvia golpeó con más fuerza el parabrisas y durante un instante las luces de la calle se deshicieron frente a ella en líneas temblorosas.

Lavapiés a esa hora podía parecer una ciudad dentro de otra ciudad: persianas bajadas, balcones estrechos, ropa olvidada bajo el agua, bares cerrados con el olor del día anterior todavía pegado a las puertas.

Un lugar perfecto para que nadie viera nada y, al mismo tiempo, para que todos supieran demasiado.

—¿Qué tenemos?

Hugo respiró antes de contestar, y aquella respiración le dijo más que sus palabras.

—Una mujer. Treinta y pocos. Sin documentación encima, aunque ya tenemos posible identidad. Pero eso no es lo raro.

Irene notó cómo la noche se estrechaba alrededor del coche.

No era una sensación física, aunque su cuerpo la recibía como tal: una leve tensión en la mandíbula, los dedos ajustándose al volante, la mirada afilándose sobre la carretera mojada.

Había palabras que cambiaban el peso de una llamada.

“Mujer” era una. “Sin documentación” era otra.

Pero “no es lo raro” pertenecía a una zona distinta, una zona en la que la muerte dejaba de ser únicamente muerte y empezaba a convertirse en mensaje.

—Habla.

—Está preparada.

La palabra quedó suspendida en el habitáculo como una humedad más densa que la de fuera.

Irene no respondió enseguida. Había visto habitaciones reventadas por la rabia, cuerpos abandonados por el miedo, cocinas convertidas en mataderos domésticos, baños donde la muerte permanecía pegada a los azulejos durante días, dormitorios en los que la intimidad había sido rota con una brutalidad tan torpe que bastaba mirar una silla caída o una sábana arrugada para comprender el último movimiento de una víctima.

Pero las escenas preparadas pertenecían a otra clase de crimen.

En ellas el asesino no solo mataba. Se quedaba.

Pensaba. Ordenaba el horror para que alguien lo leyera después.

—¿Preparada cómo?

—Como si alguien hubiera querido convertir la escena en otra cosa. No parece un impulso. No parece una pelea. Parece… una puesta en escena.

Irene apoyó un instante los dedos sobre el volante con esa quietud suya que no significaba calma, sino concentración.

La lluvia seguía cayendo con una paciencia casi obscena, borrando los bordes de Madrid, suavizando lo que no debía suavizarse.

Siempre le habían inquietado los muertos colocados con cuidado.

Los cadáveres violentos hablaban de arrebato, de fuerza, de miedo mal administrado.

Los otros, los dispuestos con intención, hablaban de alguien que había tenido tiempo para decidir dónde debía mirar el mundo.

—¿Quién encontró el cuerpo?

—Un repartidor. Dice que vio la puerta abierta cuando descargaba mercancía en el edificio de al lado. Policía Municipal acordonó la zona hasta que llegamos nosotros.

—¿Prensa?

Hugo dejó escapar un resoplido bajo, casi sin aire.

—Aún no.

Irene entendió perfectamente el significado de aquel “aún”.

Clara Montes tenía una extraña capacidad para aparecer donde no debía antes incluso de que alguien admitiera que allí había algo digno de ser ocultado.

A veces llegaba con una libreta, a veces con el móvil, a veces con esa mirada suya de periodista que parecía no preguntar nada y, aun así, obligaba a todo el mundo a sentirse culpable.

Irene la detestaba lo justo para no poder ignorarla, y la respetaba demasiado para fingir que no era útil.

Aquello, en el fondo, era lo más incómodo.

La gente verdaderamente inútil no molestaba tanto.

—Estoy llegando —dijo.

—Hay algo más, Irene.

La manera en que Hugo pronunció su nombre hizo que ella levantara un poco la mirada hacia el retrovisor, como si pudiera verlo sentado en algún lugar de aquella noche, empapado, serio, con esa expresión de hombre que acababa de entrar en una habitación y todavía no sabía cómo explicarla.

—¿Qué?

—Tienes que verlo tú.

La llamada terminó poco después, pero la frase se quedó con ella durante las últimas calles.

Tienes que verlo tú. Hugo no era dado al dramatismo.

Podía bromear ante un cadáver si eso ayudaba a que los más jóvenes no se derrumbaran, discutir con un fiscal a las cuatro de la mañana o sacar un café de máquina como si estuviera realizando un acto de supervivencia nacional, pero no exageraba una escena.

Si decía que Irene tenía que verlo, era porque había algo allí que no encajaba en un informe.

Algo que no se podía traducir todavía a causa, móvil, hora estimada o línea de investigación.

Cuando llegó a la calle Salitre, las patrullas iluminaban la lluvia con destellos azules que se rompían contra las fachadas viejas y las ventanas donde algunos vecinos observaban desde detrás de las cortinas.

Había una ambulancia detenida junto al bordillo, aunque nadie corría ya hacia ella.

Eso siempre decía bastante. La urgencia había terminado antes de que Irene aparcara.