Chapter 1 #2
Apagó el motor y permaneció unos segundos dentro del coche.
No por indecisión, sino porque había aprendido a concederse ese instante antes de entrar.
Escuchó el golpeteo del agua sobre el techo, el rumor lejano de una sirena, las radios policiales filtrándose desde la calle, las voces contenidas de los agentes que intentaban hablar bajo, aunque la muerte ya hubiera levantado la voz por todos ellos.
Después abrió la puerta y salió al frío de la madrugada.
La lluvia la recibió con una brusquedad limpia.
Avanzó hacia el cordón policial con paso firme, los tacones marcando un sonido seco sobre el asfalto empapado.
La cazadora de cuero negro se ajustaba a su cuerpo mientras el agua oscurecía ligeramente su cabello pelirrojo y le pegaba algunos mechones al rostro.
A esas horas, bajo aquella luz intermitente, Irene no parecía la idea que un agente joven podía tener de una inspectora de homicidios.
Era alta, esbelta, demasiado serena para el caos que la rodeaba, y había algo en su forma de caminar que hacía que la gente la mirase dos veces antes de decidir qué era.
Un policía municipal situado junto a la cinta levantó una mano para detenerla.
—Señorita, no puede pasar.
Irene no se detuvo del todo. Solo lo miró el tiempo suficiente para que él comprendiera, quizá no todavía, pero sí dentro de unos segundos, que acababa de cometer un error pequeño e inevitable.
—Homicidios —dijo.
El agente parpadeó. Durante un instante siguió viéndola con la mirada equivocada.
Tal vez pensó que era periodista. Tal vez modelo.
Tal vez una de esas curiosas que se acercaban demasiado porque confundían el horror con una noticia y el dolor ajeno con una historia que contar en voz baja al día siguiente.
Irene abrió apenas la cazadora con la mano izquierda y la placa brilló un instante bajo la lluvia, breve, suficiente, definitiva.
—Disculpe, inspectora.
Ella cruzó la cinta sin añadir nada. No le molestaba aquella confusión. En cierto modo, le resultaba útil. La gente solía mostrar su verdadera cara cuando creía que no estaba delante de la policía.
El portal del edificio olía a humedad antigua, a yeso mojado y a tuberías que llevaban demasiados años escondiendo el mismo cansancio.
Era uno de esos portales estrechos donde la pintura parecía haber sido aplicada sobre otras vidas: capas amarillentas, desconchones, buzones torcidos, publicidad vieja arrugada junto a los escalones.
La luz de la escalera parpadeaba con una indecisión enfermiza, dejando tramos de sombra entre piso y piso, y aquel parpadeo le dio a Irene una impresión desagradable, como si el edificio respirase mal.
Subió despacio. No porque necesitara tiempo, sino porque cada escena empezaba antes de entrar en ella.
Empezaba en la calle, en la posición de los curiosos, en el modo en que un agente evitaba mirar hacia una puerta, en el olor del descansillo, en el silencio de los vecinos que decían no haber oído nada y, sin embargo, parecían haber pasado la noche entera escuchando.
En el primero había una mujer con bata, abrazada a sí misma, los ojos demasiado abiertos y el cabello aplastado por el sueño interrumpido.
No miraba a los agentes. Miraba hacia arriba, hacia el piso donde la muerte había ocupado una habitación.
En el segundo, dos policías custodiaban la puerta de un apartamento pequeño.
Hugo la esperaba allí, con el abrigo oscuro empapado en los hombros y las manos metidas en los bolsillos, como si llevara un buen rato sosteniendo una conversación desagradable consigo mismo.
Tenía ojeras, la barba de varias horas y esa manera de apretar la boca que en él no significaba enfado, sino preocupación.
—No te va a gustar —dijo.
Irene se detuvo junto a él. Desde el interior del apartamento llegaba una luz cálida, casi doméstica. Eso fue lo primero que la incomodó.
—Nunca me gustan.
Hugo dejó escapar una sonrisa mínima, cansada, de esas que entre ellos equivalían a un saludo.
Llevaban demasiados años entrando juntos en habitaciones donde alguien había dejado de respirar como para necesitar grandes ceremonias.
Había una confianza hecha de madrugadas, informes imposibles, cafés malos, silencios compartidos y cadáveres que no se olvidaban del todo.
Una confianza que no necesitaba ternura para ser leal.
—La víctima se llama Elisa Montero —explicó él—. Treinta y cuatro años. Profesora de música en un conservatorio privado. Separada. Vivía sola. Sin antecedentes, sin denuncias previas, sin nada que salte a primera vista.
Irene escuchó el nombre sin repetirlo. Elisa Montero. Le gustaba dejar que los nombres entraran despacio, antes de que las víctimas se convirtieran en expedientes. Un nombre todavía conservaba algo de la persona. Un informe empezaba a quitárselo.
—¿La puerta?
—Sin forzar.
—¿Vecinos?
—Nadie oyó nada. O todos han decidido no haber oído nada, que para el caso viene siendo lo mismo.
Irene miró hacia el interior del apartamento.
La luz cálida seguía allí, extendida sobre una pared, demasiado suave para una escena de homicidio.
La muerte solía romper la armonía de los espacios, convertir una casa en una interrupción violenta, dejar un desorden aunque nadie hubiera tirado una silla.
Allí ocurría algo distinto. El apartamento no parecía desordenado por el crimen; parecía ordenado para recibirlo.
—¿Vera?
—Dentro.
Irene asintió y cruzó la puerta.
Entró despacio, dejando que la escena llegara a ella antes de tocar nada con la mirada.
Siempre había desconfiado de los primeros impulsos.
Una escena podía mentir con facilidad si uno se apresuraba a entenderla.
Por eso se obligó a mirar sin tomar posesión todavía, a permanecer un instante en el umbral como quien escucha una música antes de distinguir los instrumentos.
El salón era pequeño, de techos altos, con estanterías llenas de partituras, una mesa baja, un tocadiscos antiguo y una ventana por la que la lluvia resbalaba en hilos brillantes.
Todo tenía una intimidad humilde, casi delicada: los libros alineados sin rigidez, una manta doblada sobre el brazo de un sillón, una taza en la cocina abierta, una fotografía pequeña junto a una lámpara.
La casa de alguien que había vivido sola, pero no vacía.
Y en medio de aquella vida detenida estaba ella.
Elisa Montero se encontraba sentada junto al cristal, vestida con un elegante vestido negro, las manos descansando sobre el regazo y la cabeza ligeramente inclinada.
No tenía el abandono torpe de los muertos recientes ni la violencia muda de los cuerpos que han caído sin comprender.
Su postura transmitía una serenidad cuidadosamente fabricada, una paz que no le pertenecía.
A su alrededor había velas apagadas, colocadas con una simetría discreta.
En el tocadiscos giraba una pieza de música clásica a volumen muy bajo, apenas un hilo de violines bajo el sonido de la lluvia.
La lámpara de pie caía sobre la habitación con una calidez casi ofensiva, envolviendo los muebles, las paredes y el cuerpo como si todo formara parte de una composición íntima.
Irene dio un paso más. No había sangre visible.
No había muebles volcados. No había señales inmediatas de pelea.
Y, sin embargo, la violencia estaba en todas partes precisamente porque alguien la había escondido.
Había violencia en la silla elegida, en la música encendida, en las velas apagadas, en la manera en que la víctima había sido convertida en centro de una escena que ya no le pertenecía.
Alguien había pensado cada distancia, cada sombra, cada objeto.
Alguien había dedicado tiempo a colocar la muerte para que pareciera otra cosa.
La música llegaba desde el tocadiscos como una presencia antigua. No era una melodía triste. Eso fue lo primero que le llamó la atención. Sonaba tranquila. Demasiado tranquila. Como si alguien hubiera querido que la muerte encontrara la casa en orden.
Entonces levantó la vista hacia la pared principal.
La frase estaba escrita con una caligrafía impecable, negra, limpia, casi hermosa. Esperaba allí como si no hubiera sido dejada para los agentes, ni para Hugo, ni para el juez, ni para los técnicos de científica. Como si hubiera sido escrita para alguien que supiera leerla de verdad.
«Bienaventurados los que miran la verdad sin apartar los ojos».
Nadie dijo nada.
El tocadiscos siguió girando. La lluvia siguió golpeando el cristal.
Desde el pasillo llegó el murmullo amortiguado de una radio policial y luego se apagó bajo otro golpe de agua contra la ventana.
Durante un instante, Irene tuvo la absurda impresión de que no eran ellos quienes observaban la habitación, sino la habitación quien los estaba observando a ellos.
La doctora Vera Salcedo estaba inclinada junto al cuerpo, con los guantes negros puestos y el rostro sereno bajo la luz amarillenta.
A su lado, sobre una mesa auxiliar, había un vaso de café intacto que ya debía de estar frío.
Vera siempre parecía pertenecer a las escenas de muerte de una manera inquietante, no porque se confundiera con ellas, sino porque nunca intentaba imponerse al silencio que dejaban.
Lo escuchaba. Lo ordenaba. Lo traducía. Era una de las pocas personas que Irene conocía capaces de tratar un cadáver con precisión científica sin arrebatarle del todo su condición humana.
—Hola, Irene —dijo Vera sin levantar demasiado la voz.
Irene no apartó la mirada de la frase.
—¿Qué demonios es esto?
Vera observó a la víctima con una calma que no era indiferencia, sino oficio. Después miró la pared, las velas, la música girando todavía en el tocadiscos, la ventana marcada por la lluvia.
—Alguien que quería ser leído.
──────── ✠ ────────
Parte 2