Chapter 1 #3
La lluvia continuaba golpeando los cristales con una insistencia hipnótica mientras Irene permanecía inmóvil en mitad del salón, observando la escena con esa quietud peligrosa que Hugo había aprendido a reconocer hacía años.
No era bloqueo, ni fascinación, ni miedo.
Era algo más difícil de explicar y, precisamente por eso, más útil: el momento exacto en que la mente de Irene dejaba de mirar una habitación y empezaba a entrar en ella por todas sus grietas.
Hugo lo había visto otras veces. En pisos humildes con olor a lejía, en chalés donde el dinero no había servido para proteger a nadie, en habitaciones de hotel todavía calientes, en descampados donde la noche parecía haber masticado los cuerpos antes de devolverlos.
Irene se quedaba quieta, casi ausente, pero él sabía que por dentro empezaba a reconstruirlo todo: el gesto del asesino, el último miedo de la víctima, la mentira escondida en un objeto demasiado limpio, el significado de una puerta que nadie había cerrado.
Elisa Montero seguía sentada junto a la ventana como si esperara a alguien.
Esa era una de las cosas que más molestaba a Irene.
No parecía abandonada. Parecía dispuesta.
La muerte, cuando llega de verdad, raras veces concede elegancia.
Deja la boca abierta, un brazo en mala posición, un zapato perdido, un gesto inacabado.
Allí, en cambio, alguien había corregido el desorden natural del final.
Alguien había negado el último movimiento de Elisa para sustituirlo por otro más útil, más simbólico, más cruel.
Vera se incorporó despacio junto al cuerpo y se quitó uno de los guantes con un movimiento tranquilo. La luz de la lámpara le marcó los pómulos y dejó una sombra breve sobre su rostro.
—No hay signos evidentes de violencia en el apartamento — dijo—. Nada roto, ninguna pelea, ninguna resistencia visible. Y, por extraño que parezca, tampoco parece haber improvisación. Todo aquí dentro transmite la sensación de haber sido preparado con tiempo.
Irene se acercó lentamente a la ventana.
El cristal estaba frío y cubierto de hilos de agua que descendían unos sobre otros, deformando la calle al otro lado.
Desde allí podía ver los reflejos azules de las patrullas, las figuras de los agentes moviéndose bajo los paraguas, algunos vecinos todavía asomados a los balcones con esa mezcla de miedo y curiosidad que siempre acompañaba a la muerte ajena.
La ciudad seguía viva al otro lado, pero dentro del apartamento el tiempo parecía haberse detenido antes de que ella llegara.
No detenido por la muerte, pensó, sino por la voluntad de alguien que había querido conservar aquel instante.
—¿Causa de la muerte?
—Aún no puedo asegurarlo aquí —respondió Vera—, aunque no veo heridas visibles importantes. Tal vez intoxicación, sedación previa o algún método menos evidente. Lo confirmaré cuando la llevemos al Anatómico.
Irene volvió la vista hacia Elisa. Incluso muerta parecía conservar una extraña dignidad, aunque aquella dignidad ya no fuera suya.
El asesino había evitado deliberadamente cualquier brutalidad visible.
No había sangre decorando las paredes ni violencia gratuita sobre el cuerpo.
Aquello era mucho más inquietante precisamente porque parecía íntimo.
Como si el homicida no hubiera querido destruirla, sino apropiarse de ella.
Como si matar no hubiese sido suficiente y hubiera necesitado además corregir la forma en que el mundo iba a mirarla por última vez.
—¿Cuánto tiempo lleva muerta?
—Entre cuatro y seis horas, probablemente.
Cuatro y seis horas. Irene calculó sin mirar el reloj.
Entre las ocho y las diez de la noche, quizá algo después.
Madrid todavía despierta. Vecinos cenando, televisores encendidos, alguien bajando la basura, alguien fumando en una ventana, alguien cerrando una persiana.
Una mujer viva en este mismo salón, o quizá ya sedada, quizá confiada, quizá escuchando la misma música sin saber que estaba siendo convertida en parte de un mensaje.
La idea pasó por Irene sin dramatismo, pero dejó una marca.
Siempre la dejaba. Los muertos no empezaban cuando los encontraban.
Empezaban antes, en el último gesto que nadie vio.
Hugo se acercó desde la puerta y dejó una carpeta sobre la mesa baja del salón. No la soltó con brusquedad; casi la depositó, como si también él percibiera que cualquier ruido vulgar podía romper algo dentro de aquella habitación.
—Hemos encontrado esto en el dormitorio.
Irene abrió la carpeta despacio. Dentro había partituras perfectamente ordenadas, algunas fotografías antiguas y un pequeño cuaderno negro de tapas gastadas.
Lo tomó con cuidado. No era un objeto llamativo.
Precisamente por eso resultaba más íntimo.
Las tapas tenían las esquinas suavizadas por el uso, y al abrirlo apareció una letra pequeña, elegante, contenida: anotaciones musicales, horarios, nombres de alumnos, recordatorios de clases, frases sueltas que no parecían escritas para nadie más.
Irene pasó varias páginas sin apresurarse.
Le gustaba la manera en que algunas personas dejaban rastros de sí mismas sin saberlo.
Una lista de la compra podía decir más que una declaración.
Una nota al margen podía abrir una puerta que una entrevista cerraba.
Nada extraño a primera vista.
Hasta que encontró la página arrancada.
No rasgada con violencia.
No arrancada en un arrebato.
Extraída con cuidado.
El borde interior conservaba una limpieza casi quirúrgica, como si quien la hubiera retirado no hubiese tenido prisa ni miedo. Irene sostuvo el cuaderno abierto unos segundos, mirando aquel vacío. La ausencia de una página podía ser más elocuente que una confesión.
—¿Falta solo una? —preguntó.
—Sí.
Irene levantó ligeramente la vista hacia Hugo.
—Eso significa que quien estuvo aquí sabía exactamente qué buscaba.
El subinspector asintió con gesto sombrío.
—O sabía exactamente qué quería llevarse.
La música del tocadiscos seguía girando en el fondo de la habitación.
El sonido era tan bajo que casi podía confundirse con otro ruido de la lluvia, pero no desaparecía nunca.
Irene miró las velas apagadas alrededor del cadáver y sintió otra vez aquella incomodidad difícil de definir.
No era solo la preparación de la escena.
Había algo más. Algo relacionado con el modo en que el asesino parecía haber pensado en el efecto emocional de cada elemento.
No había colocado objetos para impresionar.
Los había colocado para dirigir la mirada.
Para obligarlos a entrar en un orden que él había decidido antes.
No había caos allí dentro.
Había intención.
Y la intención, cuando se mezclaba con la muerte, siempre resultaba más peligrosa que la rabia.
Vera se acercó entonces a la pared donde estaba escrita la frase y pasó la mirada sobre las letras negras. No tocó nada. Solo observó la distancia entre las palabras, la inclinación de los trazos, la pulcritud casi ofensiva de aquella caligrafía.
—La escritura es demasiado limpia —murmuró—. No parece hecha con prisas.
—Porque no las tenía —respondió Irene.
La inspectora se aproximó lentamente hasta quedar frente a las palabras.
Había algo profundamente perturbador en aquella frase.
No solo por el contenido, sino por el tono.
No sonaba como una amenaza. Tampoco como una burla.
Sonaba como una invitación. Y eso era peor.
Las amenazas podían responderse. Las invitaciones, en cambio, abrían una puerta.
«Bienaventurados los que miran la verdad sin apartar los ojos».
Irene había leído suficientes escenas del crimen para saber que algunos asesinos utilizaban símbolos únicamente para sentirse especiales.
Otros dejaban mensajes porque necesitaban reconocimiento.
Otros imitaban lenguajes que no entendían, apropiándose de lo religioso, lo artístico o lo ritual como quien se pone una máscara barata para parecer más profundo de lo que es.
Pero aquello no desprendía narcisismo vulgar.
Había control detrás de esas palabras. Tal vez convicción.
Y las convicciones eran peligrosas porque permitían a ciertos hombres hacer daño sin sentirse culpables.
A veces, incluso, les hacían creer que estaban cumpliendo una misión.
—¿Qué piensas? —preguntó Hugo.