El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 1 #4
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Chapter 1 #4

Irene tardó unos segundos en responder. No porque no tuviera una respuesta, sino porque no quería regalarle demasiado pronto una forma a algo que todavía estaba vivo dentro de la escena.

—Que quería que leyéramos esto despacio.

Hugo cruzó los brazos.

—¿Religioso?

—No exactamente.

Irene volvió a mirar el cuerpo. El vestido negro. Las manos sobre el regazo. Las velas apagadas. La música. La ventana. La lluvia convertida en parte de la composición.

—Si fuese alguien dominado por un delirio religioso evidente, la escena sería distinta —dijo—. Más excesiva. Más caótica. Más necesitada de gritar. Esto está demasiado controlado.

Vera asintió levemente.

—Estoy de acuerdo.

Irene se acercó despacio a la silla donde descansaba la víctima.

Cuanto más cerca estaba, menos podía aceptar la falsa serenidad de aquella postura.

De niña, antes de saber que acabaría dedicándose a mirar lo que otros apartaban de su vida, Irene había visto una vez a su madre recolocar una fotografía sobre una cómoda después de una discusión familiar.

La imagen estaba torcida, apenas unos milímetros, pero su madre la enderezó con un gesto tan firme que Irene comprendió algo que no habría sabido decir entonces: a veces el orden no calma nada; solo intenta tapar una grieta.

Aquella habitación tenía esa misma clase de orden.

Un orden que no curaba. Un orden que encubría.

Observó entonces un pequeño detalle entre los dedos inmóviles de Elisa Montero.

Un trozo doblado de papel.

—No lo hemos tocado aún —dijo Vera al verla fijarse en ello.

Irene se puso unos guantes antes de inclinarse.

El papel estaba sujeto entre los dedos de la víctima con una suavidad antinatural, como si hubiese sido colocado allí después de la muerte.

No había tensión en la mano. No había gesto de resistencia.

Aquella nota no era algo que Elisa hubiera aferrado en su último momento.

Era algo que alguien le había dejado para que pareciera que aún podía entregar un mensaje.

El apartamento pareció quedarse más silencioso mientras Irene retiraba el papel lentamente.

Lo desplegó.

Dentro solo había una frase escrita a mano.

“Ella también miró.”

Nada más.

Ni firma.

Ni fecha.

Ni explicación.

Irene sintió una presión leve en la nuca, esa sensación incómoda que aparecía cuando una investigación comenzaba a desplazarse hacia territorios difíciles de explicar racionalmente.

No era miedo. Hacía años que había aprendido a convivir con el miedo como quien convive con una cicatriz antigua: no desaparece, no manda, pero a veces duele cuando cambia el tiempo.

Aquello era otra cosa. La intuición de que alguien no solo había cometido un crimen, sino que había empezado una conversación.

Hugo leyó la frase por encima de su hombro.

—¿Ella quién?

Irene no contestó enseguida. Miró otra vez a Elisa, después la pared, después el cuaderno al que le faltaba una página. Tres elementos. Una víctima convertida en imagen. Una frase convertida en doctrina. Una nota convertida en promesa.

—Todavía no lo sabemos.

Pero tuvo la extraña sensación de que el asesino esperaba que algún día lo descubrieran.

Desde el pasillo llegó entonces el sonido acelerado de unos pasos y, casi inmediatamente después, una voz masculina cargada de nerviosismo.

—Inspectora, no puede entrar ahora mismo.

Hugo cerró los ojos un instante.

—Demasiado tarde.

Irene no necesitó preguntar.

Clara Montes apareció en la puerta del apartamento empapada por la lluvia, con el cabello oscuro pegado parcialmente al rostro, una libreta bajo el brazo y esa expresión de concentración incisiva que siempre parecía anunciar problemas.

Llevaba un abrigo gris oscuro, botas mojadas y la respiración ligeramente agitada, como si hubiera subido las escaleras demasiado deprisa o como si la urgencia no le permitiera moverse de otro modo.

Miró directamente hacia el cuerpo antes incluso de fijarse en la brigada.

Eso fue lo primero que Irene notó.

Clara no buscó a Hugo. No buscó explicaciones. No buscó una frase que pudiera convertir en titular. Miró la escena. La leyó. O empezó a leerla.

—Vaya… —murmuró con voz baja—. Así que esta vez sí habéis encontrado a alguien que quería dejar un mensaje.

Hugo soltó aire lentamente.

—¿Tú no duermes nunca?

Clara ignoró la pregunta. Sus ojos ya estaban recorriendo la habitación con demasiada precisión: las velas, la música, la víctima junto a la ventana, la frase escrita en la pared.

Había periodistas que llegaban a una escena con hambre de sangre.

Otros llegaban con hambre de exclusiva. Clara Montes llegaba con una clase de atención mucho más incómoda.

No miraba el horror como algo ajeno. Lo observaba como si intentara comprender qué forma tenía por dentro.

Y eso fue lo que más molestó a Irene.

Porque Clara no observaba las escenas como una periodista buscando morbo.

Las observaba como alguien que ya sabía que algunas verdades solo aparecen cuando uno se atreve a mirarlas demasiado tiempo.