El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 2
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Chapter 2

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La silla seguía junto a la ventana.

Eso fue lo primero que Irene Alarcón volvió a mirar cuando Clara Montes cruzó el umbral del apartamento.

No la puerta. No al agente municipal que intentaba justificar su presencia.

No el paraguas cerrado que la periodista sostenía en una mano, todavía goteando sobre las baldosas gastadas del descansillo. La silla.

El cuerpo de Elisa Montero ya no estaba allí.

Vera y los técnicos forenses la habían retirado hacía pocos minutos, con esa delicadeza profesional que nunca llegaba a parecer suficiente.

Habían levantado el cuerpo, habían protegido las manos, habían cubierto el vestido negro, habían despejado el espacio donde antes se concentraba toda la habitación.

Sin embargo, el salón continuaba ordenado alrededor de aquella ausencia.

Las velas apagadas seguían en su sitio. El tocadiscos permanecía abierto, con el disco detenido bajo la aguja levantada.

La lámpara de pie seguía derramando una luz cálida sobre la pared, sobre los muebles, sobre el hueco exacto donde una mujer había sido convertida en mensaje.

Había escenas que no terminaban cuando se llevaban al muerto.

A veces empezaban entonces.

Clara cerró el paraguas con cuidado antes de entrar del todo.

El abrigo gris oscuro conservaba el brillo húmedo de la calle y algunos mechones de pelo se le habían pegado a las sienes.

No parecía agitada, aunque debía de haber subido deprisa; tampoco parecía incómoda, aunque nadie la había autorizado a estar allí.

Se quedó unos segundos en el umbral, como si el apartamento le exigiera una forma concreta de silencio antes de permitirle avanzar.

El agente municipal apareció detrás de ella con la expresión de quien ya había perdido una discusión antes de empezarla.

—Inspectora, yo le dije que esperara abajo, pero…

Irene no apartó la mirada de Clara.

—Déjelo.

El agente obedeció demasiado rápido.

La periodista dio un paso hacia el interior.

Luego otro. No miró primero a Hugo. No buscó una explicación en Irene.

No preguntó si podía quedarse. Sus ojos fueron directamente hacia la silla vacía, después hacia las velas, después hacia la pared.

Allí seguía la frase, negra y limpia, demasiado quieta bajo la luz amarillenta.

«Bienaventurados los que miran la verdad sin apartar los ojos».

Clara la leyó sin mover los labios.

Irene observó aquel gesto.

Había periodistas que entraban en una escena intentando no parecer impresionados.

Otros buscaban el ángulo, el detalle que pudiera convertirse en titular, la grieta por la que colarse antes de que la policía cerrara la puerta.

Clara no hacía nada de eso. Clara miraba como si el lugar ya hubiera empezado a hablarle y ella necesitara no interrumpirlo.

Eso era lo que irritaba a Irene.

No que llegara pronto.

Sino que a veces llegaba mirando demasiado bien.

—¿Quién te ha avisado? —preguntó Hugo desde el fondo del salón.

Clara no respondió enseguida. Todavía estaba frente a la pared, con el paraguas cerrado en una mano y la libreta bajo el brazo, empapada y extrañamente serena en medio de una habitación que acababa de perder a su víctima.

—Madrid no sabe guardar secretos cuando hay luces azules en una calle estrecha —dijo al fin.

Hugo soltó un resoplido.

—Qué poético. Casi me olvido de que te has colado en una escena cerrada.

Clara volvió la cabeza hacia él. Apenas un movimiento.

—Tú tampoco pareces sorprendido de verme.

—Eso no juega a tu favor.

La sombra de una sonrisa apareció en la boca de Clara, pero no llegó a quedarse.

Sus ojos regresaron enseguida a la habitación.

A la silla. Al tocadiscos. A la distribución de las velas.

Irene notó que no preguntaba por la víctima porque ya había comprendido que aquella mujer no podía explicarse todavía por su nombre.

Elisa Montero estaba allí sin estar. En las partituras.

En la taza que seguía junto a la cocina abierta.

En una manta doblada sobre el brazo del sillón.

En la fotografía pequeña que alguien había dejado boca arriba junto a la lámpara.

En todo aquello que el asesino había respetado o utilizado para ordenar su muerte.

Clara caminó despacio hasta el centro del salón.

—La han colocado para que siga mirando —murmuró.

Hugo la miró con cansancio.

—Acabamos de empezar y ya me duele la cabeza.

Irene no dijo nada.

Porque Clara no había dicho “la han matado”.

Tampoco “la han sentado”.

Había dicho: para que siga mirando.

Y aquella frase tocaba demasiado cerca de la pared.

Vera Salcedo, que revisaba unas notas junto a la mesa auxiliar, levantó la vista. Todavía llevaba puestos los guantes. Su rostro conservaba la concentración tranquila de quien había estado a solas con el cuerpo el tiempo suficiente para saber que la muerte rara vez ofrece respuestas limpias.

—Eso mismo pensé al verla —dijo.

Clara la miró entonces, como si reparara por primera vez en ella.

—Doctora Salcedo.

—Señora Montes.

—Clara.

—Vera, entonces.

El intercambio fue breve, casi neutro, pero Irene percibió algo en la forma en que ambas se observaron, no era simpatía ni tampoco desconfianza abierta.

Reconocimiento, quizá de dos mujeres acostumbradas a entrar en lugares donde otros preferían no permanecer demasiado tiempo.

Hugo se pasó una mano por la nuca.

—Maravilloso. Ya solo falta que intercambiéis tarjetas.

Irene se acercó a la silla vacía. Había una marca leve en el suelo, apenas visible bajo la luz de la lámpara, donde una de las patas había permanecido inmóvil durante horas.

Una huella mínima. Lo bastante pequeña para no significar nada en un informe, lo bastante exacta para recordarle que alguien había decidido dónde debía terminar el cuerpo de Elisa.

—No improvisó aquí dentro —dijo.

No alzó la voz. No hizo falta.

Hugo se acercó un paso.

—Eso ya lo sabíamos.

—No así.

Irene miró alrededor con lentitud. La mesa baja no tenía objetos fuera de lugar.

Las partituras seguían en los estantes, alineadas sin rigidez, como las habría dejado alguien que las usaba a menudo.

La taza de la cocina no había sido retirada.

La manta continuaba doblada. La fotografía pequeña no estaba rota ni escondida.

Aquello no parecía una casa saqueada por un asesino.

Parecía una casa atravesada por alguien que había sabido qué tocar y qué dejar intacto.

—No vino a buscar una víctima cualquiera —añadió—. Vino a este sitio.

Clara la observó desde el otro lado de la silla.

—Y sabía cómo quería recordarla.

Irene levantó la mirada hacia ella.

Durante un instante no hubo más que el zumbido bajo de una radio en el pasillo y el leve movimiento de los técnicos al otro lado de la puerta.

La noche seguía adherida al edificio, en los abrigos húmedos, en el olor a yeso mojado, en las voces contenidas de los vecinos que todavía no se atrevían a bajar del todo la escalera.

—¿Recordarla? —preguntó Hugo.

Clara señaló la silla sin tocar nada.

—No la dejó tirada. No la escondió. No la humilló.

Vera terminó la frase desde la mesa.

—La compuso.

La palabra pareció ocupar la habitación con más precisión que cualquier informe.

Irene volvió a mirar la pared. Bienaventurados. Verdad. Mirar. Ojos. No eran palabras escogidas por azar. Tampoco parecían escritas para asustar. Eso era lo peor. El asesino no había dejado una amenaza. Había dejado una forma de entender el mundo.

—Alguien que compone una muerte quiere que alguien la lea — dijo Clara.

—O que alguien la obedezca —respondió Irene.

Clara sostuvo su mirada unos segundos.

Por primera vez desde que había entrado, pareció verdaderamente inquieta.

Iván Requena apareció entonces desde el dormitorio con una pequeña bolsa de pruebas en la mano. Tenía el pelo más revuelto que de costumbre, una carpeta doblada bajo el brazo y esa expresión de derrota cotidiana que lo acompañaba incluso en los días buenos.

Se detuvo al ver a Clara.

—No.

Clara alzó una ceja.

—Buenos días a ti también.

—No son buenos. Son las cuatro de la mañana y estás en mi escena.

—Técnicamente es la escena de Irene.

—Técnicamente me da igual.

Hugo dejó escapar una risa baja, casi involuntaria.

Fue un sonido pequeño, fuera de sitio, y quizá por eso mismo necesario.

La habitación no cambió. La silla siguió vacía.

La frase siguió escrita en la pared. Pero durante un segundo el mundo recordó que aún quedaban vivos alrededor de aquella muerte.

Iván avanzó hacia Irene y le entregó la bolsa.

—Estaba debajo del tocadiscos.

Irene la tomó con cuidado.

Dentro había una medalla pequeña, ennegrecida por el tiempo.

El metal tenía ese tono oscuro de los objetos guardados demasiado tiempo en lugares donde nadie los limpia ni los toca.

Era circular, con los bordes gastados, y en una de sus caras aún podía distinguirse una figura religiosa casi borrada.

Alrededor quedaban restos de una inscripción en latín, apenas legible bajo la suciedad y los arañazos.

Irene la sostuvo bajo la luz.

El objeto no parecía pertenecer al apartamento.

No por antiguo. En aquella casa había cosas antiguas: discos, libros, marcos, partituras amarilleadas por los bordes. Pero la medalla tenía otra clase de vejez. No era la vejez doméstica de lo que acompaña una vida. Era la vejez fría de algo trasladado desde otro lugar.

—¿Estaba oculta? —preguntó.

Iván negó con la cabeza.

—No del todo. Debajo del mueble, sí, pero demasiado cerca del borde. Como si quisiera que la encontráramos cuando revisáramos bien.

Irene no respondió.

Giró la medalla entre los dedos enguantados.

La frase en la pared, la nota entre los dedos de Elisa, la página arrancada del cuaderno, la música, la silla y hora aquello. No eran pistas colocadas al azar, tampoco eran adornos, parecían restos de una conversación que aún no sabían mantener.